A pesar de la solidaridad del pueblo uruguayo

Se consumó la infamia y la traición en Ginebra

Jorge Casals Llano

 

Primero rabia, luego dolor, por último gratitud. En ese orden fueron los sentimientos que sentí cuando supe del voto del gobierno uruguayo contra Cuba en Ginebra. Rabia por la traición a mi pueblo, el cubano. Dolor por la traición a mi otro pueblo, el uruguayo, al que agradezco por haberme aceptado en su seno. Gratitud por la actitud de ese mismo pueblo, por su solidaridad para con el mío. Aunque hago mal cuando separo a nuestros pueblos, porque junto con Martí digo: «Pueblo, y no pueblos, decimos de intento, por no parecernos que hay más que uno del Bravo a la Patagonia».

 

in embargo, el voto del gobierno de Uruguay no debió sorprenderme porque ya el presidente Batlle había anunciado que Uruguay votaría como el año pasado en Ginebra (aunque con tal declaración cometiera un error que no habla muy bien de un presidente). Había quedado ya claro desde entonces que el gobierno de Uruguay no podía –o no quería– resistir las presiones del gobierno de los EEUU para obtener su voto, y ya desde antes, que su actitud se parecía demasiado a la del gobierno argentino como para que ambos no votaran lo mismo. Los 22 miserables votos obtenidos contra Cuba en Ginebra por los principales violadores de los derechos humanos del mundo indican hasta qué punto hubiera dignificado el señor Presidente su gobierno de no haberse sumado a ellos. ¡No fue capaz de hacerlo!

Es que el voto contra Cuba en Ginebra sólo puede fundamentarse con mentiras o explicarse con la sumisión:

¿Con mentiras? Matemos pues las mentiras.

Cuba es un país bloqueado, hostigado y que ha sido obligado a librar una guerra no declarada contra el país más poderoso del mundo. Sin embargo, en estas difíciles condiciones ha alcanzado un índice de mortalidad infantil de 6,4 por cada mil nacidos vivos y una expectativa de vida de 75 años; sus servicios de salud, reconocidos internacionalmente por su excelencia, son absolutamente gratuitos para todos sus ciudadanos; la educación, también absolutamente gratuita y de reconocida excelencia, ha permitido que el país tenga una escolaridad promedio de 9 grados y cuente hoy con más de 700 mil profesionales universitarios y miles de científicos, algunos de los cuales han realizado importantes aportes a la ciencia mundial; los logros del arte y la cultura de la isla son reconocidos mundialmente, cuando antes del triunfo de la revolución –salvo excepciones– sus artistas vivían en el anonimato y la miseria; los triunfos deportivos cubanos son irrefutables: es el primer país del mundo en medallas olímpicas per cápita; el pueblo cubano no conoce el olor de los gases lacrimógenos, ni el dolor de los bastones eléctricos y a la policía muchas veces se le recrimina por los ciudadanos el ser «demasiado blandos» con los delincuentes; son puras invenciones lo de las torturas y jamás han podido aportar los enemigos de Cuba ni una sola prueba de malos tratos contra los detenidos; no hay en Cuba desaparecidos ni asesinatos políticos; los pocos centenares de «disidentes» que existen en la isla (agrupados en decenas de organizaciones) y los llamados «periodistas independientes» existen sólo porque son pagados por los Estados Unidos, de quienes reciben financiamiento a través del propio presupuesto norteamericano. Cualquier país del mundo consideraría traidores y agentes de una potencia enemiga a tales «disidentes» y «periodistas» (¿acaso no lo son? ¡Mil veces lo son!) y sin embargo en Cuba deambulan por sus calles y hasta se reúnen abiertamente en lujosos hoteles con diplomáticos y parlamentarios extranjeros en busca de la aquiescencia del amo. Pero si todo lo anterior no bastara para demostrar en Cuba el verdadero respeto a los derechos humanos, prueba concluyente es que en Cuba –para protegerse de las constantes agresiones externas– todo cubano tiene un arma ha sido entrenado en su uso y sabe dónde se encuentra. ¿Acaso creen los señores gobernantes uruguayos que a todo un pueblo armado se le puede negar el disfrute de los derechos humanos? ¿Desprecian tanto los señores gobernantes uruguayos a los cubanos que los consideran tan cobardes? ¡Más de 40 años de lucha contra el más poderoso imperio que jamás haya existido sobre la faz de la Tierra y más de cien años de lucha por su independencia y soberanía plena demuestran lo contrario!

¿Sumisión? No hay hechos objetivos que puedan matarla porque es un muy poco digno estado del alma.

Sin embargo, queda evidenciada cuando se acompaña a la ya enfermiza obsesión de los gobernantes norteamericanos (incluidos los que son «elegidos» de manera no muy «democrática», como el señor Bush) de sentar a Cuba en el banquillo de los acusados; cuando se vota «contra el bloqueo a Cuba» al propio tiempo que se le da argumentos jurídicos al genocida para continuarlo; cuando se cambia un «blindaje» financiero o un supuesto ingreso al ALCA o supuestas ventajas económicas por la puñalada de Caín al hermano; cuando se disminuye la soberanía e independencia que va quedando y se permutan por relaciones «carnales»; cuando, en fin, el gobierno vota en contra de la opinión de los gobernados para obtener el mendrugo del amo.

No es por supuesto a Cuba ni a los cubanos a los que tendrán que rendir cuenta los actuales gobernantes uruguayos. Es que «Cuba –como lo enseñara Martí–no anda de pedigüeña por el mundo: anda de hermana, y obra con la autoridad de tal. Al salvarse, salva». Pero tendrán, más temprano que tarde, que explicar ante la historia, ante Uruguay y a los uruguayos –que de mil maneras distintas, día a día, demuestran su solidaridad y respeto al pueblo cubano– cómo se atrevieron a consumar tamaña infamia.

* Cubano, profesor universitario.

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