EDITORIAL

La paz es el único camino

Ayer visitó nuestro país el canciller de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, y se reunió largo con nuestro presidente, José Mujica. La visita de Maduro se enmarca en una gira regional que ya lo llevó a Brasil, Paraguay y Argentina y que incluirá también a Chile y Bolivia.

El motivo central de esta gira del canciller bolivariano es la nueva crisis generada en las relaciones bilaterales con Colombia, que llevó a la ruptura de las relaciones diplomáticas entre las dos naciones.

 

El gobierno de Alvaro Uribe ha sido una fuente permanente de tensión hacia la región, los dos últimos antecedentes son por demás ilustrativos: la incursión militar dentro de territorio ecuatoriano y la instalación de 7 bases militares de EEUU en Colombia.

Ahora, pocos días antes de terminar su gestión, Uribe lanza una acusación contra Venezuela de tener en su territorio campamentos de guerrilleros colombianos.

Gobernantes y analistas políticos de la región no aciertan aún a explicar las razones que fundamentan esta nueva denuncia de Uribe, que además se basa en información que, en caso de ser cierta, tiene más de un año, por lo tanto una de las preguntas de más difícil respuesta es: ¿por qué ahora?

Las explicaciones con mayor grado de seriedad apuntan a dos justificaciones: internacionales e internas colombianas.

Las internacionales tienen que ver con un papel asignado al gobierno de Uribe, el más de derecha y el más alineado con EEUU de la región, como factor permanente de irritación, de dificultar los procesos de integración económicos y políticos regionales y en particular de generar tensión en Venezuela.

 

Los que apuntan a razones internas de política colombiana se refieren a que Uribe cuando termine su mandato deberá enfrentar un aluvión de denuncias por violaciones a los derechos humanos, miles de muertes y decenas de desapariciones, así como casos de corrupción, por lo que necesita un efecto distracción que coloque el eje y la mira en otro punto.

Tal vez sea un factor más determinante que el otro o quizá sea una combinación de las dos cosas. Lo cierto es que la tensión está instalada y Colombia es el único país de la región con un conflicto armado interno y además se transforma cada vez más en foco de tensión hacia el resto de los países.

El gobierno uruguayo y en gran medida los gobiernos de todo el Mercosur han afirmado que lo principal es evitar que la tensión crezca más y encontrar caminos políticos de salida que garanticen la paz.

Para ello lo más indicado es apostar a los mecanismos sudamericanos, para decirlo más claro, evitar la presencia y participación como actor de EEUU, que ha demostrado una vez más que lejos de aportar hacia una solución, es parte y no menor del problema.

Por eso hay que insistir con Unasur y buscar un plan de paz para Colombia, toda la política instrumentada por EEUU demuestra ser un fracaso rotundo.

 

Habrá que encontrar mecanismos para evitar que la tensión crezca, para inhibir a la ultraderecha colombiana y a los sectores más guerreristas de EEUU, que ya demostraron en Honduras que actúan con independencia del propio gobierno, de realizar acciones irresponsables.

Las actitudes y la conducta política de Uribe hacen que sea prácticamente imposible que estos objetivos se cumplan con él. Habrá que evitar entonces que en el tiempo que le queda de poder haga más daño y apostar a un cambio a partir del 7 de agosto, cuando asuma Juan Manuel Santos. Es cierto, Santos es del riñón de Uribe, su gestión como ministro de Defensa tiene serios cuestionamientos. Pero no es menos cierto que Santos ha intentado distanciarse de Uribe tanto en la conformación del gabinete como en algunas señales externas. Además es el presidente electo de Colombia y con él habrá que encontrar las salidas.

No hay espacio para el fracaso: la paz no es negociable.

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