¡Festejen niños, festejen jóvenes!

¿Por qué solamente ellos? Porque nosotros, los que peinamos canas, tuvimos el gran privilegio de vivir lo de Maracaná. Y de esa gloria hemos vivido aferrados y nos pudo mantener firmes al lado de la celeste, luego de tantos años de sequía. Más allá de que algunos éxitos desde 1950 hemos logrado. Los títulos obtenidos por los grandes de nuestro fútbol en muchas oportunidades, rayando a gran altura y el cuarto puesto en México ’70.

Las generaciones actuales ahora tendrán qué contar a sus descendientes, así como nosotros lo hemos hecho con los nuestros. Ya no nos van a decir aquellos escépticos que vivíamos de recuerdos y de los laureles de aquella epopeya gloriosa de Maracaná.

Están viviendo lo que allá en el tiempo sintieron nuestros abuelos, nuestros padres, y en lo que me es personal con 4 años, recuerdo perfectamente en la esquina de Justicia y Cuñapirú (hoy Amézaga), donde funcionaba el Bar «Fernandito», a pocos metros de casa de los abuelos paternos, que al llegar la hora del pitazo final, se repartía pizza y fainá a los que festejaban tremenda hazaña.

Por ello fuimos unos privilegiados. Ahora somos doblemente tocados por la varita del éxito. La celeste vuelve a ser noticia y llegar a los puestos más encumbrados de la cita mundialista.

Demostrando que no se perdió aquello que tantas veces hemos manifestado, que el corazón caliente y la cabeza fría, llevan a buen destino en lo que afrontemos en la vida. Aquel grupo humano que viajó a Brasil, también como el de ahora a Sudáfrica, iba de punto y no de banca. Pero la mano de una gran persona como el maestro Tabárez logró, a pesar de todos los escollos que encontró en el camino, en estos cuatro años al frente de la Selección, mancomunar al grupo de futbolistas, y a su vez que todo el pueblo uruguayo se colocara detrás de ellos.

El fuego sagrado que siempre caracterizó a los que se vestían de celeste en una justa mundial, volvió a aparecer, es decir allí estaba, no había muerto, para nada, y como salido de la imaginación de un escritor intentando plasmar en el papel un libreto para una película, la celeste ante los africanos en cuartos de final, nos hizo vivir instantes de enorme nerviosismo y de una alegría que desde hace muchos años, y en pocas oportunidades, el pueblo uruguayo había recibido y festejado.

El fútbol demostró una vez más, y así tenía que ser, porque es el deporte más popular de estas tierras y del mundo, que con orden, humildad, sin exitismo desmedido, unidad en el grupo y manteniendo esa identidad que nos ha hecho trascender fronteras, desde que en 1924 comenzó a flamear en lo alto la bandera celeste y blanca con ese sol radiante en su esquina, el que nos permita disfrutar de este momento trascendente.

Por lo tanto, aunque estas líneas fueron escritas momentos previos a la hora del partido con Holanda, lo hice pensando que ya estábamos al tope del Mundial de Sudáfrica. ¿Por qué? Porque el pueblo todo, de sur a norte, de este a oeste, en todas las ciudades, pueblos y habitantes de los rincones más lejanos de nuestro país, así lo sentíamos en nuestros corazones acelerados, usando las cábalas más insólitas, con el mate entre las manos, con lo que fuera, junto a la familia, a los amigos, a los vecinos, y sabiendo que el resto de América nos apoyaba ya que los estábamos representando ante el poderío económico del Norte. Afirmando aquello de que el Sur también existe.

Así que nos podemos quedar tranquilos y transcurrir los años que nos quedan para transitar hasta el último viaje, porque nuestros descendientes han llegado a ver la celeste en otra hazaña, que nosotros vivimos 60 años atrás.

¡Salud muchachos! ¡Gracias por esta alegría! La necesitábamos, el país también, el deporte unido a todo lo demás que conlleva a la vida del mismo, logrará colocar a este pequeño territorio en su justo lugar.

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