Nuestros queridos muchachos
La elección de Diego Forlán como el mejor jugador del Mundial nos llena de orgullo y emoción a todos los uruguayos. Seguro que visto con enorme simpatía en Argentina, Inglaterra y España, donde ha jugado y también por el periodismo y la afición deportiva de todo el mundo. Por recontra merecido en todos los aspectos. Se mandó flor de campeonato con goles de todos los colores. Diego es un botija bárbaro. Sencillo, alegre, buen hijo, buen hermano, buen compañero. Buen deportista a todo. Siempre de buen humor, jamás un problema, una mala cara. Así como se ve ante cámaras es Diego todo el tiempo.
Tuve el honor y el privilegio de trabajar con gran parte de este grupo en la eliminatoria pasada. Donde por un penal quedamos afuera del mundial. Aquella noche en Australia fue de las más largas en la vida de todos los que estuvimos allí. Quedó grabada a fuego por la enorme tristeza de no haber logrado la alegría para todo el pueblo que había apoyado tanto a aquel grupo. Un grupo que con sus defectos y virtudes tenía un enorme amor por la celeste y este país. Era un grupo de fierro. Capaz de enterrar incluso un enfrentamiento que hubo en la Copa América entre Diego y algunos de los mayores. Al poco tiempo Diego volvió y el grupo se unió más todavía. Montero, Darío Silva y Darío Rodríguez, el Chengue, el Canario García, luego también Forlán, lideraban un grupo donde ya estaban Diego Pérez, Lugano, y se entreveraban Maximiliano Pereyra, Godín y Muslera, entre otros.
El cuerpo técnico lo encabezaba Jorge Fossati, con Del Capellán, Valenzuela y Garate. El diálogo con el plantel era permanente. El cuerpo de colaboradores era el mismo que ahora, todos ellos grandes profesionales, pero además rodeando a los futbolistas del afecto necesario para pasar tanto tiempo concentrados y en alta competencia.
En aquella selección, ante cada partido de la eliminatoria, estaba la llamada del entonces senador José Mujica, que también se acercó alguna vez al Complejo a comer un asado con los muchachos.
Faltó un pelito, pero aquella selección mostró avances muy positivos y dejó un legado de entrega y buen compañerismo para todos aquellos que continuaron.
Fundaron otra etapa del fútbol uruguayo
Este nuevo grupo, con algunos muchachos que siguieron, con la conducción del maestro Tabárez y su equipo, empezaron una nueva etapa. A pesar de una eliminatoria con altibajos y donde debimos ir al repechaje, lograron una muy buena actuación en el Mundial, jugando con un estilo uruguayo y efectivo a los tiempos modernos. Eso es fundamental para nuestro fútbol. Ojalá lo sepamos aprovechar. Fue fundamental esa sensación de deber cumplido, de haber entregado todo, de haber luchado con alma y vida y que incluso nos pudo haber ido mejor. No fueron más que nosotros ninguno de nuestros rivales ni de los que llegaron a la final. Nunca se entregaron. Contra Ghana quedará para la historia la salvada de Suárez (ante un centro por un foul mal cobrado contra Uruguay), el penal en el palo, los dos penales atajados por Muslera y la picadita de Abreu. Contra Holanda, el gol de Maxi les cambió la sonrisa por el temblor de la cara a nuestros rivales, y contra Alemania el tiro libre de Forlán que nos hubiera llevado al alargue y además le hubiera dado el Botín de Oro a Diego. El mundo habló de nosotros con admiración, respeto y simpatía. ¿Qué más?
Estos muchachos son como nuestros hijos, muchachos de barrio, sencillos, sanos, entregados, sentimentales. Que además de saberle pegar a una pelota han demostrado una enorme madurez y disciplina, a pesar de su juventud. La mayoría triunfa en Ligas y países de primer nivel, con muchísimas exigencias de todo tipo, con idiomas y costumbres distintas. Y allí triunfan.
Y allí conviven y son uno más de ese «primer mundo». Pero cada vez que alguno triunfa, con el máximo respeto, se enfundan en pleno festejo, en una bandera uruguaya.
Y cada vez que la Selección los llama, vienen locos de la vida, aunque viajen inmediatamente después de jugar por sus equipos y vengan directo a concentrarse.
Se merecen todo esto.
Esta actuación no sólo ha sido fundamental para el futuro futbolístico. Nuestros jóvenes se merecían que un grupo de ellos demostrara que «haciendo las cosas bien, con un grupo unido, se puede salir adelante», como dijo el Ruso Pérez, otro muchacho impresionante. Y eso, es una enorme lección y estímulo de vida. Bienvenidos. Vuelven a casa nuestros queridos muchachos.
Así los sentimos todos. Por eso el recibimiento es mucho más que el de un éxito deportivo, es por un gran triunfo en la vida.
Un triunfo que sentimos nuestro y que intentaremos aplicar a nuestras, vidas y a la del país de todos.
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