"Hay algo que sigue vivo"
Los integrantes de la Selección nacional se merecían un día así y la gente también.
Tanto en las eliminatorias, las más difíciles del mundo, como a lo largo de los siete partidos del Mundial, se expresó una comunión entre la gente y la Selección que es hermosa, casi mágica.
Durante los partidos los jugadores daban todo, el maestro Washington Tabárez orientaba y la gente respondía, con aliento, con cariño.
Ayer fue otra cosa. Tiene razón el capitán Diego Lugano, lo de ayer trasciende largamente el ámbito deportivo.
La palabra más repetida a lo largo de la caravana, de las decenas de miles de gritos, de saludos, fue: gracias. Simple y hermoso. Una cosa tan simple como agradecer a alguien que por su acción nos hace bien, nos hace crecer, nos permite disfrutar de la alegría, cuando se transforma en un sentimiento colectivo y en este caso, en una emoción nacional, implica un momento sustantivo de la construcción social.
Hay que saber dimensionar las cosas y no caer en desbordes rayanos con el ridículo.
Los desafíos que nuestro país tiene en el terreno político, económico, educativo, de integración social, no se solucionan por una exitosa campaña deportiva.
La utilización de los episodios deportivos para tapar realidades fue un recurso de las dictaduras, el mundial de Argentina y el mundialito de Uruguay son dos claros ejemplos.
Hoy nuestro país y nuestro pueblo construyen otra realidad y quizás eso permite vivir la alegría deportiva de otra manera.
Hacía muchos años que los uruguayos no disfrutábamos un Mundial, demasiados.
Esta Selección nos da ese regalo y no importa tanto la táctica, ni las estadísticas, lo que ayer se expresó en la calle fue algo que a veces nos cuesta asumir: un momento colectivo de felicidad. Y está bien. Lejos de intentar tapar algo esto permite colocar con sinceridad nuestros problemas, nuestras flaquezas, nuestras cuentas pendientes como sociedad y asumirlas, pero con la convicción de que se puede.
Los propios protagonistas, Tabárez y los jugadores, muestran una ubicación admirable. Ni un gesto de divismo, hasta se permitieron a partir del humor quitarle solemnidad excesiva y compartir desde la alegría y no desde el drama con su pueblo.
Uruguay es un país con cultura futbolera, es casi imposible explicar al Uruguay de los últimos 100 años sin el fútbol.
Durante mucho tiempo fue una dimensión que agregó frustración, que contribuyó a un sentimiento de decepción lo que condujo a cierta indiferencia de la gente para con la Selección.
El fútbol junto con la política, sin desmerecer otras expresiones culturales, son los dos elementos que movilizan e influyen decididamente en la globalidad del cuerpo social uruguayo.
Este desempeño de la Selección influye directamente en el estado de ánimo, en la percepción de la realidad, en la confianza con que se aborden las tareas cotidianas, en el espíritu con que se emprenda la aventura cotidiana de vivir.
Ayer la Selección y la gente festejaron, se mimaron, se sintieron únicos y mandaron al diablo varios mitos construidos por la idea del resultadismo, del éxito como única medida y además como elemento desvalorizador del trabajo.
Ayer el pueblo entero, desde el Cerro a Bella Unión, saludó a un grupo de uruguayos que nos hicieron sentir orgullosos.
Ayer se debió cambiar la letra del tango que desde ahora deberá rezar: «El orgullo de haber sido y de volver a ser».
O como dijo un emocionado presidente José Mujica con otras palabras: «Nos dieron la esperanza de soñar». Casi nada.
Cuando un pueblo se expresa colectivamente como lo hizo ayer el nuestro solo cabe atesorarlo, disfrutarlo y tomar debida nota.
Por eso vale terminar con lo que decenas de miles le dijeron a los celestes: Gracias, simplemente gracias.
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