¿Hacia un gobierno popular?
A. Rodríguez Camusso
«Es este poder de reconocer lo muerto en lo que parece vivir el rasgo sobresaliente de una genialidad política». Ortega y Gasset. «Mirabeau o el político».
El Frente Amplio ha cumplido 30 años de existencia. Lo hace constituido, con amplitud, en la mayor fuerza política del país y, con limitaciones que lo trascienden, en la más movilizada y participativa. Su recuperación cuantitativa, tras el golpe alevoso que 5 años antes le infligiera quien hasta entonces había sido su máxima autoridad, ha sido plena. Ello ratifica la creciente insuficiencia de los partidos tradicionales, cuya trayectoria histórica es ya a nivel popular escasamente conocida, aislados de la ciudadanía a la que sólo se aproximan en vísperas electorales, convertidos en asociaciones de dirigentes con frecuencia en búsqueda de prebendas personales, carentes de definiciones precisas que los identifiquen. Su caída ha sido gradual pero constante, lo cual es índice inequívoco de que no responde a elementos ocasionales sino irreversibles. Su decadencia los forzó, agotados los variados recursos antes utilizados, a sumar sufragios para mantenerse en el poder; incluso a utilizar el auxilio, probablemente decisivo, de aparentes y solícitos frentistas. No cabrían ya, como funcionaron en el pasado, alas progresistas en ellos, pues han reducido el Parlamento a una mera formalidad y aplican en lo interno una disciplina férrea. La fuerza del FA se basa en dos vertientes sustanciales: la de quienes comparten sus definiciones y la de quienes, aun distantes de ellas, rechazan con firmeza al Partido Nacional y al Partido Colorado.
Como es habitual, las direcciones políticas reparten su actividad en dos direcciones: lo que hay que resolver ahora y el posicionamiento a lograr –partidario, sectorial y personal– en 2003 y 2004. Deben ser tenidos en cuenta elementos nuevos de proyección imprevisible pero de segura trascendencia: 1) por primera vez los PPTT llegarán indiferenciados, lo que hará la lucha contra ellos, teóricamente siquiera, menos dificultosa; 2) el PN es probable mejore su votación pero es difícil supere el tercer lugar y a los blancos, hecho fácil de comprobar y profundamente justificado, les resultará muy difícil votar a Sanguinetti o a algún «invento suyo» que cuide los intereses del clan.
Pero la lucha por el poder, cuanto más cerca se está de él, ve multiplicadas las dificultades y el FA ha mostrado inmadurez en medida que le ha impedido incluso aprovechar adecuadamente el carisma de su candidato. En 1994 pudo haber disputado la victoria con posibilidades y el inverosímil incidente del Filtro, propiciado por la cúpula de la época, las malogró. En 1999, tras el impacto de octubre, «durmió la siesta»… y perdió.
Las mayorías ahora carecen de definición partidaria; es probable su condición expectante se mantenga hasta el 2004; todos sus adversarios admiten –incluso públicamente– que es un vencedor muy posible. A tan grande responsabilidad debe hacer frente a través de una actualización ideológica real, que reconozca cambios operados –algunos irreversibles–, que aplique dureza imprescindible en lo interno, afine comunicación en lo externo y admita valores a los que el uruguayo medio no renunciará.
En la creación del FA participamos socialcristianos y blancos, batllistas, comunistas y socialistas; se incorporaron después ciudadanos independientes. Desde el comienzo nos comprometimos a que toda conexión de carácter internacional sólo podría ser resuelta por unanimidad y a que cada fuerza política sería respetada en su trayectoria y sus concepciones básicas. Predominaban entonces dos superpotencias con sus bloques respectivos; quienes no compartíamos el egoísmo inherente al supercapitalismo, así como tampoco la dictadura socialista de partido único, nos incluimos en el «tercerismo», en boga entonces. El socialismo cayó y de modo inexorable, no porque haya sido siempre mal aplicado, ni porque todos sus dirigentes fueran mediocres o corruptos; muchos, no todos, no lo fueron. Fracasó el sistema socialista (excluyo a la social democracia). No cayó todo Marx; sí cayeron –enteros– Lenin, Stalin y sus continuadores, algunos de los cuales disponen todavía de «tiempo prestado». El FA nunca examinó esta crisis, que debió conmoverlo, porque jamás la admitió. El pasado puede durar, pero nunca derrotará al futuro. Un sistema que permite opinar libremente, reunirse, organizarse, rotar partidos en el poder, puede o no mejorar la condición del pueblo; quien no permite la vigencia plena de tan elementales derechos humanos, jamás podrá lograrlo. En ningún caso un régimen de burócratas podrá aventajar en aspecto alguno a otro que estimule la iniciativa, la superación, la sana competencia, sujetas a normas que protejan la seguridad social. Estoy seguro de que muchísimos frenteamplistas lo comprenden, pero ¿el FA está dispuesto a manifestarlo? En ello se jugará en gran medida su destino futuro.
La inviabilidad del socialismo, para cuantos nos sentimos miembros de una sociedad y no queremos serlo de un hormiguero, dejó a todos los pueblos en las garras de un supercapitalismo inescrupuloso y sin entrañas que explota, margina y corrompe sin límite. No debe sorprendernos, así como tampoco lo hubiera hecho la victoria del otro bloque, que hubiera convertido a «la Cordillera de los Andes en una Sierra Maestra» y hubiera impuesto sus «aparatos» en todos los continentes.
El FA fue constituido, debo pensar que en todos los casos con buena fe, como una fuerza nacional, pacífica, democrática, pluralista, antiimperialista. La primera vez que sesionó el llamado Foro de San Pablo concurrió un delegado del entonces presidente del FA; se negó a firmar el documento final porque incluía una definición socialista y el FA no lo era. ¿Qué actitud, qué definición, muestra hoy que no lo es? ¿Responderá adecuadamente el FA, próximo al poder, a ese desafío?
La historia enseña, sin excepciones, que a la ciencia y a la técnica debe asimilárselas y no enfrentarlas; el fracaso de India y el éxito de Japón son ejemplos elocuentes. El sistema capitalista, el mercado, la iniciativa privada, no deben ser rechazados en bloque; deben ser controlados y adaptados a finalidades con contenido social; casa propia, automóvil, electrodomésticos, vacaciones, créditos, no son «consumismo» sino conquistas; ¿qué «izquierdista», cuando puede, no se las procura?; lo trascendente es combatir la marginación e, incluso, el corporativismo, funesta realidad que irrita a sumergidos y confunde a genuinos progresistas.
Desocupación, salarios bajos, servicios deficitarios en salud y enseñanza, inseguridad, jubilaciones y pensiones miserables, culto reiterado a la inmoralidad más repugnante, allí está la obra a cumplir. Sea enfrentada esta coalición maldita, pero sépase que el diagnóstico es casi superfluo, importa la terapéutica; y ésta debe ser realista, creíble, eficazmente comunicada, con la militancia sin pausa y la entrega ardorosa de los tiempos iniciales.
30 años atrás nos entregamos a esta causa; sucesos tremendos que conmovieron al mundo cambiaron y confundieron muchas cosas; pero no las mencionadas. ¿Quedará suficiente de lo que fue? Con 52 legisladores, 100 ediles, incontables titulares de cargos de confianza, hay para conectarse con permanencia en todo el país. Es lo que hace 30 años con estas posibilidades hubiéramos hecho.
Tengo bastantes años y la voluntad incólume. Desde fuera de toda organización política me resta un adarme de esperanza. ¿Se podrá quitar el poder a quienes «no practican la política porque la compran»?
El tiempo, sabio gentilhombre, lo dirá
. También en política sé que se pueden perder batallas y ganar guerras. Lo sé bien por oriental, por artiguista… y por blanco.
* Dirigente político
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