El combate a la droga
Ha recobrado vigor, por estos días, una iniciativa legislativa que apunta, muy loablemente, a combatir el flagelo de la droga en la sociedad uruguaya.
Es innegable que se trata de un tema que desvela a la sociedad, la cual reclama soluciones de forma perentoria; en primer lugar, porque en el imaginario colectivo se ha instalado la idea que asocia automáticamente la droga con la delincuencia juvenil. Y también porque las familias de los adictos reclaman, no sin razón, que el Estado las ayude a rescatar a sus hijos de la situación en que han caído.
Ahora bien, no obstante tratarse de un propósito plausible, creemos que el proyecto contiene una propuesta errónea: la posibilidad de internación compulsiva del adicto.
En abril pasado, cuando se conoció la idea impulsada por el diputado Víctor Semproni, expusimos en esta página nuestros reparos a la misma. Dijimos entonces:
«Hay coincidencia en señalar el aumento del consumo de drogas, particularmente la tristemente célebre pasta base, como un elemento que ha venido a incorporarse para exacerbar los comportamientos violentos. Por dos razones: la primera, porque tratándose de una sustancia psicoactiva que causa una adicción muy fuerte, el síndrome de abstinencia resulta intolerable y lleva al adicto por lo general perteneciente a los estratos sociales más bajos a tratar de obtener la dosis al precio que sea sin medir las consecuencias. Y la segunda, porque el efecto de esa droga de baja calidad altera notoriamente el comportamiento exacerbando la agresividad y llevando al delincuente a exhibir conductas particularmente violentas hacia sus víctimas».
Es lógico, pues, que el sistema político recoja la inquietud de la población al respecto. Pero es preciso tener en cuenta que no todas las drogas producen los mismos daños ni ocasionan los mismos efectos. Nadie ignora que la marihuana tiene efectos sedantes, y que ningún delincuente actúa bajo los efectos de la hierba. Por el contrario, la pasta base tiene efectos alienantes y causa daños neurológicos muchas veces irreparables, sobre todo en los estratos sociales más bajos; no en vano se la conoce como la «droga de los pobres» por ser de pésima calidad. La pasta base actúa sobre el individuo consumidor alterando su comportamiento, provocando daños en su psiquis y generando un síndrome de abstinencia que lleva al adicto a no medir riesgos, medios ni consecuencias para conseguir la dosis.
Ahora bien, esta dramática realidad, ¿es posible combatirla mediante la represión, internando al adicto y obligándolo compulsivamente a someterse a un tratamiento? Todos sabemos porque los especialistas en el tema son contestes en afirmarlo que ningún tratamiento es eficaz si el adicto no está dispuesto a seguirlo y no manifiesta voluntad de superar la adicción. Los alcohólicos que asisten a los grupos de apoyo lo hacen luego de haber asumido su condición de adictos y de haber resuelto escapar de la dependencia sin coacción alguna. En cambio, detrás de todo tratamiento compulsivo hay un fuerte componente de violencia de parte de la autoridad que lo ordena; y a nadie escapa que las soluciones violentas no hacen sino generar respuestas violentas.
Creemos que el problema requiere un abordaje multidisciplinario, con una acción coordinada de psicólogos y asistentes sociales de reconocida solvencia. Es preciso indagar en las causas que llevan a los jóvenes a buscar paraísos artificiales y a exhibir comportamientos violentos.
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