Cuando es preciso ser hombre
Hace pocos días volví a ver esta gran película, de hace 25 años, donde se muestra la gran matanza a los indios norteamericanos.
Y cuando al final del partido la cámara siguió los pasos decididos del maestro Tabárez hacia donde estaban comenzando incidentes, para con gesto firme enviar a cada uno de los muchachos hacia el vestuario, enseguida lo asocié al título. Tabárez fue un gran conductor en este Mundial. Y ese gesto final, donde muchas veces los uruguayos hemos protagonizado grandes trifulcas por no saber perder, demuestra con cabalidad que estuvo muy claro y decidido en todos los aspectos y en todos los momentos. Fue siempre un maestro. Actuó con sobriedad, con ecuanimidad, con respeto. Cada vez que habló lo hizo apostando al mejor espíritu deportivo, haciéndonos respetar cuando algún periodista extranjero pretendía echar dudas sobre el comportamiento que tendríamos en el partido con México o queriendo echar sombras sobre la mano de Suárez. Por el contrario, nunca buscó excusas para asumir resultados negativos, más allá que contra Holanda teníamos razones de sobra para hacerlo.
Siempre habló razonando sobre bases éticas, sin nunca caer en la demagogia, el patrioterismo, la falsa humildad. Tal vez lo único que se le puede observar es que el maestro no oculta la molestia por preguntas fuera de lugar y se le nota. Pero tampoco tiene la obligación de ser «míster simpatía», sino de atender con esmero a la prensa, cosa que hizo siempre.
Fue un ejemplo que nos enorgulleció a todos, en un mundo donde muchas veces nos encontramos con personajes que se creen Napoleón, energúmenos que se sienten con derecho a decir cualquier cosa sólo por trabajar en una tarea que tiene resonancia pública.
Conductor hacia dentro también
Uruguay tuvo una eliminatoria con altibajos. Por algo fuimos al repechaje y fuimos la última selección en clasificar. En ese proceso Tabárez fue cambiando muchos futbolistas, dejó de citar a jugadores de experiencia y optó por muchos jóvenes. Armó su plantel.
Por supuesto que en el fútbol todo el mundo opina y más cuando los resultados no son claros como pasó en las eliminatorias. Lo cierto es que en el Mundial se vio un equipo.
Un equipo sólido, compacto, sin brillantez pero con eficacia, el más metedor y luchador de todos, con orden, disciplina y una gran unidad. Dentro y fuera de la cancha se vio a un grupo ejemplar de deportistas.
La enorme mayoría jugando a muy buen nivel en el exterior, lo cual habla de su capacidad y esfuerzo, pero totalmente compenetrados con la Selección, con su país, con la misión que tenían el privilegio y el honor de encarar. Tanto que donaron los premios para causas que necesitan mucha ayuda. No hubo una sola queja de nadie. Actuaron con enorme corrección y responsabilidad y a todos atendieron conscientes de la representación que asumían, más allá del «desubique» que siempre en una delegación donde hay muchos dirigentes, muchos periodistas y muchos «figuretis» el futbolista se tiene que bancar.
Todo ello es un gran mérito de los deportistas, pero también es un mérito del técnico y su equipo que ambientaron las reglas de la convivencia.
Tabárez, al mismo tiempo, le dio el justo lugar a que los deportistas desarrollaran su personalidad, su expresión, individual y colectivamente. Se respiraba libertad, con responsabilidad y entrega en todas los actos del grupo. Había alegría, naturalidad, felicidad por lo que se estaba haciendo. Y eso se logra cuando todos los involucrados realmente están metidos en cuerpo y alma en la causa.
He tenido el privilegio de convivir muchos años con planteles de fútbol y lo que ha mostrado esta selección en todos estos aspectos es saludablemente resaltable. Han logrado aunar las muy buenas cosas que tienen los futbolistas y los técnicos uruguayos.
Extiendo, entonces, el título a todos los integrantes del plantel, cuerpo técnico y colaboradores.
Un muy buen y estimulante ejemplo para nuestros jóvenes y una gran emoción para los adultos y veteranos.
Felicitaciones y gracias a todos.
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