Edgar Morin: el filósofo en Porto Alegre

«Una mundialización que lleva arraigada todas las corrientes emancipadoras del pasado: humanismo, democracia, socialismo».

 

El mismo se define como «un cazador furtivo del saber»; Edgar Morin, algunas de cuyas obras han sido traducidas al castellano, y apreciadas, en la década del cincuenta, mantiene su espíritu inquieto, su búsqueda, su capacidad de aprender.

Por eso este filósofo relevante de la Europa contemporánea es capaz de descubrir lo que hay de nuevo en los movimientos antiglobalización y es capaz de apreciar la significación de un acontecimiento aparentemente tan poco «central» desde el punto de vista europeo, como las recientes manifestaciones populares en Porto Alegre denunciando la globalización.

El filósofo francés, entrevistado el pasado domingo por el corresponsal de Página/12 en París, formuló una serie de precisiones acerca de cómo vislumbra lo que llama el ejercicio de la «ciudadanía planetaria» y el desarrollo de la «segunda mundialización».

Las opiniones de Morin, importa señalarlo, merecen nuestra mayor atención puesto que provienen de una reflexión muy amplia, muy exhaustiva, que recorre y piensa desde distintas disciplinas, con rigor y creatividad.

Un pensamiento de primera línea que apunta a las cuestiones centrales que aquejan al mundo actual. No se trata de las conclusiones de la labor de un ensayista actualizado ni de un divulgador de denuncias sociológicas. Es el pensamiento arduamente elaborado durante decenios desde el rigor conceptual y el compromiso con los valores del humanismo contemporáneo.

Morin pone en cuestión la propia naturaleza del conocimiento humano, muchas veces la «gente creía conocer la verdad pero en realidad era víctima de la ilusión o el error. Hay que enseñar cuáles son las fuentes de las ilusiones y de los errores. Estas fuentes están en la psicología, en los sentidos, en la cultura, y en la historia».

Analista de los grandes problemas de la humanidad contemporánea, Morin cree que es imprescindible definir una ética del género humano, una política de civilización. El problema ético es fundamental y no sólo porque asistimos al retorno de cierta barbarie, sino porque la ciencia, que se ha convertido en lo más importante, no tiene ningún contacto con la ética. (…) Hoy, la ciencia detenta poderes tan gigantescos, tanto de destrucción como de manipulación genética, que es preciso que esté regulada mediante la ética. El lazo entre la ciencia, la ética y la política es justamente el eslabón que falta. Resulta imperativo discernir ese lazo».

Para Morin, preocupado por las denuncias acerca del proceso de deterioro de las condiciones ambientales en el planeta, «el mal contemporáneo no es la nación sino el nacionalismo que se niega a aceptar la existencia de una instancia colectiva superior encargada de tratar los problemas que sobrepasan en mucho los marcos nacionales».

A la mundialización técnica y económica impulsada por el desarrollo impetuoso de las economías capitalistas, el francés opone la necesidad de una mundialización que genere la ciudadanía planetaria, capaz de actuar sobre los problemas que aquejan a la condición humana en su conjunto.

Cree que las jornadas de Porto Alegre tienen un gran significado en el proceso de constitución de esta ciudadanía planetaria.

Y señala: «Mientras la primera mundialización, animada por el pensamiento único, supone que no existe otra sociedad mejor que la estructura tecno-económica que propone como finalidad, la segunda lleva arraigada todas las corrientes emancipadoras del pasado: humanismo, democracia, socialismo».

Imposible no sentir el desafío de estas proposiciones valientes de un europeo con la mirada atenta y la sensibilidad abierta a todos los dolores y esperanzas del mundo.

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