La Promesa

Era una mañana fría, aunque soleada, de ese sol invernal que alumbra mucho y calienta poco; me dirigía en el auto hacia la Junta Departamental por la calle Andes, de sur a norte. No era una mañana cualquiera, «algo» la distinguía: esa tarde Uruguay enfrentaba a Ghana por los cuartos de final del campeonato mundial organizado por la FIFA en Sudáfrica. Todas, todos, estábamos ansiosos y, por qué no, nerviosos, como hacía mucho tiempo se nos estaba «dando» la posibilidad de competir con los grandes del fútbol mundial, y veníamos con chance de dar batalla y seguir, hasta ilusionarnos a recobrar lucidas y rutilantes glorias, que las telarañas del pasado se empecinaban en esconder y ocultar.

Insisto, en lo personal sentía sacudirse en mi memoria los viejos espíritus de grandeza que nos hicieron vibrar antes de Maracaná, con jugadores magistrales como la delantera de Peñarol del año 49, con el Nacional de Atilio García y Walter Gómez, con el Central campeón del Competencia del 47, con los aportes argentinos Martino, Di Estefano, Hoberg, y el propio Atilio. Uruguay crisol de futbolistas excepcionales. Con la extra, intermedia y la fabulosa Liga Universitaria y la incontable cadena de cuadros de fútbol de las fábricas donde los «frigeros» del Cerro, además del histórico Rampla Juniors, nos dio el Club Atlético Cerro, en el modesto parque Santa Rosa (un bañado) y hoy el moderno Trócoli, el Sudamérica de las fábricas textiles, del cuero de la Aguada, Goes y Reducto.

El famoso Sassi de la fábrica de calzado con más de mil obreros, ahí en Aréchaga y la vieja Larrañaga, y podríamos seguir introduciéndonos en una historia inolvidable de esa relación íntima de cada uruguayo con esa diminuta esfera que se llama pelota de fútbol, hoy reverenciada por grandes y refinados constructores de un balón difícil de agarrar para los goleros; resbaladizo, esquivo a las manos, y a la vez extrañado por los grandes futbolistas que no le agarran la «onda» al pegarle, bajándolo cuando hay que levantarlo y levantándolo cuando hay que bajarlo, y las multitudes exclamando los ¡oh! y los ¡ah!, siendo delicado y no reflejando los memoriosos recuerdos de las mamás que las hinchadas son tal proclives a recordar.

Pero la evocación me descentra del motivo de esta nota; vuelvo al principio: me dirijo en automóvil por Andes, para cruzar 18 de Julio miro hacia la derecha y viene caminando con andaderas una figura conocida, periodista, es Tania Tabárez. Paro el automóvil, bajo y me dirijo hacia ella; la saludo y le hablo: ¿dónde vas? ¿te llevo? Ella me mira y responde: «te agradezco, es una promesa». Me queda el silencio del respeto y a la vez de admiración por quienes son capaces de asumir compromisos físicos, espirituales, que los impulsan a sostenerse y a confiar, con la fe que da la fuerza interior de quienes buscan confianza para sí mismos y para los suyos.

La cuestión es seguir, continuar el camino para asumir nuevos desafíos, ya que la vida es hermosa, pero es implacable en sus durezas, lo que exige al alma humana afirmación e identidad.

No sé si Tania tenía en su cabeza el mundial, no sé si vibraba como yo el desafío de la tarde con Ghana. Eso no importa. Importa su respuesta: es una promesa. ¿Hacia el prócer erguido en su «morito»?¿hacia el histórico Cabildo? ¿hacia la Catedral de la Plaza Matriz? Me callo: era su promesa.

PD: Para ser auténtico, debo decir que luego ella cambió de tema y me dio opiniones críticas sobre un hecho de la Junta Departamental de Montevideo que, en silencio y respetuosamente escuché, para luego trasladárselas a mis compañeros de bancada.

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