Fuego cruzado contra el gobierno
La tragedia ocurrida en la cárcel de Rocha está siendo inescrupulosamente usada con fines espurios por aquellos siempre dispuestos a medrar con la desgracia.
El Partido Nacional, ni lerdo ni perezoso, vio la ocasión ideal para plantear la primera interpelación del periodo. No fue suficiente el llamado a sala apoyado por la bancada oficialista, con inusual ímpetu, los blancos insistieron en su decisión de interpelar; y con no menor entusiasmo, cual si hubieran oído los clarines llamando a las cuchillas entendieron que las explicaciones dadas por el ministro Bonomi no solamente eran insuficientes sino que, movidos por vaya a saberse qué orgullo, resolvieron abandonar la sala y la sesión.
Lo dijimos en nuestro editorial de ayer: blancos y colorados, responsables ambos de la situación carcelaria que hace explosión bajo el segundo gobierno de izquierda, se niegan a reconocer su responsabilidad en el deterioro de las condiciones en que los reclusos purgan su delito. Echando por la borda el trabajoso y plausible entendimiento entre gobierno y oposición, ésta se comporta como si estuviéramos en una guerra a muerte o, por lo menos, en una encrucijada huérfana de diálogo. Y lo más lamentable es algo que a nadie escapa: el uso irresponsable de una tragedia con inconfesables intenciones de obtener réditos electorales tratando de dejar mal parado al gobierno, acusándolo de ser el único responsable de la muerte de 12 reclusos. Es francamente repugnante.
Todos sabemos -y no solo lo aceptamos sino que lo tenemos en el pedestal de la democracia representativa- que el Parlamento tiene la «sagrada misión de desconfiar», y que la oposición dispone de todos los mecanismos necesarios para controlar al Poder Ejecutivo. Nadie niega el derecho de los partidos del llano de convocar a los miembros del gabinete para que den las explicaciones del caso, pero entendemos que, en este episodio la actitud del Partido Nacional no se compadece con el clima de entendimiento reinante. En definitiva, la interpelación era aceptable en la medida que está prevista en nuestro orden institucional; lo que resulta inaceptable es la intolerancia exhibida al momento de la comparecencia del ministro y la posterior estampida blanca.
Ahora bien, casi concomitantemente a este lamentable episodio, una manifestación supuestamente de familiares de las víctimas del incendio en la prisión de Rocha frente al Ministerio del Interior, desembocó en una serie de incidentes que, felizmente, no tuvieron consecuencias ulteriores. No es condenable que los familiares exhiban su indignación y reclamen una investigación exhaustiva del hecho; incluso es explicable que exijan el relevo del jerarca policial aun cuando tal exigencia se convierta en un grosero prejuzgamiento.
Pero cabe detenernos en una circunstancia peculiar. Todos pudimos ver las imágenes de la televisión mostrando a algunos manifestantes visiblemente exaltados y con los rostros cubiertos, en actitudes decididamente fuera de lugar, exhibiendo una agresividad digna de mejor causa. No sabemos todavía, a la hora de escribir estas líneas, si se trató de familiares fuera de sí, o sí, por el contrario, la manifestación estuvo infiltrada por elementos ajenos al drama que viven los familiares de las víctimas. Sea como sea, debemos dejar estampada nuestra más enérgica condena a los desbordes señalados.
Si se trata de la última hipótesis -que sería la más probable dadas las innumerables expresiones de violencia de grupúsculos ultra- será preciso actuar con firmeza y llamar a esos extraviados a reflexionar a propósito de la estrategia elegida para expresar sus puntos de vista. Parecen no advertir que ese juego violentista es un regalo de los dioses para las fuerzas más retrógradas y reaccionarias.
A menos, claro está, que tal estrategia haya sido elegida conscientemente…
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