La libertad de mercado fomenta los monopolios

Una información de que dimos cuenta en nuestra edición de ayer viene muy a cuenta para desnudar las contradicciones que surgen en la aplicación del modelo económico que pretenden imponer a rajatabla desde el púlpito de los fundamentalistas neoliberales. La Cámara de Diputados ha instalado desde hace un tiempo una comisión especial cuyo cometido es estudiar las soluciones legislativas referentes a la libertad de comercio. El mero hecho de que haya sido menester crear una comisión especial habla a las claras de la falsedad de un postulado caro al pensamiento neoliberal, pues desmiente rotundamente el tan mentado principio –elevado a la categoría de dogma incuestionable– que otorga al mercado el papel de gran regulador natural de la economía. El mercado, ese monarca absoluto a quien todos debemos rendir pleitesía, es presentado como la panacea de todos los males; la libertad de mercado atraerá, mágicamente, a los benefactores inversionistas cuyos capitales operarán el milagro de terminar con la desocupación. La libre competencia reactivará la economía para beneficio de los desposeídos. Así de sencillo; así de lindo. Sin embargo, la aplicación práctica de la teoría exhibe otra realidad muy distinta. En efecto, según la información a que nos referimos, esa Comisión Especial de la Cámara Baja recibió a representantes de la Intergremial de comercios Tradicionales y Pequeñas Empresas, interesados en el proyecto de ley de Libertad de Comercio y Defensa de la Competencia elaborado por el EP-FA. Uno de los planteos — realizado por un empresario de la industria alimenticia– tiene que ver con la situación de hecho generada a partir de la presencia en el país de grandes hipermercados y de la absorción de empresas menores del ramo por parte de aquéllos.

Sin que ello implique una toma de posición en el asunto concreto, a nadie escapa que objetivamente se ha producido una concentración que tiende peligrosamente al monopolio. Estamos cansados de oír diatribas contra los monopolios del Estado a los que se acusa de ineficiencia, de exceso de burocracia y de fijar tarifas exorbitantes. Aunque ya sabemos que esas acusaciones suelen ser exageradas, es comprensible que para quienes han abrazado el credo neoliberal, todo monopolio sea visto como atentatorio de la libertad de mercado. Ahora bien, así las cosas, cabe preguntar: ¿Sólo son malos los monopolios estatales? ¿Los monopolios de hecho surgidos por la expansión de las empresas privadas más poderosas no son peligrosos?

La incoherencia rompe los ojos. Y los defensores de la libertad de mercado a ultranza, los promotores del achicamiento del Estado o de su desaparición, ignoran –u olvidan voluntariamente– que la libertad de mercado es sinónimo de ley de la selva, es decir, del imperio de los poderosos. Es, ni más ni menos, que dejar librado el destino de toda la sociedad al apetito insaciable de los dueños del capital y de los medios de producción, cuyo afán de lucro –motor innegable del crecimiento capitalista– entra en franca colisión con los legítimos intereses de las grandes mayorías.

Cuando la ‘sana competencia’ que el libre mercado promueve sirve para eliminar a los competidores débiles y concentrar todo el poder en manos de una empresa, deja de ser ‘sana’ y adquiere una patología que afecta a toda la sociedad.

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