Maquiavelo, el sector rural y la inflación

Sudamérica, Centroamérica y el Caribe juntos, tienen ya suficiente fuerza económica como para patear el tablero y hacer valer sus derechos. Pero según los suizos, quienes en 1984 lo manifestaron, el 20% de la deuda externa latinoamericana estaba depositado en la banca helvética en cuentas personales a nombre de gobernantes, tecnócratas, militares y dirigentes (políticos) de nuestras latitudes. Tal afirmación fue publicada en toda la prensa uruguaya de ese entonces. Creemos que se deberían conciliar los saldos de esas cuentas personales hasta llegar a la actualidad.

El mes pasado El País informaba que el déficit de la balanza comercial estadounidense tocó en 2000 la cifra récord de U$S 435.400 millones.

¿Qué calificativo corresponde a esta afirmación? ¿Eufemismo económico? ¿Mala fe? ¿Tendenciosidad? ¿Falacia? Con certeza podemos decir que EEUU es el único país del mundo cuya balanza comercial es una mera intrascendente estadística. Dicha nación ha desnaturalizado de tal manera la economía mundial, que su verdadera balanza comercial es su balanza de pagos (cuenta corriente, al decir de los tecnócratas).

Es tal la expansión económica mundial de EEUU que solamente con el retorno de los réditos de sus inversiones exteriores se produce el superávit final. A esto agreguemos las seudoinversiones japonesas por ejemplo, que acceden a Norteamérica. La economía japonesa fue montada sobre capitales americanos en la posguerra. Asimismo, en la incidencia de las importaciones de petróleo norteamericanas en su balanza comercial, se debería establecer cuánto corresponde a las verdaderas compras, y cuánto a las compras a sus propias multinacionales que dominan el petróleo ajeno, y que luego retornan los réditos ¡compensando la mayor parte del costo petrolero de EEUU!

El diario El País pretendió ser maquiavélico en el manejo de la información. Le falta sutileza. Ha pretendido dicho medio –afirmando que EEUU tiene déficit comercial– desvirtuar tácitamente la creciente convicción de la población de que, luchar contra la inflación sólo favorece a la balanza comercial del primer mundo, al sistema financiero y a un grupo de importadores. La gente vivía muy bien (años 60) con salarios indexados e inflación. La industria y el sector agropecuario funcionaban, igual que el comercio y la exportación, e íbamos camino al superávit. Pero los bancos se fundieron. Y el tercer mundo impuso sus «diezmos», y nuestros importadores hicieron su América. Y hoy, la gente vive mal, no hay industria (salvo la frigorífica), no hay productores, no hay comercio, no hay país.

Pero la gran víctima sudamericana, el peso pesado, fue Collor de Melo: el mejor presidente que tuvo Brasil. Su gestión, a través de una inflación de 2.000% llevó al país a un superávit anual de U$S 20.000 millones y consiguió un ritmo y un volumen de inversión en infraestructura industrial que hizo mella en el primer mundo. No se hizo esperar la «influencia» de los grandes países en el Congreso brasileño, y Collor fue defenestrado con el apoyo de una burda propaganda. Hay toda una galería de cadáveres políticos y de los otros, que marginan acusadoramente el statu quo actual. (Illía, Allende, Alan García, Siles Suazo, Collor, etc.). Pero haciendo la salvedad de que en Chile la intervención tuvo otro matiz.

La lucha antinflacionaria mundial es la estafa más grande de la historia de la humanidad. Ha superado largamente los niveles de la extracción económica practicada antaño por lo «grandes» países en sus antiguas colonias. En la actualidad, ni siquiera necesitan ocupar físicamente ningún territorio. Manejan la corrupción o lanzan ataques bélicos letales desde una cara a la otra del planeta. Las colonias hoy son casi todo el globo. De ahí la globalización.

Y para terminar, decimos que el diario El País registra la frase cumbre del ministro Bensión: «Los gobernantes necesitamos saber con claridad cuáles son, a juicio de la opinión pública pero particularmente de la opinión especializada, los temas prioritarios que el país tiene que defender en relación con los otros socios del Mercosur».

Es el puntillazo justificativo y «moralizante» a priori, del tratamiento de temas que tenemos curiosidad por saber quiénes y cómo los van a santificar para que los puedan aplicar.

El ministro reclama la bendición de los tecnócratas. Una élite. Como si el resto de la opinión pública no tuviera dos dedos de frente. Se trata ni más ni menos, de la inveterada y proficua costumbre de los tecnócratas de mitificar en todo lo referente a economía, inventando (para conseguir sus fines) oscuras y misteriosas premisas que ni ellos mismos se las creen, y que desembocan en aberrantes silogismos falseadores de los derechos más elementales del sector rural y del país.

La economía no tiene misterios –aunque les pese y pretendan lo contrario para estar «cómodos»– a menos que para ellos 2 + 2 sea igual a cinco.

* Productor agropecuario  

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