Con la cabeza en el Mundial
Hoy se dará el puntapié inicial. Comienza el torneo futbolístico de mayor trascendencia, en la tarde la Selección celeste hará su debut frente a su par de Francia.
Se ha creado una muy particular expectativa en el pueblo futbolero uruguayo, pues, a diferencia de otras participaciones anteriores esta vez hay un razonable optimismo en cuanto al desempeño que habrá de tener el seleccionado.
No pocos intelectuales suelen abominar el fútbol por considerarlo una práctica embrutecedora de la que se sirven las clases dominantes para distraer al pueblo de los verdaderos problemas y hacerle olvidar sus preocupaciones cotidianas; y es frecuente que se comparen los espectáculos de las competiciones futbolísticas con el circo romano que cautivaba a la masa inculta impidiéndole reflexionar sobre la realidad y cuestionar las decisiones del César. Como ejemplo de ello solía aludirse al partido de fútbol llevado a cabo al día siguiente del golpe de estado de Terra; en aquella oportunidad el estadio se llenó de hinchas supuestamente apáticos y prescindentes. Tampoco faltaron aquellos que, como Rudyard Kippling, denostaron el fútbol por considerarlo un deporte propio de estúpidos; y tuvo que venir don Parra del Riego para rescatar ese maravilloso espectáculo con su Polirritmo a Isabelino Gradín.
Felizmente, esta postura elitista y de profundo desprecio por lo popular ha venido perdiendo adeptos cada día, y el fútbol ha sido ubicado en su justo lugar como un espectáculo en el que se admira la destreza y el despliegue físico de los futbolistas, más allá de las pasiones que despiertan el espíritu de competencia y la rivalidad entre clubes, pasiones que lamentablemente desembocan a veces en reacciones violentas.
La realidad está demostrando que el fútbol puede fungir como una actividad que permite soslayar momentáneamente los problemas, pero tal circunstancia en modo alguno puede llevar a considerar el fútbol como un opio de los pueblos. Según ese criterio elitista, las masas populares no tendrían derecho de distraerse jugando a las cartas, asistiendo a un tablado u oyendo música pues, de ese modo, estarían adormeciendo su potencial rebelde y resignando sus aspiraciones de un mundo mejor.
Como decimos más arriba, los pueblos han demostrado que son perfectamente capaces de apasionarse con un partido de fútbol y con un campeonato sin perder de vista la realidad ni cuáles son sus problemas y prioridades y mucho menos abdicar de sus reivindicaciones. La prueba está en que, independientemente de la pertinencia o del desacierto de la reciente medida gremial resuelta por la central sindical de decretar un paro parcial, los trabajadores uruguayos no se muestran obnubilados por la proximidad del Mundial. Del mismo modo, los piqueteros de Gualeguaychú mantienen a rajatabla sus medidas extremas y ya han anunciado su decisión de resistir el desalojo decretado por la Justicia argentina. Probablemente, estos desaforados harán un paréntesis de 90 minutos en su activa militancia ambientalista para seguir por televisión las alternativas de los encuentros que protagonizará su selección; aplaudirán las buenas jugadas, gritarán hasta la ronquera los goles de Messi, pero no depondrán su actitud beligerante.
En resumen, todos tenemos derecho a emocionarnos viendo jugar a nuestros ídolos, a celebrar las victorias y a masticar las derrotas, sin que ello nos haga olvidar los desafíos de la realidad. Especialmente nosotros, los uruguayos, que vivimos bajo el segundo gobierno de izquierda de la historia, podemos distraer un par de horas de nuestra actividad para seguir abrigando la esperanza de un buen desempeño de nuestros futbolistas.
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