Disparen contra el laicismo

Unas expresiones por demás imprecisas del doctor Jorge Batlle acerca de lo que –según él– son los excesos del laicismo, parecen haber dado la señal de ataque contra la educación pública, acusada, ni más ni menos, que de «ser omisa en la trasmisión de los valores éticos imprescindibles en el desarrollo de la condición humana.»

El tema tiene muchas aristas y matices y así han pretendido encararlo algunos de los participantes en el debate, como Tornaría, Florit, Carbonell y Bonilla.

No obstante, del lado de las autoridades ministeriales el estilo parece estar apuntado a la simplificación mediática, al mensaje demagógico que en tres latigazos ante las cámaras pretende «resolver» un debate interesante y de proyección nacional indudable.

En una tradición cultural y educativa elaborada con excepcional riqueza como la uruguaya, donde se ha conocido la labor y el pensamiento de hombres y mujeres como J. P. Varela y Alfredo Vásquez Acevedo, y más recientemente de Vaz Ferreira, Antonio Grompone, Reina Reyes y Hugo Rodríguez, para nombrar apenas algunas de las grandes figuras, algunos de los planteos contra la educación pública resultan penosos balbuceos que terminan por ocultar mal la búsqueda de objetivos que no se explicitan en el debate.

Desde el arranque, el planteo presidencial no ha sido particularmente feliz. Toda la metáfora que iguala a la educación con el fútbol no es la más propicia para situar con precisión cuál es la índole de las insuficiencias que se le atribuyen al sistema.

Las autoridades del Ministerio de Cultura han asumido una sorprendente belicosidad con relación a aquellos funcionarios que asumen la defensa de las concepciones actuales en materia de laicismo: la educación pública, según esta cruzada, estaría en manos de gente que «desprecia la religión», que «cree que los creyentes son gente irracional y menos inteligente».

Pensamos que reprochar a la enseñanza pública su incapacidad o ausencia de voluntad para transmitir valores éticos es una acusación demasiado grave para formularse en los términos que hasta ahora se ha hecho por parte de sus enemigos.

Es, además, una acusación infundada. Como han venido señalando algunos voceros del Consejo Directivo Central de la ANEP, el abordaje de los aspectos axiológicos, esenciales en la formación de los niños y de los jóvenes, tal como se realiza en nuestra educación pública ha estado y está en el buen rumbo. O, en todo caso, sus insuficiencias no pasan, como se pretende, por «la ausencia de Dios».

El sentimiento religioso, las concepciones morales y éticas que se derivan de tal o cual creencia en ese terreno, se transmiten en el cuadro de una formación histórica, filosófica, literaria y cultural global, que aspira a considerar la totalidad de lo humano, de todas las expresiones de la aventura espiritual de la condición humana.

Por lo demás, endilgarle como lo hacen alegremente algunas autoridades del gobierno, al sistema de la educación pública el proceso de deterioro de determinados valores éticos es una singular desmesura.

La reproducción de los valores éticos en nuestra sociedad no está amenazada porque en las escuelas y liceos públicos no se imparta instrucción religiosa.

Más bien habría que orientar la búsqueda de las causas de fondo de la pérdida de puntos de referencia éticos que parece alcanzar a algunos sectores de nuestra sociedad en la entronización de las ideologías del individualismo egoísta, la apología de los triunfadores en la ley de la selva de las relaciones humanas y en el desarrollo extendido de la corrupción de cuello duro y en las esferas políticas.

No parece pertinente la posición de quienes desde el gobierno atacan a la educación pública, esa cenicienta a la hora de la asignación de las partidas presupuestales, a la que se le pretende pedir cuentas con relación a un proceso de deterioro que es asunto de la sociedad en su conjunto.

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