Cielo de un solo color

Pase lo que pase de aquí en adelante en el Mundial de fútbol, ya fuimos premiados.

Uruguay no olvidará jamás la fiesta que nos obsequió la Selección el viernes 2 de julio de 2010 al pasar a las semifinales y quedar entre los cuatro mejores del mundo.

El único de América del Sur y de las tres Américas.

¡Qué alegría total compartida! Sin importar diferencias, nos encontrábamos celebrando juntos un triunfo más de nuestro país en el Mundial de Sudáfrica.

Y en todas las gargantas cantan murgas antiguas actuales victorias: «Celesteeee. Gloriosa malla que para dicha uruguaya el destino te eligió».

El inigualable disfrute del alma y el corazón entre risas y lágrimas, hacía casi imposible quedarse en casa.

Un sombrero acondicionado de apuro para la ocasión, pabellones nacionales de poncho, caras pintadas y cornetas criollas en mano a la calle a festejar saludando a todo el mundo a pura emoción.

¡Qué magia simultánea y deliciosa! Si pudiéramos crear y recrear esta pasión a demanda, cuántos menos problemas tendríamos o al menos con qué fuerza interior los enfrentaríamos.

«Celeste el mundo no podrá ignorar, la mística que tiene tu color».

La gloria y la decepción servidas en una misma bandeja en ciento veinte minutos más tiros penales de expectativa no apta para cardíacos.

Los que ganaron y nos hicieron ganar jugando con destreza, amor y garra charrúa, hicieron la diferencia.

Ellos demostraron lo que puede un equipo y nos brindaron la luz del sol aunque era noche ya cuando terminó el partido. Una ofrenda de creer que se puede inapreciable, imposible de expresar con palabras.

Y No Te Va Gustar dice: «Cuántas lunas que se van…y nosotros esperando. ¡Todo el tiempo que pasó, no me aleja de tu lado!».

Población en masa en todos los rincones del paisito y el milagro es la orientalidad reluciente brotando luego de enfrentamientos locales en política partidaria y en el mismo fútbol.

¡Qué profundo misterio! ¡Cosa tan intensa e inasible la mística!

Deberíamos ejercitar este ejemplo de júbilo colectivo, cultivar el afecto por lo que somos como fuerza motivadora para salir adelante el país, sea cual sea el desafío.

El poder de afluir tal sentimiento de hermandad en este caso está en un deporte y el mérito, en la habilidad y el trabajo del seleccionado y sus técnicos. ¿Cómo haríamos para generar espontáneamente y con frecuencia, tanta vida pública en armonía y gozo? Si se pudiera acumular sería fantástico.

Y entona el exitoso grupo de rock uruguayo: «Cielo de un solo color…que me sigue enamoraaandoo…»

Con el aliento desfalleciente de quien todo lo da porque todo lo pierde, a nuestro estilo, ese que nos deja los ojos rojos de llorar de satisfacción por el enorme esfuerzo invertido en ser felices y entonces lo disfrutamos todavía más. Sigue: «El momento ya llegó…con los dientes apretados. Cielo de un solo color…en el alma está guardaadooo…!».

Un acto heroico, una gesta, una épica despertando lo mejor de nosotros, abrazándonos y saludándonos sin límites. ¡Sería maravilloso revivir día a día ese entusiasmo!

¿No se logrará en un laboratorio la fórmula del festejo popular incondicional y podremos envasar ese «sentimiento no puedo parar» para cuando venga ­que es seguido­ poder contrarrestar el pesimismo?

¡Cómo nos iguala ser hinchas de Uruguay! La alegría del «somos» surge espontánea y sin prejuicios.

No perdamos eso y busquémoslo donde esté. Que viva para siempre este ser en común.

Y cantamos todos «Hay algo que sigue vivo….nos renueva la ilusión…y en el último suspiirooo… ¡Ay, celeste regalame un sol…!».

Por ayudarnos a no perder la esperanza en clave de pueblo. Gracias, muchachos.

Infinitas gracias.

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