Dialéctica de la integración­desintegración

¿Qué era la América española? ¿Había razones para la independencia? ¿Qué significaba? Son cuestiones que se debaten en este mes del Bicentenario y cuyas respuestas suponen formas diversas de interpretar la marcha de la historia.

El siglo XVI es el del primitivo colonialismo español, del «metalismo» mercantilista (sinónimo de que la riqueza es la exclusiva posesión de metales preciosos), obsesionado por su tenencia y traslado a Europa. No obstante, las sociedades de Hispanoamérica deben desarrollar la producción, reinvertir y adquieren gradual identidad. Contra los males devenidos del monopolio (escasez, elevados precios, entre otros) aquellas se defienden relacionando las diversas colonias entre sí, o contrabandeando. La clase dominante criolla ­sin el control político­ por su peso económico­social obliga a las autoridades españolas a negociar. Los movimientos de protesta ­comenzando por las rebeldías de los conquistadores por prebendas, hasta la resistencia de aborígenes, ‘castas’ (mestizos) o negros­ son generalmente resueltos o reprimidos, en ámbitos comarcales, locales, como en la misma España.

Hispanoamérica, como resultado de ese crecimiento, se reserva mayor parte de su producto, limita la riqueza enviada a España y utiliza su capital para mejorar la administración, la defensa y la economía. Las remesas a la metrópoli disminuyen, al punto que desde Lima se envía sólo el 20% del tesoro entre 1651 y 1739. Así «los hispanoamericanos tenían poca necesidad de declarar la independencia formal, porque gozaban de un considerable grado de independencia de facto, y la presión sobre ellos no era grande.» (John Lynch). Por ende, detener esa emancipación se vuelve el objetivo de las reformas de la dinastía de los Borbones afectando los intereses de los criollos.

Cuando España se desmorona ante la invasión napoleónica, la Revolución se verifica a escala continental ­aunque no constituye un movimiento concertado­ en tanto posee el mismo origen y los objetivos comunes de no recaer bajo el absolutismo manteniendo las jurisdicciones políticas existentes. Las razones de la Revolución son internas: la crisis de retraso general capitalista del Imperio Español y la mayor explotación colonial resultante de las reformas borbónicas. La clase dominante criolla reclama el poder político en todas las colonias, pero la inserción de las diversas regiones en el sistema mundial, el menguado desarrollo de las fuerzas productivas, la diversidad de sociedades y culturas, la extensión territorial y la dificultad de comunicación propician la formación de estructuras nacionales derivadas de los virreinatos, capitanías generales, presidencias y gobernaciones (que se habían sustentado en las particularidades de las regiones pre­españolas). Aunque hubo fuerzas centrípetas (idioma, religión y tradiciones, españolas) prevalecen las centrífugas, porque cada colonia se proyecta separadamente hacia la metrópoli, política premeditada de España, que les prohibe comerciar entre sí o desarrollar industrias competitivas con ella, lo cual explica que no haya rutas de comunicación entre las colonias. De ese modo no se generaliza la conciencia de la identidad de Hispanoamérica salvo en el caso de minorías lúcidas. Sin embargo, el frente único anticolonialista asentado en la herencia común y en la necesidad de combatir al mismo enemigo, hace surgir el ideal americanista en la generación de los libertadores. Téngase en cuenta que encabezan la lucha los criollos, influidos en sus estratos cultos por la revolución norteamericana y la francesa. Su más preclara expresión será la realización del Congreso de Panamá (1826) convocado por Bolívar, tendiente a echar las bases de una federación hispanoamericana y a liberar a Cuba y Puerto Rico, últimas colonias españolas. La indiferencia de las clases dominantes criollas y la acción de los imperios echó por tierra esos propósitos. «El ideal americanista, superior a la realidad contingente, fue abandonado. La revolución de la independencia había sido un gran acto romántico: sus conductores y animadores, hombres de excepción. El idealismo de esta gesta y de esos hombres había podido elevarse a una altura inasequible a gestas y hombres menos románticos. Pleitos absurdos y guerras criminales desgarraron la unidad de la América indoespañola», considera acertadamente Mariátegui.

La era de la proliferación de repúblicas independientes, fragmentadas, se caracteriza por las intervenciones extranjeras (principalmente de Inglaterra, Francia y EEUU) y guerras fratricidas, bajo las que se esconden intereses colonialistas e imperialistas: de la Triple Alianza de Argentina, Brasil, Uruguay contra Paraguay (1865-1870), del Pacífico entre Chile, Perú, Bolivia (1879-1883), conflictos limítrofes entre Argentina y Chile (1899-1902), Guerra del Acre entre Brasil y Bolivia (1902-1903) y del Chaco (1932-1935) entre Paraguay y Bolivia. El Bicentenario nos encuentra pugnando con fuerza por la unidad de «nuestra América». Es una pugna robustecida por nuevos actores: un bloque social alternativo fuerte, especialmente en los países del ALBA, reformulando el socialismo y Brasil asumiendo un liderazgo regional y en el concierto internacional.

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