El silencio de los justos

En estos días me ha tocado vivir una serie de situaciones que no son aisladas ni particularmente personales, sino que forman parte de un largo proceso que la sociedad uruguaya viene gestando desde hace varias décadas. Voy a permitirme hacerlas públicas porque al fin y al cabo son una pequeñísima parte de mi vida dentro de esa gran lucha colectiva, multitudinaria, por la verdad y la justicia en el Uruguay.

El año pasado me presenté al Ministerio de Defensa Nacional solicitando por escrito se me entregara toda la información que ese Ministerio poseía sobre mi persona; recibí un CD en el cual suponía estaba todo lo que los Servicios de Inteligencia de las Fuerzas Armadas y las autoridades del Establecimiento Militar de Reclusión Nro. 1 ­más conocido como Penal de Libertad­ habían consignado sobre mí. De una primer lectura surge que de trece años que estuve preso tan sólo hay en el Ministerio el acta de mi declaración en julio de 1972, la foto del carnet número 35.555 del Partido Comunista que había devuelto y entregado al Partido en el año 1969 y las desgrabaciones de algunas conversaciones mantenidas durante las visitas con mis familiares entre los años 1982, 1983, 1984 y alguna cosa más. Sin embargo, los microfilmes allí grabados no dejan de ser sumamente interesantes y recién hoy lunes 17 de mayo tuve el tiempo necesario para leerlos uno por uno. Si logro conseguir algún dinero estaría dispuesto a publicar todo lo poco que del período de la dictadura ha quedado sobre mi persona en los archivos del Ministerio de Defensa. Creo, que si doy este paso contribuyo con un granito de arena a que la memoria colectiva no devenga en un anecdotario difuso, en el que cada narrador agrega o quita fragmentos del cuento, sino por el contrario que el pedacito de historia de un uruguayo más entre miles y miles de uruguayos quede negro sobre blanco, con el único fin de que las generaciones venideras lean textualmente las atrocidades de un período demasiado largo y cercano aún en el tiempo.

Además, el lunes 10 de mayo concurrí nuevamente al Juzgado, citado por el señor juez Sergio Torres, a fin de tomarme declaración por segunda vez en la causa iniciada por los familiares del compañero Horacio Ramos, muerto en los calabozos de aislamiento total del Penal de Libertad. En esta oportunidad el señor juez me preguntó si podía dibujar los calabozos; cómo no iba a poder dibujarlos si de acuerdo a la información que tengo en este CD, las autoridades del Penal dicen que estuve en ellos por distintos períodos de 58, 65, 79 y 109 días (sumados son: ¡311 días!) y conste que faltan diez años de información. En el recinto de los calabozos de castigo, llamado «La Isla», había en aquella época tres sectores de cinco calabozos cada uno, estuve sólo en dos sectores, en los de doble reja y en los «del fondo» por llamarlos de alguna manera, luego de describirlos verbalmente comencé a dibujarlos, noté que al dibujarlos mi memoria escrita fue más precisa que la narrativa. Ya caminando de vuelta por la Ciudad Vieja, de regreso de tantos recuerdos: del Juzgado, de la memoria, del rostro de Horacio visto sin saber por última vez, del amigo, del compañero, de volver al pasado, traerlo hasta el hoy y removerlo una y otra vez en busca de la verdad, me pregunté ¿dónde estarán los planos de los calabozos de «La Isla»?. ¿Estarán en el Ministerio de Defensa o en el Ministerio de Transporte y Obras Públicas o en la Intendencia de San José o también habrán desaparecido como la información de mis años de cana?. ¿No deberían el o los organismos estatales que tengan en su poder información sobre el Penal de Libertad y de Punta de Rieles ponerla a disposición de la Justicia? En estos días, y por si fuera poco, comenzó a circular por Internet un documental sobre Antonio Mas Mas. El Gallego Mas Mas era un compañero dotado de un humor insuperable, en momentos muy negros lanzaba consignas como por ejemplo: «Liberar a Mas Mas y a todos los demás». Mas Mas es un apellido no muy común en estas costas del Río de la Plata y en el año 1972 pasó a ser un apellido intensamente buscado por los militares encargados de la represión popular, preparatoria del golpe de estado. Si a «Pinino» Mas, aquel puntero izquierdo sumamente habilidoso del River Plate argentino se le hubiera ocurrido veranear en nuestras playas por esa época, lo hubiera pasado peor, pero mucho peor que conviviendo con el «Peta» Ubiñas. Esto le pasó a otro compañero que se llamaba de primer apellido Mas, porque la tortura todo lo que puede tener de lógica para el torturador, lo tiene no sólo de crueldad y barbarie sino además de absurdo, de insensatez. No se llamaba Mas Mas, sino Mas Fernández (o González, o Pérez, no recuerdo) tenía cierto impedimento al hablar, por momentos se trancaba y repetía una y otra vez las mismas palabras. Lo destrozaron porque él decía que se llamaba «Mas Mas», hasta que en una décima de segundo pudo articular «Masunasolavez». La Ley 18.596 de Reparación Integral establece una serie de causales para ampararse en ella. El legislador ha debido establecer una suerte de grilla y los ciudadanos ver, determinar, definir en cuál de ellas cabe su doloroso periplo personal para que el Estado evalúe la reparación. Seguramente en esa grilla no están comprendidas todas las barbaridades cometidas durante el terrorismo de Estado. Pienso en «Masunasolavez». El amparo de «Apellidos Graves y Gravísimos» no está en el articulado de la Ley 18.596, sin embargo «Masunasolavez» merecería que esa causal existiera.

La verdad ­inexorablemente­ se abre paso en la muerte del querido compañero Horacio Ramos, dirigente sindical bancario, católico, padre de dos hermosos hijos y tupamaro. Que el silencio de los justos de este 20 de mayo, sea más poderoso que el silencio de los miserables.

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