Doctor, me siento mal
Debe hacerse estos estudios, tomar esta medicación, cuidado con el frío, empiece la dieta de una buena vez y guarde reposo.
Venía todo bien, pero cuando sentí la palabra «reposo», me di cuenta de la gravedad de la situación. Me sonó a procesamiento con prisión.
Se lo comenté al médico. Le dije que me podía llegar a enloquecer si tenía que estar las 24 horas del día (y de la noche) encerrado en mi casa. Volvió a tomar la lapicera y me extendió una nueva receta con una letra inteligible que al salir de la farmacia terminó siendo un ansiolítico.
Salida? Ni transitoria me dijo. Cuando nos despedimos me dio algunos consejos: no se caliente, quédese tranquilo, mire la tele… juega Uruguay, dijo para intentar consolarme.
Salí del consultorio prometiendo que cumpliría «a pie juntillas» con el tratamiento y sus últimos consejos.
Para rematarla encontré a María Julia, con unas 10 fichas médicas debajo del brazo: «a los médicos hay que hacerles caso, para eso estudiaron», me dijo.
El ir a hacerme el estudio en medio de un partido de Uruguay fue toda una experiencia. Montevideo vacío y quieto. Los cuidacoches de Palmar y Mario Casinoni con las viejas radios a transistores contra la oreja me miraban como a un marciano.
Entré al consultorio con un 0-0 contra Holanda, salí con un 1-1 (el gol de Forlán se ve clarito en el corte tranversal de la arteria) llegué a casa con un 3-1 en contra y sólo pude disfrutar del descuento del «Mono» Pereira.
Después vino Alemania y me banqué otro 3-2 en contra. También le había hecho caso al médico. Tomé las tres pastillas y miré la previa, el partido, las declaraciones finales y todos los programas de periodismo deportivo. Tranquilo, sin calentarme, por momentos disfrutando del fútbol celeste y de los valores y entusiasmo que transmitían los muchachos en la cancha y fuera de ella.
También disfruté el orgullo de lo que «prestigiosos y especializados medios extranjeros» decían de lo que éramos capaces de hacer los uruguayos.
Pero se terminó el Mundial y todos los festejos. Y yo sigo en reposo, lejos del alta y queriendo cumplir con la promesa que le hice al médico: combatir el estrés mirando la tele. Y sin calentarme.
El problema es que el lugar del maestro Tabárez, Forlán, Muslera, el Ruso Pérez, el Loco Abreu, y los otros muchachos me lo volvieron a ocupar los «Intrusos» de siempre en el 4 en el 10 y en el 12, en todos los medios que hasta hace unas horas eran más celestes que el cielo patrio.
La TV uruguaya volvió a ser otra provincia de la República Argentina. Volvimos a la realidad, a un gris que no lo cambia el plasma ni el LCD ni los últimos avances tecnológicos.
Y la realidad en buena medida es lo que pasa en los medios y lo que pasa en los medios uruguayos es lo que sus «dueños» quieren que pase.
Gracias a ellos sabemos lo duro que es alcanzar el éxito para artistas de la talla de Pachano, Gracielita Alfano, Moria Casán y Reina Reech.
Ahora estamos (seguimos) aprendiendo que no es sólo vender chocolatines la vida de Ricardo Fort. Hay que entrenar duro todos los días para andar de casting en casting para conseguir patovicas (seguridá le dicen ahora) o para agenciarse de una novia que le ayude a sobrellevar tantas penurias. Es duro vivir así. Lo que hizo la celeste es «moco e pavo» al lado del sacrificio de esta gente. Por la noche en el canal 12 con Tinelli, por la mañana en el 4 en «dúplex» con Crónica, después con Viviana Canosa, al ratito con unos Intrusos que se metieron en el «Canal Uruguayo» supongo que sin que los dueños (o concesionarios de ondas estatales) se dieran cuenta.
No menos dura es la vida (iba a escribir las colas) de las chicas que bailan y se pelean de noche en lo de Tinelli, con el jurado y entre ellas. Pero peor debe ser para el que les lleva la agenda. Hacer el seguimiento de con qué estrella del espectáculo debe pelearse cada una debe ser una tarea titánica y muy bien remunerada.
Cuando apago la tele me pasan cosas fatales. A veces me dan ganas de agarrar un libro y cultivar el hábito de leer, pero el médico no me lo prescribió.
Otras veces me dan ganas de llamar al Ministerio de Educación y Cultura y gritar «hagan algo» por favor, me van a obligar a poner TV cable.
Pero lo último que me pasa es terrible: extraño a Gorzy.
Los dejo acá porque voy a sacar número para el psiquiatra. Espero que en el consultorio encuentre la revista Gente: hace días que no sé nada de Zulma Lobato.
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