Vigencia de la democracia
Sin dejar de reconocer que podemos caer en lugares comunes y en frases hechas, resulta inevitable referirnos a la relevancia que reviste la fecha de hoy, convertida en un símbolo del funcionamiento de un Estado democrático.
Hoy asume el cuarto presidente luego del retorno de la estabilidad institucional; desde 1984 el cuerpo electoral ha sido convocado en cuatro oportunidades para elegir a quienes, en su nombre, ejercerán el gobierno administrarán la cosa pública representando al demos. Cuatro elecciones generales (legislativas, presidenciales y municipales) en 15 años pueden oponerse a los más de 12 años en que el pueblo no pudo elegir a sus gobernantes ni controlarlos debidamente. No está mal. Más aun si se considera que el país vivió desde junio de 1968 hasta 1985 en la anormalidad institucional, con consultas a la ciudadanía viciadas de irregularidades: en 1971, elecciones en un clima anómalo y con fraude; en 1980, la convocatoria a ratificar un engendro constitucional felizmente rechazado por el pueblo; y dos años más tarde, elecciones internas con dirigentes proscriptos, presos o exiliados y todo un partido excluido y perseguido. No es nada despreciable pues, que estemos asistiendo una vez más a la asunción de un presidente elegido por voto popular y que, en este caso, representa a más de la mitad de la sociedad.
Mucho se ha denostado a la democracia occidental atribuyéndole la condición de «formal» (así, entre comillas) expresando, mediante ese adjetivo supuestamente peyorativo, la idea de que lo formal prevalece sobre lo esencial, y que, en conclusión, la democracia es una forma vacía de contenido. Se olvida o no se quiere ver que son precisamente las formalidades contenidas en el corpus jurídico las que otorgan las necesarias garantías para que la democracia sea tal. Es por ello que puede afirmarse sin ningún tipo de duda que el gobierno de Pacheco Areco (que contó con el apoyo de la «15» liderada por Jorge Batlle, a cuyas filas pertenecía el ministro de industria Julio María Sanguinetti) fue un gobierno antidemocrático que violó sistemáticamente los derechos humanos y que se mantuvo al margen del ordenamiento jurídico desconociendo abiertamente la Constitución de la República. Ni Pacheco ni Bordaberry pudieron mantener la fachada democrática pues no fueron capaces de respetar las famosas «formalidades» tantas veces denigradas. También en ese sentido debe verse el llamado a votar la reforma constitucional elaborada por los amanuenses de la dictadura: era la necesidad que tenía el régimen de legitimarse formalmente, y la bofetada que significó el rechazo popular implicó el comienzo del fin del gobierno militar. Estos hechos demuestran por sí solos la importancia de la forma, que Bertolt Brecht definía como «la manera correcta de organizar el contenido»; vaya si será importante.
El mayor líder revolucionario de esta tierra, el general José Artigas, ya había advertido, con su proverbial lucidez, la fundamental importancia de estas cuestiones formales cuando sostenía que la Constitución es el único freno a los posibles desbordes de los hombres.
Tonto sería concluir luego de estas consideraciones que debemos considerarnos satisfechos con la democracia política. Parece obvio apuntar que la democracia formal no alcanza para hacer la felicidad del individuo, pero es el sistema que nos permitirá profundizar la libertad, las garantías y el respeto por las minorías; y que sin justicia social, sin democracia económica, la democracia política no es más que una cáscara bajo la cual se esconden las desigualdades más irritantes.
En este 1 de marzo es oportuno pues valorar debidamente la democracia como sistema de convivencia, reconociendo sus virtudes pero señalando sus carencias y sus imperfecciones, como forma de evitar tanto un panegírico frívolo como un peligroso desprecio.
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