El fin de terrible aparatista
Marcelo Jorge Filomeno
Es al que estamos asistiendo –el mundo entero– con la detención de Slobodan Milosevic, el socialista serbio ex presidente de Yugoslavia, responsable de toda clase de crímenes y latrocinios, contra su pueblo y fundamentalmente contra los de la antigua Federación. Será juzgado en primera instancia en su propio país por abusador del poder y ladrón de fondos públicos, pero luego será reclamado por el Tribunal Penal Internacional de La Haya para ser imputado por la comisión de delitos de lesa humanidad. Nos referimos a él hace algún tiempo a propósito de la necesidad –en nuestro criterio– de que Uruguay ratificara el Tratado de Roma, instrumento jurídico internacional necesario para castigar a los violadores de los derechos humanos en cualquier parte del mundo. Y agregábamos que las fuerzas progresistas debían –sin prejuicios– impulsar la iniciativa, para avanzar hacia un organismo jurisdiccional de carácter permanente, dejando atrás organismos de carácter ad-hoc, como el Tribunal de La Haya o, en otro nivel, la casera «Comisión para la paz» inventada por Jorge Batlle, que no juzgará por supuesto a nadie. Un tribunal donde tuvieran amparo los desamparados por la ley de caducidad…
Nacido, criado y cobijado en el aparato partidario Milosevic creyó, como todos los aparatistas, en la impunidad de sus fechorías, apañadas por el poder que supo usufructuar, así como los de su entorno, familiar y amistoso. Dueño de hecho de un partido político, construido sobre los viejos ladrillos del muro estruendosamente caído, al que le adosó otro partido, periférico, manejado por su cónyuge, saltó en la última década a la escena internacional cuando comenzaron a trascender los detalles de la tragedia desencadenada por el grupo de viejos burócratas aparatistas, portadores del paneslavismo servio, contra las diversas nacionalidades y etnias de la ex Federación Yugoslava.
Contenido durante el régimen soviético –dirigido por los mismos aparatistas– el nacionalismo eslavo estalló al desaparecer aquel, haciéndosele imposible a los rusos mantenerle el apoyo pasado cierto límite. Las movilizaciones de su propio pueblo, pidiéndole la renuncia, el llamado a elecciones libres, y la pérdida de las mismas, determinaron finalmente su caída y este final anunciado. En el medio quedaron los cientos de miles de muertos de la «depuración étnica» que promovió y ejecutó contra civiles inocentes, y antes del fin, los bombardeos de la alianza atlántica contra su pueblo. Ni siquiera le ahorró a los nuevos gobernantes la indignidad de detenerlo –para su posterior extradición– so pena de no recibir los créditos para la reconstrucción del país. Cobarde y atontado –como cualquier aparatista, en cualquier parte del mundo, perdido el poder– el epílogo de tragedia griega, prometido por las casandras de su mujer e hija, terminó en un sainete. Ahora a rezar, para poder tener la suerte de Pinochet y quedar en casa, cosa difícil a esta altura, porque Yugoslavia no es Chile, y los norteamericanos no fueron cómplices en la instalación de su régimen, como sucedió con Pinochet. Y los rusos no quieren ni pueden defenderlo.
El fin de Milosevic, seguramente sometido en un futuro cercano a la jurisdicción del Tribunal Penal Internacional, reafirmará la vigencia de un organismo de esas características para la defensa de los pueblos, contra los genocidas de cualquier parte del mundo y de cualquier signo ideológico. La ratificación del Tratado de Roma constituye, a esta altura de la civilización, un imperativo ético para todas las naciones.
* Escribano
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