La fiesta de los tarados

La halagadora visita de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota a esta pequeña capital sudamericana dio oportunidad para reafirmar algunas sospechas sobre los objetivos y cometidos de vastos sectores de nuestra sociedad, que se dedican a estigmatizar a la juventud uruguaya con fenómenos violentos y luego vender esa imagen mentirosa para un público siempre ávido de noticias reaccionarias.

Las coberturas periodísticas, los comentarios políticos y policiales, trataron de demostrar en los días previos a los recitales de domingo y lunes que iba a ser una batalla campal. Una violencia sin límites ni control desembarcaría en Montevideo para destruir a la inmaculada tacita de plata.

Un ministro dijo que no entendía por qué viene a tocar a Uruguay un grupo prohibido en ciudades argentinas y chilenas; otro se despachó con una previsible afirmación: «los incidentes» ocurridos demuestran la «falta de valores» en la que los jóvenes se ven inmersos. La mesa está servida.

Los jóvenes son seres irracionales, sin control alguno, debido a la existencia de estos grupos musicales enardecedores que afectan la seguridad y las buenas costumbres de esta sociedad civilizada. ¡Y los «mass media»! Ultimas Noticias tituló, a toda portada: «Día de violencia», mientras que para El País lo más destacable de la festiva jornada dominical fue que los fanáticos «agotaron el alcohol» en los bares de la zona. Un conductor de Canal 4, cuyo nombre no puedo recordar, puso cara de lúcido analista social para preguntarse: «¿Es necesario que importemos estos problemas?», mientras los informativos radiales se regodearon de la detención de 143 personas en las inmediaciones del Estadio Centenario el domingo.

Sí, 143. Dentro del Estadio había más de 22 mil personas. Eso quiere decir que los problemas con la Policía involucraron al 0,69 por ciento del total de participantes del festival musical. El lunes los detenidos fueron 150.

Me atrevo a afirmar, con absoluto convencimiento, que ninguno de los que está diciendo disparates sobre los hábitos de la juventud uruguaya en general, y los de los jóvenes que asistieron en paz a los dos recitales de los Redondos en el Estadio, siquiera se interesa por conocer cómo piensa esa generación que se les antoja casi subversiva. Alcanza con sentenciar que no trabajan, no estudian, se drogan, toman alcohol, delinquen, ¡y la mayoría es de izquierda! Sin dudarlo un minuto, todo se relaciona y se convierte en una oportunidad inmejorable para el desembarco de algunos sectores de la Iglesia Católica en las aulas, con sus cruces y sus santos, para dar un baño de valores y moral a los desprotegidos jóvenes uruguayos.

Las misiones han vuelto con más fuerza que nunca, y el país envejece cada día más.

La excepción

Desde un punto de vista periodístico es lógico el ejercicio que realizan estos vehículos mediáticos de deformación de opinión pública: el 0,69 por ciento es la excepción, y la excepción es noticia. Pero desde el punto de vista profesional, ético y moral, es repugnante.

Algunas de las personas que me enseñaron periodismo me dijeron que una de las cosas más importantes a la hora de abrazar esta hermosa profesión era la responsabilidad social. Uno debe ser consciente de que lo que informa a sus lectores, oyentes o televidentes no genere consecuencias graves o peligrosas en la sociedad.

Salvo honrosas excepciones, ninguno elogió la fiesta que con más de 40 mil personas ocurrió puertas adentro del Estadio durante los dos días. Un auto quemado, otro volcado y el 0,69 por ciento de detenidos le dio pasto a las fieras.

Hubo que soportar un mes de constantes y agoreras alusiones a la violencia que se generaría con los recitales de los Redondos en Montevideo. El objetivo se logró solamente fuera del Estadio. Sólo se puede atribuir esta actitud irresponsable a dos razones: una pesimista, la intención de que el efecto negativo se produjera, es decir que luego de un mes de bombardeo reaccionario finalmente se propiciara la violencia que se pronosticaba; o una optimista, que toda esta gente no entendió nada, que se equivocaron, que no pudieron ayudar a calmar los ánimos y que hay una epidemia en el poder mediático y político: mientras los ricoteros de entre 10 y 60 años disfrutaban su fiesta, en paz, dentro del Estadio, afuera transcurría paralelamente la fiesta de los tarados. Los que dan manija y los que creen que la respuesta a la exclusión es quemar o dar vuelta automóviles.

«Los yorugua son buena gente, son hospitalarios, yo los conozco», dijo el domingo el Indio Solari, líder de los Redondos. Es que no los conoce a todos.

* Periodista de LA REPUBLICA     

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