¡Hay que cambiar!

Cualquier persona que examine sin prejuicios la prensa internacional se asombrará, sin duda, del crecimiento de las opiniones críticas acerca de la situación económica y social actual.

No son sólo los sindicatos, los socialistas o las organizaciones no gubernamentales las que difunden sus señales de alarma sobre la situación de pobreza y deterioro medioambiental que caracteriza al mundo capitalista globalizado de principios del siglo XXI.

Ahora son también los funcionarios o ex funcionarios de organismos internacionales como el Banco Mundial o cabezas visibles de grandes empresas como el multimillonario húngaro-norteamericano George Soros los que suman su voz de advertencia y recomiendan los cambios.

Soros ha dicho en estos días: «Una sociedad guiada por la supervivencia del más fuerte se desintegra si algo no la mantiene unida. Y lo que mejor la une es una amenaza externa. En algún momento esta amenaza fue la guerra fría, en la que los Estados Unidos podían ser los líderes del mundo libre. Hoy extrañan esa situación y buscan nuevos enemigos, arriba y abajo. Y, al hacerlo, me da la sensación que los van a encontrar, arriba y abajo».

Para este autor lo urgente es llevar adelante reformas a la globalización y para eso, sostiene, «Se necesita una nueva coalición para cambiar la economía global a favor de los pobres».

Una voz nueva que se ha unido hace un tiempo al coro de los planteos críticos es la Joseph Stiglitz, vicepresidente del Banco Mundial.

En una nota publicada en El País de Madrid el pasado miércoles, Stiglitz sostiene algunos puntos de vista por cierto polémicos y bien alejados del rancio fundamentalismo que campea por estas tierras.

Empieza por reiterar lo que sabemos, pero que en su pluma tiene el valor de un reconocimiento: «Irónicamente, Estados Unidos, durante mucho tiempo partidario del fundamentalismo de mercado, evolucionó siguiendo su propia ‘tercera vía’, una tercera vía entre el socialismo y el fundamentalismo de mercado. La industria estadounidense creció tras los muros arancelarios. Desde la primera línea telegráfica entre Washington y Baltimore, construida por el Gobierno Federal en 1842, hasta la moderna Internet, desde la ampliación de los servicios agrícolas en el siglo XIX hasta la investigación militar en el siglo XX y XXI, se fomentaron nuevas industrias mediante una política industrial discreta y de orientación mercantil».

Y agrega estas consideraciones: «aunque a los liberales les preocupa el gobierno excesivo, la debilidad del gobierno impide el crecimiento, porque los Estados débiles no pueden proporcionar ley y orden, ni hacer que se respeten los contratos (…)»

Después de criticar los errores y equívocos del Consenso de Washington, Stiglitz señala: «Se ha dicho que crecimiento requiere desigualdad porque los ricos ahorran más y hacen una mejor inversión.. De hecho es posible que los pobres no se beneficien del crecimiento (…), a no ser que éste vaya acompañado de políticas contra la pobreza. El crecimiento en el Este de Asia ha demostrado que las políticas igualitarias favorecen el crecimiento.»

Por su parte, un experto en problemáticas macroeconómicas madrileño, Manuel Escudero, después de enumerar las dificultades que la globalización supone para los 156 países que no se favorecen del estado actual de la economía mundial (como sí lo hacen las 28 economías más desarrolladas) señala las dificultades en la balanza de pagos de los países «en desarrollo», y cómo, en vez de disminuir o desaparecer, el problema de la deuda externa se ha agravado ya que el monto de la misma se ha duplicado entre 1992 y 1998. Con ello, el esfuerzo para pagarla ha aumentado, y hoy los 156 países en desarrollo gastan como media el 39% de lo que producen en satisfacer lo que deben».

Son temas y cifras de los que aquí no se habla suficientemente.

Ni Soros, ni Stiglitz ni Escudero son hombres de izquierda. Ni siquiera se los podría englobar en la canchera denominación de «progres». Advierten la realidad del mundo y dicen: hay que cambiar.

A los estólidos cruzados del neoliberalismo uruguayo no se les mueve un pelo.

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