Fin de mandato para el "infalible"
Con la asunción del nuevo presidente se cierra otra etapa institucional y política.
Se ha cumplido un nuevo período, ¿el último?, del ciclo sanguinettista de la historia uruguaya. Nos guste o no, el presidente saliente tiñe con una impronta particular el transcurrir político del país y su peso en el Partido Colorado y en la próxima administración será, sin duda, de relevancia.
El acontecimiento ha dado lugar, como suele suceder a los que siguen siendo poderosos, aun después de haber cesado en el ejercicio de una magistratura, a toda clase de expresiones de lisonja, tanto de parte de dirigentes políticos «de la situación» como de la prensa zalamera.
Pensamos que quizá resulte prematuro dar por concluido un balance de una gestión en la que muchas aristas todavía están sin concretar.
Para empezar, el legado principal de Sanguinetti es el nuevo gobierno. Que entre Sanguinetti y Batlle existan importantes diferencias de estilo –y de trayectoria–no atenúa el hecho de que el presidente electo lo es con el respaldo de las mismas fuerzas y los mismos elencos que gobernaron con Sanguinetti.
En este terreno, el balance más ajustado y preciso del gobierno anterior, el del doctor Lacalle, ¿se estuvo en condiciones de hacerlo el 1º de marzo de 1995, o después, cuando distintos episodios que habían aflorado durante su administración se fueron aclarando?
En un terreno entonces más modesto, el de la realización apenas de «algunas anotaciones para un balance», creemos que hay que señalar varios aspectos de la «impronta Sanguinetti» en la vida política del país.
En primer lugar, el presidente saliente ha desarrollado una fuerte centralización y concentración de poder en las manos del Poder Ejecutivo y en las suyas como persona.
Hace cuatro días, en una larga entrevista en el programa En Perspectiva, Sanguinetti sostuvo que el «poder democrático es básicamente responsabilidad y obligación, es felizmente acotado, tiene órbitas de acción muy acotadas».
Sin embargo, ya hacia el final de su reinado, no parece ser eso precisamente lo que perciben amplios sectores de la población.
Remitiéndonos sólo a las últimas semanas, por lo menos cuatro decisiones presidenciales han levantado severas voces de protesta, y no sólo en el campo de la oposición progresista o de las organizaciones sociales.
En primer lugar el otorgamiento gracioso de un gran número de nuevas radios, llevado adelante con evidentes móviles políticos o de amiguismo.
El episodio, que motivó la protesta de las gremiales de la radiodifusión no es sino una perla más en el largo rosario de decretos destinados a poner a las radios y a la televisión al servicio de las fracciones políticas y económicas dominantes.
En segundo lugar, y en la misma línea de problemas, el decreto que obstaculiza el acceso de la televisión satelital y coloca su desarrollo absolutamente en manos del Poder Ejecutivo.
En tercer lugar, Sanguinetti sancionó –sin siquiera anunciarlo a sus aliados del Partido Nacional y a los jerarcas de la Policía– el decreto que creó un nuevo organismo que centraliza todas las labores de Inteligencia del Estado colocando esta actividad en manos de las Fuerzas Armadas.
Ha sido de fuentes de la policía e incluso de algunos voceros del Partido Nacional de donde se alzaron las voces de protesta ante lo que denuncian como un proceso de «militarización» de los servicios de Inteligencia del Estado. Casi nada.
En cuarto lugar, el tratamiento como jefe máximo de la administración y como principal vocero del gobierno de la solicitud de búsqueda de un niño desaparecido por parte del escritor argentino Juan Gelman, ha sido penoso.
No sólo que no se ha dado ningún paso efectivo que contribuya a aclarar la dramática situación sino que Sanguinetti ha perdido toda compostura en sus declaraciones públicas sobre Gelman.
En síntesis, una gestión presidencial que el propio protagonista se esfuerza por presentar como exitosa: «La mayor parte de los (buenos) planes se han cumplido y los que no se han podido lograr es a causa de la sequía, el alza de los precios del petróleo o la devaluación en el Brasil.»
¿Le cabe a su gobierno alguna responsabilidad en las dificultades por las que atraviesa el país? «Ninguna. Todo se previó, todo se llevó adelante acertadamente. La culpa la tienen otros y la mala suerte.»
Sanguinetti deja la presidencia, una vez más, «invicto»: cero error, cero autocrítica. Sanguinetti forma parte del mundo hermético de los que nunca se equivocan.
Los que lo critican, no importa la materia ni la naturaleza de la crítica, no tienen autoridad para cuestionarlo: esas críticas provienen de gente que, como dijo al periodista, «tienen ideas abominables».
Mucho poder durante mucho tiempo: no son las mejores condiciones para que un hombre tome conciencia cabal de su estatura y se mire con un poco más de cordura y humildad.
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