Intransigencia corporativa
En clara alusión al conflicto en Conaprole, el presidente Mujica reflexionó a propósito de los desbordes en que a veces incurren ciertos gremios intransigentes. Desde que el pionero Adeom combatió con ferocidad inusitada a las administraciones municipales frentistas, otros gremios se han sumado a esa tendencia; los más notorios son el sindicato del INAU y los que representan a los docentes.
La Ley de Educación aprobada en la pasada Legislatura ya había suscitado un fuerte rechazo de parte de los gremios de la Enseñanza, que pretendían una mayor injerencia de docentes y funcionarios en los organismos rectores de la Educación; se llegó al extremo de que integrantes de gremios estudiantiles de los centros de formación docente protagonizaron un bochornoso espectáculo en las barras del Senado, profiriendo insultos, gritos y gestos hostiles hacia los legisladores que habían votado la norma.
Por estos días han estado reunidas las Asambleas Técnico Docentes (ATD) de la enseñanza media, una instancia de reflexión en la que participan activamente los profesores de Enseñanza Secundaria. Entre otros asuntos a tratar, figuraba la instrumentación del Plan Ceibal para los liceales del sistema público. Es de toda lógica que en ese ámbito se discuta, se polemice; que surjan críticas, propuestas, iniciativas. Dos posturas han surgido en el cuerpo docente respecto de la extensión del Plan Ceibal a la enseñanza media: una que, con críticas y salvedades, apoya la iniciativa; otra que la rechaza.
Aún con perfecta conciencia de que el Plan Ceibal no es la panacea ni resuelve los graves problemas que aquejan a la enseñanza pública, nadie podría sensatamente oponerse a que cada estudiante liceal cuente con una computadora portátil. Sin embargo, la postura radical entiende que son otras las prioridades y, por tanto, está en contra del Plan. Se trata, según entendemos, de un razonamiento maniqueo, tajante, intransigente y carente de toda lógica; un planteo desacertado que denota una mentalidad prisionera de prejuicios y preconceptos, algo que está radicalmente en contra de lo que debe ser el espíritu de un docente, un espíritu crítico sí, pero abierto.
Nosotros consideramos que es cierto que hay otras carencias que no pueden ser cubiertas por el mero hecho de tener una computadora por alumno. Pero al mismo tiempo, entendemos que más allá de las carencias locativas, de los grupos superpoblados, los docentes uruguayos debieran expresar su preocupación por otros asuntos menos tangibles. Sin dejar de lado reivindicaciones tan legítimas como la mejora salarial o la erección de nuevos liceos, buena cosa sería oír a los docentes, por ejemplo, analizar la pobreza expresiva de nuestros jóvenes y proponer medidas para mejorar su performance lingüística. Dice Rafael Argullol: «Un campesino de los años cincuenta probablemente analfabeto utilizaba en su habla el doble de palabras que un universitario de principios de este siglo que, como media, reduce su vocabulario a unos 3.000 términos (…) Aquel campesino no tenía ninguno de nuestros conocimientos globales, pero lo que sabía lo sabía con gran riqueza de detalles». Y Fernando Savater nos advierte: «Hablamos, pero no conversamos. Disputamos, pero rara vez discutimos».
Para terminar, volvamos a Argullol, quien comprueba que la gente usa el lenguaje sólo para gritar consignas de cualquier tipo: «Para gritar, como sabemos por nuestros queridos tertulianos radiofónicos o televisivos, no hacía falta que el hombre se tomara la molestia de inventar el lenguaje».
Si pudiéramos mejorar esa herramienta de comunicación esencial que es el lenguaje, tal vez nos ahorraríamos estos absurdos conflictos que son una piedra en el camino del entendimiento imprescindible que debe existir entre los diversos actores sociales.
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