Demonización de los cargos políticos
Es curioso. La demonización de los cargos políticos o más bien de la aspiración a ocuparlos, casi siempre proviene de personas que los han ejercido o los ejercen.
No cuestiono; tientan si lo hacen con los demás; su merecimiento, desempeño, esfuerzo e idoneidad, y fundamentalmente el haber tenido mediante decisiones políticas, la oportunidad de demostrar el temple necesario, la entrega, la propia moral de la causa puesta en práctica.
¿Por qué entonces, cuando la posibilidad debiera brindarse a otros, surgen tales interrogantes relacionadas con la propia honradez de quien anhela ser tenido en cuenta para tan nobles tareas?
Luego de las elecciones y ganadas éstas, es lógico que sobrevenga la disputa por lugares de gobierno como herramientas del cambio donde las individualidades son pasajeras o al menos así debería ser. Es una instancia áspera tal vez, y si en mérito a tales controversias inventan otra forma, bienvenida sea.
Como en la conformación de las listas, seguramente habrá contentos y enojados, pero no ataquemos la discusión en sí misma ni la legítima pretensión porque para eso se da la batalla: para estar en situación de aplicar un programa anteriormente proyectado a desarrollar con la participación del más encumbrado hasta el más humilde designado responsable.
Si llevamos esto al terreno de interrelación humana de donde nunca debiera salir, es fácil: dignidad de razonamiento y acciones, siempre y donde sea que actuemos. No sólo en política partidaria, instrumento de transformación social por excelencia.
Intento hacer una reflexión desapasionada aunque es imposible no volcar subjetividad.
No hay ninguna representación de Atabaque actualmente en el gobierno nacional progresista.
Bregamos por la jerarquización y crecimiento de la temática diversidad cultural que en países hermanos y el mundo entero, ocupa grandes porcentajes del presupuesto por su implicancia directa en la soberanía y desarrollo de los pueblos. Hablamos, por ejemplo, de la democratización y responsabilidad de los contenidos en los grandes medios de comunicación. De la equidad en la oferta cultural. De los «modelos» que siguen nuestros gurises, del enfrentamiento desigual entre valores volcados por padres y docentes contra la televisión basura. Si alguien considera valioso impulsar esta pelea por la interculturalidad será su decisión, sabemos que vale.
Dicho claramente, estamos en situación de pedir una chance de confianza a nuestro aporte.
No consideramos mala en sí misma la puja por lugares. Sea por cuotas o capacidades, se reclama algo a lo que se cree tener derecho, e inevitablemente tendrá ribetes decepcionantes para los no convocados. Es triste quedar afuera, máxime luego de haber acompañado políticamente codo a codo. La gestión tiene que hacerla alguien y para eso deben existir delegados a responsabilidades gubernativas de mayor o menor grado. ¿Cuál es el drama? ¿Decirlo?
Que hay poder en otros ámbitos es cierto, y siempre la sociedad civil se organizará, ojalá así sea, incidiendo en torno a alternativas por las cuales se guiará un gobierno que quiera continuar.
La política en la sociedad es una entelequia donde estamos inmersos.
La política partidaria frenteamplista, sin ser reducida a cargos, se ha valido de ellos para poner en práctica la ideología por la que luchó democráticamente para llegar a obtener la administración de los poderes institucionales de la población temporalmente. Si luego de cumplida la etapa previa, cuando se arriba a tal período se endilgan intereses espurios, hagámoslo desde el vamos y entonces habrá que organizar otro sistema. La democracia directa, aunque impracticable en un país, es lo que quedaría por hacer.
O si no, digamos que, justo a la hora en que me toca mover a mí, parte del equipo ya no tiene ganas de seguir y patea el tablero. Devendría una forma de boicotear a las personas y no a los métodos.
Compartí tu opinión con toda la comunidad