Preservar la imagen del Presidente
No será necesario esperar los resultados de los «sondeos» de opinión. Ya es posible atreverse a pronosticar que muy probablemente la imagen del Presidente Batlle se mantiene, pese a las difíciles circunstancias por que atraviesa el gobierno y a las «pifias» y errores graves que ha acumulado esta administración.
¿Cuál es la explicación de este fenómeno? ¿En qué terreno se sitúan los factores que permiten mantener una determinada imagen pública del primer mandatario mientras sus propios errores en la valoración de los hechos, y las medidas propuestas y aplicadas resultan notoriamente equivocados?
El tema vale la pena meditarlo, ahora que las medidas propuestas por el Poder Ejecutivo han demostrado una vez más un buen manejo de la comunicación pública y de las imágenes del líder del gobierno.
En primer lugar, la operatividad y «eficiencia» que parece demostrar el gobierno contrasta con la imagen pública de parsimonia e inoperancia que se suele atribuir al Parlamento nacional o al Poder Judicial.
En este caso el Presidente apareció públicamente anunciando un paquete de medidas que inevitablemente tendrán que recibir su legitimación institucional en el Parlamento.
Mientras la acción presidencial es presentada como una respuesta neta e inmediata a los problemas de la epidemia de fiebre aftosa, el tratamiento parlamentario, en poco más de un mes y medio, será la instancia del debate y de la crítica, instituciones a las que el nuevo recetario neoliberal descalifica como engorrosas e inconducentes.
Las críticas a las medidas del gobierno, según este singular catecismo, «responden a intereses políticos» y en ese sentido se le reprochó al Presidente del Encuentro Progresista su toma de distancia de las acciones del gobierno.
¡Como si la acción del gobierno no respondiera también a intereses, es decir, a las necesidades de reproducción de la dominación política!
Según esta concepción, el gobierno se enfrenta a la «mala suerte» que ataca al país. Los problemas por que atraviesa Uruguay serían una «contingencia natural», algo así como un inesperado terremoto, como un caprichoso tornado que vino a despeinar los elegantes bucles de la prosperidad uruguaya.
Frente a las «contingencias perversas de la fortuna», el elenco de gobierno cierra filas en torno al Presidente, y ¡guay! de quienes pretendan poner en tela de juicio las responsabilidades del gobierno –de este y de los que lo precedieron– en la creación de una situación de vulnerabilidad del país frente a la propagación de la epidemia de la aftosa.
Con un hábil pase de manos toda la problemática anterior que sacudía al mundo rural en los últimos diez años, referida al endeudamiento, a la caída de la rentabilidad, etc., ha quedado subsumida y olvidada.
Lo mismo ocurre en lo atinente al desmantelamiento de servicios esenciales en el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca a través de los recortes presupuestales aprobados a finales del pasado año.
En lo que refiere al mantenimiento de una imagen positiva de la figura presidencial hay otro elemento que, según todo lo parece indicar, todavía tiene cierto grado de incidencia. Nos referimos a la diferencia entre el estilo del actual primer mandatario con el anterior.
La figura pública del presidente Sanguinetti acumuló tal lote de antipatías, convocó de manera tan exagerada a la intolerancia sistemática con todo lo que no fuera la aceptación de sus puntos de vista que resulta fácil, después, brindar una imagen menos ríspida.
La presencia abusiva del agresivo y sabelotodo líder del Foro Batllista en la televisión, en las inauguraciones y homenajes, siempre hablando, siempre dictando cátedra, dejó expedito el camino para que desde un estilo menos pedante y más sereno se obtenga una cuota considerablemente mayor de paciencia pública hacia la primera figura del gobierno.
El cuadro que hemos descrito conlleva, como es fácil deducir, una serie de problemas. Entre otros el de qué va a pasar el día que la paciencia se agote y también la imagen del Presidente sufra el deterioro que produce su mal gobierno.
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