EDITORIAL

"Ni vencidos ni vencedores"

El triunfo de la sensatez. No otra conclusión puede extraerse de los últimos acontecimientos referidos al conflicto binacional que nos enfrentó con nuestros hermanos argentinos. El levantamiento del corte del puente internacional ya es irreversible. Era el broche final, el paso que faltaba para la normalización de nuestras relaciones.

Es la derrota de la irracionalidad insensata y el triunfo de la razonabilidad y la prudencia. La razón y la sensatez fueron la tónica con que nuestro gobierno manejó la difícil situación creada. A Vázquez le tocó «bailar con la más fea» porque heredó un hierro candente, una situación de duro enfrentamiento que no estaba en su agenda. Y a Mujica le tocó la responsabilidad de destrabarlo. En tiempos y roles distintos se pudo así superar la intransigencia piquetera, con el fundamentalismo ambientalista que obnubiló a los buenos vecinos entrerrianos y los llevó a exacerbar una militancia en principio plausible, pero que devino más tarde en una actitud peligrosamente beligerante, estimulados por el acicate del gobierno provincial y por el temor del gobierno federal, que no sabía como resolver el problema sin apelar a la violencia.

Durante el largo tiempo que llevó a la Corte Internacional de La Haya estudiar el caso y finalmente pronunciarse al respecto, las relaciones entre los dos países se deterioraron, y llegó un momento en que parecía haberse entrado a un callejón sin salida. El fallo inapelable del Tribunal Internacional fue decisivo para destrabar la situación. Los augustos jueces entendieron que el gobierno uruguayo había incumplido ciertos preceptos del Tratado del Río Uruguay, pero esa conclusión no pasó de ser una mera amonestación sin sanción alguna; asimismo, consideraron que la actividad fabril de Botnia/UPM no había causado contaminación ni habría de causarla en virtud de los estrictos controles dispuestos por las autoridades uruguayas competentes. El Tribunal desestimó, pues, la pretensión argentina de desmantelar la fábrica o de reubicarla en otro sitio. Y en lo que tiene que ver con el corte del puente, consideró que tal asunto no era de su incumbencia.

Lo dijimos en su momento: el fallo fue favorable a los intereses uruguayos al tiempo que obligaba al gobierno argentino a desistir de sus pretensiones. Y por más que no se hubiera pronunciado acerca de la ilegitimidad de los piquetes, era claro que la protesta ambientalista dejaba de tener razón de ser, por lo que el corte del puente debería finalizar lo antes posible.

La postura argentina sufrió una severa derrota, y el gobierno de Cristina Fernández se avino a lo aconsejado por la Corte ­que había sido propuesto por Uruguay­ en el sentido de proceder a un monitoreo conjunto de la calidad del aire y de las aguas del río. A todo esto, el gobierno argentino manifestó su aspiración a que los controles no se limitaran al monitoreo del río sino que se realizaran al interior de la propia planta.

La primera reacción uruguaya fue de rechazo por considerar que de esa forma se lesionaba la soberanía nacional por tratarse de una injerencia inadmisible. Sin embargo, prevaleció la prudencia, el sentido común y la voluntad de arribar a una solución definitiva, y fue así que el gobierno uruguayo se muestra dispuesto a aceptar la propuesta argentina con diversas variantes, donde predomine la ciencia sobre la política. Un no, habría significado enrarecer el clima de entendimiento y postergar quién sabe por cuánto tiempo la solución definitiva; en cambio, al aproximarse a la propuesta argentina, el gobierno uruguayo demuestra una grandeza digna de los verdaderos triunfadores, aquellos que no se embriagan con el triunfo y que, antes bien por el contrario, se muestran magnánimos con el vencido.

Nunca como hoy, tan bien dicho, el «ni vencedores, ni vencidos», levantado con su conducta, por nuestro Presidente.

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