Hoy es un día muy importante
Todos estamos viviendo una situación muy especial. Algo que desde hace años no vivíamos, quizás solo comparable con el «Río de libertad» que le dijo a la dictadura «que se van, se van».
Lo más extraño de todo este fenómeno que ha ocurrido con la selección uruguaya de fútbol, es que los sentimientos tienen mucho más que ver con el presente, que con el futuro.
Hoy los uruguayos vivimos un clima de euforia sereno, casi académico, donde predominan el equilibro y la alegría, por encima de las sanas ambiciones.
Quizás esto ocurra porque en el fondo de nuestra construcción histórica como sociedad, sentimos que todo nos debe costar mucho, quizás demasiado. Porque eso le pasó a nuestro pueblo indígena, a nuestro pueblo afrodescendiente, pero también y fundamentalmente a nuestro pueblo europeo emigrante que llegó a estas tierras con una mano adelante y otra atrás.
Hoy la selección uruguaya (masculina), de fútbol profesional se juega ante Holanda el posible pasaje a la final del mundo, lo que no ocurre desde 1950 donde enmudecimos, en el último partido, al hermano pueblo de Brasil.
Nadie sabe lo que puede pasar hoy cuando se enfrenten dos equipos de jugadores y no dos países, aunque representen a esos pueblos que anidan en determinados territorios del mundo. Todos sabemos que tanto uruguayos como holandeses tenemos el derecho de disfrutar una final de la copa del mundo, en ese mágico continente que es Africa.
Por encima de los resultados finales, en la victoria o en la derrota, los uruguayos hemos descubierto que podemos ser un pueblo alegre, que confía en sus potencialidades y que ha aprendido con el transcurso del tiempo que el sacrificio, la disciplina, la entrega y el estudio son valores fundamentales, que importan sustancialmente por encima de resultados de un juego, que si no se le mira a través de la pasión parece una tontería, en tanto son solo 22 jóvenes disputando una pelota para meterla en el arco contrario.
En el acierto o en el error para los uruguayos el fútbol es parte sustancial de nuestra cultura. Por eso queremos ganarle a Holanda, por eso queremos estar en las finales. No queremos ganar una guerra, queremos ganar la alegría, la fiesta, la capacidad de que somos capaces de transformar el deporte en una gesta de libertad y de la más sana alegría.
Hasta donde hemos llegado porque surgió un grupo de muchachos que conocieron a los países de primera, donde se dieron cuenta que nadie es superior por la cuna que los trajo al mundo, pero también por un maestro de escuela, Washington Oscar Tabárez, que supo transmitir lo mejor de nuestra historia cultural a esos muchachos que hoy, detrás de una pelota, le estarán diciendo al mundo que aquí en el sur hay un paisito que, por lo menos, está dispuesto a dar batalla por las propuestas colectivas.
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