El trágico legado del presidente Uribe
El presidente Uribe ha dejado un sucesor. El candidato con mayor opción de triunfo en la segunda vuelta de las elecciones colombianas es su ex ministro de Defensa, Manuel Santos. Es la otra cara de la misma moneda. Violencia, destrucción y muerte.
Uribe vendió su alma y la soberanía de Colombia al demonio del imperio. Es responsable del baño de sangre que ha segado las vidas de decenas de miles hombres, niños y mujeres, tomando como pretexto el plan de «seguridad democrática», redactado en Washington.
Uribe, como agente del imperio yanqui, tiene en su haber víctimas que se cuentan por miles tanto en Colombia como en el extranjero, donde llegaron los tentáculos de su populista régimen sin detenerse a pensar que traicionaba a pueblos y gobiernos vecinos y hermanos.
Allí están como prueba de esos actos violatorios de la soberanía de sus vecinos los secuestros de Rodrigo Granda en Venezuela, de Simón Trinidad en Ecuador y el ataque aéreo lanzado por la Fuerza Aérea Colombiana en territorio ecuatoriano, acción en la cual fueron asesinados el mítico comandante de las FARC, Raúl Reyes, y otros combatientes guerrilleros.
Otro de los crímenes que Uribe tiene es haber creado, en complicidad con la corrupta oligarquía y militares colombianos, las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC o paramilitares, una horda de mercenarios que perpetraron y aún cometen horrendos asesinatos, matando campesinos, indígenas, políticos y dirigentes sindicales, y que además tuvieron la osadía de incursionar en Venezuela con el fin de asesinar al presidente Hugo Chávez, intento de magnicidio que fue frustrado.
Fueron ellos quienes embriagados por el poder que Uribe les dio, se rebelaron para socavar con el dinero teñido de sangre proveniente de la droga, la legitimidad de las instituciones, del Estado, prostituyendo jueces, gobernadores, senadores y alcaldes, convirtiendo virtualmente a Colombia en un Estado fallido inmerso en los delitos más abyectos como el narcotráfico, el sicariato, los secuestros y la corrupción que enriquece a una minoría mientras empobrece al pueblo postergado.
Los llamados «falsos positivos», así denominados porque se asesinó a miles de inocentes, jóvenes desempleados e indigentes haciéndolos aparecer como «guerrilleros muertos en combate», con el fin de ganar recompensas en dinero, ascensos y licencias o permisos, son sólo algunos de los crímenes cometidos por traicioneros soldados que dejaron de servir a su pueblo. El Plan Colombia, impuesto por Washington y supuestamente dirigido a la lucha contra el narcotráfico, cuando en realidad fue diseñado para destruir a las FARC, permitió a Uribe utilizar al ejército como un monstruo predador.
Ese baño de sangre, y el terror, se ha traducido en el éxodo masivo o desplazamiento forzado de más de 5 millones de campesinos que huyendo de la muerte buscan refugio en países vecinos como Venezuela y Ecuador, cuyos pueblos y gobiernos los acogen solidariamente.
Pero la obediencia de Uribe al Imperio no es gratuita. Así lo destacan algunos analistas como Walter Goobar, quien en un reportajes titulado «El Narcopresidente» comienza afirmando: «La cerrada defensa de la instalación de bases norteamericanas que realiza el presidente colombiano, Alvaro Uribe, sólo se explica por la comprometedora información que sobre él tienen las diversas agencias de inteligencia de Washington.»
«Ese abultado prontuario, en donde funcionarios estadounidenses califican a Uribe de narcotraficante y de cómplice de los crímenes de los paramilitares destaca el trabajo periodístico se ha ido engrosando en tres décadas; la reelección indefinida que no prosperó y la instalación de bases norteamericanas, son el salvoconducto que le permitirán librarse de la cárcel.»
Uribe se va, pero todo indica que su lugar lo ocupará su ex ministro de Defensa. Colombia seguirá penando por su criminal legado y servilismo al imperio, pero también luchando por su verdadera independencia.
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