El frío y la exclusión
En el invierno de 2004 se discutía el texto final del programa de gobierno del Frente Amplio, a fin de presentarlo en la campaña electoral de aquel año. Al recordar algunos de los debates acerca de las metas y objetivos me vino a la memoria aquella frase tan discutida y finalmente aceptada en la redacción: garantizar las necesidades más básicas y la meta de que al final del período de gobierno no quedara ninguna persona en situación de calle (a excepción de quienes lo fuesen por su propia voluntad), significando un fuerte y muy concreto compromiso con la ciudadanía. Tal vez ingenuos o utópicos algo de eso hubo sin duda existía en nosotros la convicción de que tal meta era posible de ser alcanzada, sobre todo considerando el bajo número de casos tanto en Montevideo como en el resto del país.
Cinco años después todavía sigue siendo un problema social irresoluto: hay tomando en cuenta solamente Montevideo aproximadamente 1.230 personas en situación de calle, de las cuales 650 encuentran cobertura en los Refugios. Mucho se hizo durante ese tiempo; se aplicaron importantes recursos presupuestales, se realizaron inversiones en infraestructura y se apostó a la calificación del personal de atención en calle; todo ello en el marco del Programa de Atención a los Sin Techo. Seguramente resulten aún insuficientes los centros de acogida nocturna y diurna que se abrieron en este período y tal vez haya un incremento del presupuesto en el próximo quinquenio; sin embargo, la realidad nos vuelve a interpelar. Y debe buscarse otro tipo de explicaciones; sea por un abordaje metodológico inadecuado o mal aplicado, o por efecto de una política que ha quedado atrapada en la atención de la emergencia sin pensar más allá, es decir sin considerar una perspectiva de medio plazo para un grupo por cierto muy heterogéneo de ciudadanos.
Es evidente que la complejidad del problema da cuenta de las múltiples dimensiones del ser humano y de los colectivos grupales que convergen y se combinan en la dura realidad expuesta a la intemperie. Se registran patologías psiquiátricas en numerosos casos, adicciones a la pasta base y al alcohol, violencia física y simbólica, hay señales inconfundibles del abandono de sí mismo y de la exclusión de los demás. Los cuerpos que yacen en las calles ya no tienen forma humana, son objetos desgarrados de la trama urbana, como los bordes de una sociedad que se van desflecando y dejándose a un lado por ser innecesarios como decía R. Castel. Y entre la indiferencia, el desprecio y hasta el extremo del asesinato premeditado (no olvidemos los casos registrados recientemente), transcurre la vida de los «sin techo» o indigentes «en situación de calle»; entre trapos y lamentos, medio desnudos y mal alimentados, ya acostumbrados al desecho por su propia «naturaleza».
En Francia se experimentan otras modalidades de abordaje de las situaciones planteadas. Hemos tenido la posibilidad de conversar e intercambiar opiniones con un colega y amigo, el cual compartiera algunas de sus experiencias concretas como responsable en una organización no gubernamental y de aquellas discusiones siempre nos han quedado varias preguntas ¿cuánto tiempo insume la «recuperación» de los ciudadanos en situación de calle? ¿más allá de las diferencias y distancias contextuales con Francia; es posible la reducción hasta la casi eliminación del problema? ¿hasta dónde respetar la voluntad del otro de permanecer en la calle? ¿cuál es el límite ético, acaso el riesgo de muerte? ¿y el imperativo moral cuando se trata de niños o adolescentes? Los relatos de mi querido colega sugieren un cambio de orientaciones en nuestro país; desde la posibilidad de admitir el consumo de alcohol bajo determinadas condiciones en los Refugios (¡deberíamos denominarlos de otro modo!), hasta la necesidad de suscribir acuerdos o compromisos personalizados con los involucrados, pasando por rediseñar toda la estrategia de abordaje de esta problemática social.
Para evitar que los ciudadanos no regresen a su condición de abandonados a la intemperie, habría que probablemente pensar y proyectar itinerarios de medio y largo plazo; desde el centro de acogida o refugio como primera entrada, hasta la provisión de una vivienda definitiva. Está claro que no se trata exclusivamente de una necesidad locativa o habitacional; se requiere un acompañamiento continuo (afectivo, social y psicológico), abrirles oportunidades concretas y al alcance de las singularidades de una población que no las ha tenido o las ha perdido. El abordaje individualizado se combina con el grupal; la madre violentada con niños a su cargo demanda una atención especial; los adolescentes y niños exigen ser escuchados y respetados; en fin, cada caso es un caso, valga la redundancia. Por lo que, al formato estandarizado de atención se le agrega la consideración personalizada y sobre todo, humanizada. En este sentido, confiamos plenamente en las capacidades con las que cuenta el Mides agencia estatal competente, pero sugerimos una revisión de la estrategia de largo plazo, pensando en términos de un escalonamiento progresivo para generar opciones de inclusión social sostenibles y duraderas. No sea que, pasado el invierno persista la exclusión más absoluta y nos olvidemos de la justa y silenciosa demanda de los que no tienen voz.
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