La argentinidad bicentenaria

Pretendemos en estas fechas tan caras para el pueblo argentino establecer un criterio sobre la llamada «argentinidad» que nos han entregado a sucesivas generaciones los libros y textos de sus clases dominantes a lo largo de dos siglos y el advenimiento de un nuevo sello identitario auténticamente democrático.

Fuimos educados en la escuela argentina, en sus aulas, y por ello nos permitimos hablar con cierta propiedad.

Cuando analizamos la matriz sociocultural de un pueblo como el argentino, resulta imprescindible conocer a cabalidad a los cuatro o cinco constructores de aquella identidad autoritarista, impuesta en los textos oficiales y en la educación de muchas generaciones de ciudadanos argentinos y decisiva en los hechos políticos trágicos que salpicaron de sangre su historia.

La hegemonía de las clases dominantes y en particular de la oligarquía terrateniente en conjunto con la élite financiera e industrial nos dan cuenta de la permanente intervención de los militares en la cosa pública durante el siglo XX, a manera de conato o golpes e intervenciones directas contra la democracia y sin tapujos a partir de la brutal dictadura de Jorge Videla, concebida por los propios argentinos en sus actos de bicentenario y memoria colectiva como el mayor genocidio en su historia. Juan Bautista Alberdi, jurista y redactor de las bases que acuñaron la primera Constitución argentina, de 1853, perteneciente a la llamada generación del 37, es el primer «adelantado» en esta suerte de pensamiento ultra conservador. Decía don Juan Bautista que «La patria es la libertad y el orden, la riqueza, la civilización, organizados en el suelo nativo, bajo su enseña y su nombre. Todos estos elementos nos han sido traídos desde Europa….

«Aunque pasen cien años los rotos, los cholos o los gauchos no se convertirán en obreros ingleses… En vez de dejar estas tierras a los indios salvajes que hoy las poseen…¿por qué no poblarlas de alemanes, ingleses y suizos?»….(….)

Otro soporte de esta visión y pensamiento conservador fue Domingo Faustino Sarmiento, pedagogo, fundador de la escuela pública argentina, periodista, estadista, presidente de la República entre 1868 y 1874.

Dijo Sarmiento en alguna oportunidad: «¿Lograremos exterminar los indios? … Por los salvajes de América Latina siento una invencible repugnancia, sin poderlo remediar…. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño que ya tiene el odio instintivo al hombre civilizado».

Fue Sarmiento también quien señaló para la posteridad : «El miedo es una enfermedad endémica de este pueblo. Esta es la palanca con la que siempre se gobernará a los porteños (en relación a los habitantes de Buenos Aires), que son unos necios y tontos»…

Bartolomé Mitre, presidente desde 1862 a 1868, fue el gran «modernizador» de Argentina en la segunda mitad del siglo XIX. Organizó el ejército y avanzó sin piedad sobre la Patagonia pretendiendo exterminar sus etnias autóctonas. Sin embargo, una figura aparecida en la historia argentina en los estertores de ese siglo cambiaría el curso de los acontecimientos políticos. Se trata de Leandro Alem, capitán en la Guerra de la Triple Alianza. Abogado y creador del Partido Republicano Bonaerense, Alem funda la Unión Cívica Radical en 1890. Es tío y mentor de uno de los hombres más venerados de la política argentina del siglo XX: Hipólito Irigoyen, presidente constitucional en dos períodos: 1916-1922 y 1928-1930 y derrocado por el primer gran golpe militar oligarco-latifundista del siglo XX, del general José Félix Uriburu, sirviente de los capitales extranjeros.

La Iglesia católica del siglo XX juega en Argentina un rol protagónico y de soporte de los privilegios propios de las élites conservadoras. Perón y Evita conformaron desde el poder un gran movimiento de masas que tuvo el impulso popular y el freno de sus propias contradicciones de clase, con un militar conservador como líder, junto a un ícono santificado por el pueblo como sucedió con Eva Duarte, el verdadero motor y sustento «ideológico» del peronismo, que aferrado al poder creó una maquinaria corporativista, fuertemente influida por las ideas y liturgia política del fascismo. Los estertores del peronismo ortodoxo derivaron en una sangrienta guerra sucia coincidente en el tiempo con las dictaduras del Cono Sur, contra los movimientos de la izquierda y el progresismo. Lo que sobrevino a la muerte del general Perón fue dictadura y oscurantismo.

Desde 1983 hasta el presente luego de la trágica Guerra de Malvinas Argentinas, nuestros hermanos de sangre comienzan a generar una política exterior mucho más estrecha y paritaria con sus vecinos más cercanos, aquellos pueblos y etnias que conforman el rico mosaico de las provincias unidas del Sur.

Argentina se ubica hoy en un nivel más profundo de su conciencia cívica, democrática y republicana, no exenta de intentos de desestabilización institucional desde la oposición más reaccionaria y sus grupos de presión y por aquellas prácticas autoritarias desde el poder. En este devenir y búsqueda de identidades políticas y referencias de cuño pluralista van cobrando más vigor en la memoria de los ciudadanos argentinos la vigencia valórica e ideológica del añejo tronco liberal de Alem, la austera y bella imagen republicana del presidente Arturo Illia y la docta y libertaria figura de Raúl Ricardo Alfonsín.

En la preclaridad de algunos de sus nóveles y representativos dirigentes actuales está el peso y la tarea de saber interpretar y responder a la pacífica y conmovedora «pueblada» que colmó sus calles, plazas y avenidas en sus 200 años de patria e historia. Instamos por tanto y con todo respeto al pueblo argentino y a sus dirigentes progresistas a construir un nuevo paradigma de «argentinidad» fraguado en la solidaridad, la justicia social, la igualdad y en la imprescindible continuidad del sistema democrático republicano aunados a una renovación de liderazgos y de movimientos de profunda transversalidad política y social.

Saludamos por tanto este amanecer republicano y pacífico en las calles de estos jóvenes 200 años al hombre y mujer de a pie de Argentina, a sus trabajadores anónimos, a sus mujeres y madres, a sus niños, ancianos, al Alfonsín inmortal e inquebrantable en la virtud republicana, a las entrañables Madres y Abuelas de Plaza De Mayo, a los compañeros de ruta en la amplia izquierda argentina, con quienes seguiremos avanzando juntos por las anchas alamedas en el ineluctable transitar hacia la verdadera independencia y liberación política, económica, social, cultural de nuestra multicolor Patria Grande.

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