Ecuatorianos esclavos en Montevideo

Miseria, ignorancia y explotación

Una vez más, una primicia de LA REPUBLICA conmociona a la sociedad y promueve la intervención de las autoridades. La terrible situación vivida por un grupo de ecuatorianos en Montevideo pudo conocerse merced a una circunstancia fortuita y generó la reacción enérgica y eficaz de la Policía y de la Justicia.

Tout est bien qui finit bien (Todo está bien cuando termina bien) dicen los franceses. Y es del caso aplicarlo en esta circunstancia: los menores explotados han sido rescatados y son atendidos por el Iname y el Movimiento Tacurú mientras se espera el trámite de expatriación que realizará el gobierno de Quito; los responsables del delito de violencia privada –tal fue la tipificación del juez de la causa– fueron procesados y están tras las rejas.

Desde luego que corresponde compartir la indignación que provoca la situación denunciada: una explotación inhumana y sublevante a la que los uruguayos no estamos acostumbrados; una suerte de esclavitud posmoderna, como bien se tituló en tapa.

No obstante –y sin que ello implique desmerecer la rapidez con que actuaron las autoridades– corresponde analizar el hecho desde otra óptica, pues son varias las facetas que presenta.

En primer lugar, parece inevitable destacar una paradoja que salta a la vista. Nuestro país, sumergido en una profunda crisis material y espiritual, sufriendo los embates de una sangría poblacional que padece desde hace demasiados años como consecuencia de la emigración de jóvenes, pudo llegar a ser visto como un polo de atracción y de oportunidades laborales. Un día sí y otro también nos llegan noticias de compatriotas que viven situaciones de penuria y exclusión, de dificultades y de explotación en los lugares elegidos para mejorar sus condiciones de vida. Ahora se han invertido los términos y resulta que es en Montevideo donde se da el fenómeno; es Uruguay el que recibe incautos inmigrantes clandestinos. Lo que estábamos acostumbrados a ver en regiones remotas del globo (avalanchas migratorias desde el Medio Oriente y Norte de Africa hacia Europa) y en países vecinos (bolivianos explotados en Argentina) ocurre también –a nuestra modesta escala– en nuestro país.

Vinculado con esta paradoja, también corresponde imaginar el grado de pobreza, desesperanza e ignorancia en que se hallan otros pueblos hermanos del continente. No eligieron como tierra de Promisión Estados Unidos, Australia o España (para no nombrar sino las mecas de los emigrantes del mundo subdesarrollado), ni siquiera Buenos Aires, que también es un polo de atracción; creyeron que en Montevideo podrían encontrar una ocupación que les permitiera elevar su calidad de vida.

Otro aspecto a destacar es la falta de vigilancia de parte de los organismos estatales. La Dirección de Migraciones debería ejercer controles más efectivos para detectar situaciones irregulares y evitar así abusos como los padecidos por este grupo de ecuatorianos. Aclaremos que no estamos bregando por la odiosa política aplicada en el Primer Mundo contra los inmigrantes ilegales, pero es obvio que el organismo debe disponer medidas tendentes a mejorar su gestión.

También exhiben carencias operativas los sistemas de control del BPS para evitar el llamado trabajo «en negro».

Son varias, pues, las conclusiones que pueden extraerse del hecho. Por ejemplo –y a riesgo de ser reiterativos– la situación pone al desnudo la injusticia de un sistema que no cesa de promover el incremento imparable de la brecha entre ricos y pobres, así como la concentración de la riqueza cada vez en menos manos en perjuicio de las grandes mayorías.

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