El imprescindible respeto hacia la diversidad sexual
Ha dicho Eduardo Galeano: «El siglo XX, que nació anunciando ‘paz y justicia’, murió bañado en sangre y dejó un mundo más injusto que el que había encontrado; el siglo XXI, que también nació anunciando ‘paz y justicia’, está siguiendo los pasos del siglo anterior».
Esta amarga reflexión del distinguido intelectual compatriota está referida, fundamentalmente, a la realidad política, social y económica global; esto es, a un mundo esencialmente injusto en el que se profundiza la brecha entre ricos (cada vez más ricos y menos numerosos) y pobres (cada vez más numerosos y más pobres), y que no ha sabido dirimir los conflictos internos o internacionales, políticos, económicos, culturales o religiosos por otro medio que la violencia bélica, brutal, desembozada, o sinuosa y sutil.
A pesar de ciertos logros, de ciertos avances de la civilización, muchas prácticas basadas en preceptos religiosos bárbaros e inhumanos siguen teniendo vigencia en algunas comunidades. La ablación del clítoris, la lapidación de adúlteras, entre otras, siguen practicándose en no pocos países.
Pero haciendo abstracción de estos extremos repugnantes, en el mundo occidental de cuya civilización racional y supuestamente humanista muchos se enorgullecen sobreviven resabios de tiempos de oscurantismo. La discriminación, el rechazo al «diferente», el racismo, la xenofobia están presentes como pautas latentes en la mentalidad media predominante en nuestras sociedades.
El viernes tuvo lugar en la Intendencia de Montevideo el lanzamiento del Mes de la Diversidad Sexual. En el acto, la intendenta Ana Olivera expresó: «No habrá un Montevideo de la convivencia sin respeto», e hizo hincapié en el concepto de ‘respeto’, más apropiado que el de ‘tolerancia’. La semántica del verbo tolerar es clara al respecto: sufrir, llevar con paciencia, soportar, aguantar. Respetar, en cambio, refiere más bien a tener miramiento hacia el otro, a aceptar un punto de vista o una creencia diferente de la nuestra.
La sentencia de la intendenta así como la propuesta de organizar un Mes de la Diversidad Sexual revelan que los uruguayos, mayoritariamente, seguimos rechazando la diversidad y particularmente la diversidad sexual, esto es, las opciones individuales para vivir la sexualidad. Homosexuales varones y mujeres, los bisexuales, los transexuales, difícilmente son aceptados y respetados por la sociedad. Este rechazo tiene su origen principalmente en cuestiones religiosas y en una prédica medieval de la Iglesia Católica que se mantiene intacta luego de dos milenios. Desde Sodoma y Gomorra, desde las anatemas contra Onán y contra la fornicación, la cultura judeo-cristiana nos ha impuesto prejuicios muy difíciles de erradicar.
Y lo peor es que esa concepción retrógrada del sexo no sólo se mantiene intacta sino que es reivindicada y reafirmada por las autoridades eclesiásticas hoy en día: la homosexualidad es una «desviación» o una enfermedad que la Iglesia condena al igual que la contracepción o la interrupción voluntaria del embarazo.
Elena Ponte, coordinadora de la Secretaría de la Mujer de la Intendencia de Montevideo, justificó la promoción del Mes de la Diversidad Sexual explicando que es una forma de sensibilizar a la opinión pública, ya que, pese a los avances normativos, se necesitan cambios en las prácticas de la vida cotidiana.
Justamente, de eso se trata. La experiencia demuestra que todo lo que se ha legislado desde hace ya un buen tiempo en pos de combatir la discriminación y de promover los derechos de los «diferentes» no es suficiente para erradicar los prejuicios que aún se mantienen al respecto.
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