Aprendiendo con una pelota
No hay peor cosa que cosechar, como sociedad, una serie de fracasos. Eso trae incertidumbre, confusión y la posibilidad de que las apreciaciones sobre la realidad estén teñidas de elementos contradictorios y muchas veces mediocres.
Desde 1970 hasta la fecha nos pasó algo de esto con el fútbol, a nivel de la competición internacional. Solos nos salvaron los campeonatos mundiales de clubes, en los cuales Nacional y Peñarol no salieron nada mal y se llevaron las copas por ser mejores en el concierto internacional.
Pero todos sabemos que la Selección uruguaya de fútbol fue un verdadero fracaso en esos años, hiriendo nuestra estima en el principal deporte que practicamos y que es parte de nuestra mayor y masiva expresión cultural. Dicho esto sabiendo, autocríticamente, que los uruguayos, que nos enamoramos con el fútbol, en la mayoría de los casos nos ponemos los equipos deportivos para ir de compras al supermercado o caminar por el barrio con el termo bajo el brazo o para hacer un asado. En esas tres tareas somos gladiadores, los mejores. Por eso nos cansamos en el primer tiempo.
En esos años de fracasos de la Selección Celeste, todos fuimos partícipes de ciertas estupideces que en algún momento parecieron verdades justificativas de nuestras limitaciones deportivas, particularmente futbolísticas.
En estas horas de alegría, pero también de reflexión y de evaluación, no podemos olvidarnos de que hubo una fuerte corriente deportiva que sostuvo que no había que convocar más a los jugadores uruguayos que estaban en el exterior del país y que había que priorizar a los jugadores surgidos de las canteras de nuestros humildes barrios, porque ellos no estaban aburguesados mientras que a «los del exterior» sólo les importaba la plata.
Alguien tendría que recurrir a sus archivos para descubrir (descubrirnos) a quienes se afiliaron a esta triste tesis, donde los culpables eran siempre «los repatriados» y los buenos los muchachos del barrio.
La vida, en ese Mundial de Sudáfrica, demostró otra cosa, donde se conjugaron diferentes situaciones y causas. Los 22 jugadores de la Selección que no están hoy en los campeonatos locales y llevaron a la Celeste al cuarto lugar en un Mundial, mostraron que se puede hacer plata y ser dignos. Pero demostraron además que compitiendo en el primer mundo futbolístico y económico, se puede aprender si no se es tonto. Es que se aprende a respetar a los contrarios, pero también se aprende a saber que «los otros» no son seres superiores, cuasi sobrenaturales.
Esta enseñanza, que hemos aprendido todos, tenemos que trasladarla a todos los campos de la vida. Hoy Uruguay está en condiciones de competir en el mundo con distintas propuestas, con la producción del sudor de nuestras frentes, pero también para seguir avanzando en la calidad de nuestras vidas dentro de una sociedad que está dispuesta a apropiarse de la alegría. Como quedará demostrado hoy, ante la explanada del Palacio Legislativo, el mayo templo de la democracia y de la convivencia civilizada.
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