¿Qué y para qué conmemorar el Bicentenario?
La conciencia histórica posibilita saber por qué la realidad es como es y aplicando la experiencia recogida, proyectar el futuro. La Historia, como ciencia social, es escenario de la lucha ideológica, principalmente entre las clases sociales, pero también entre las etnias, naciones u otros sujetos. Es lucha ideológica en tanto las ideologías son visiones relativamente coherentes, que abarcan conductas y juicios políticos, actitudes y obligaciones frente a la producción o la distribución de la riqueza, valores, relaciones hacia otros seres humanos y hacia la naturaleza, sentido de la vida. Ningún sujeto individual o social (clase, partido, Iglesia) puede separar lo que ha sido y lo que pretende ser. Todos estamos «atados» por el pasado y nadie puede reclamar la plena objetividad en su interpretación. Hecha la generalización, este abordaje se hace desde la condición de trabajador y de socialista.
Hace doscientos años se acelera el proceso que acabará con el colonialismo español. Se trata del tercer eslabón de revoluciones nacionales, liberales y burguesas verificadas en Occidente: la de Independencia de EEUU (1776), la Francesa (1789) y la Hispanoamericana (1810). Esta última revolución periférica del sistema capitalista alcanza sólo parcialmente sus objetivos: no logrará ser Revolución Nacional, sino revoluciones provinciales, fragmentadas, generadoras de múltiples «patrias chicas», dejando inconclusas tareas vitales. En las naciones de capitalismo desarrollado las revoluciones burguesas cumplen dos tareas básicas económicas y dos políticas: la reforma agraria, la industrialización, la consolidación nacional y la conquista de la democracia. En «nuestra-América» (al decir de Martí) sólo se obtienen nacionalidades fragmentadas que girarán en otra órbita imperial.
La Revolución Hispanoamericana comienza vinculada a la revolución democrática española contra el absolutismo y la dominación napoleónica. En la metrópoli «Los liberales más avanzados deseaban que la guerra emancipadora desembocara en la revolución democrática, mientras los absolutistas defendían a España para el despotismo de Fernando. Los liberales moderados contemporizaban entre ambos sectores extremos, pero sus esfuerzos conciliadores terminaron por rendirse a las imposiciones del absolutismo que no logró ser quebrado.» (Rodolfo Puigross, «La época de Mariano Moreno» ).
Al fracasar la resistencia española contra el invasor francés (1810) y después, al restaurarse el dominio absolutista de Fernando VII (1814), la guerra civil se limita a un escenario, Hispanoamérica, «donde combaten en bandos enfrentados españoles contra españoles y criollos contra criollos. La profundización y democratización de la lucha incorpora luego a la guerra a las masas indígenas, gauchas, negras o mestizas, con lo que la independencia adquiere un carácter verdaderamente popular. Esta guerra perseguía al principio un doble objetivo: impedir que América hispánica recayera bajo el yugo absolutista y conservar la unidad política del sistema virreinal bajo la forma de una confederación de los nuevos grandes estados. Quien ofrece la formulación más categórica, razonada y resuelta de esta última posición es Simón Bolívar. Su formidable programa parece en un momento próximo a realizarse; pero se hunde rápidamente y la muerte del Libertador simboliza ese fracaso de mantener la unidad en la independencia.» (Jorge A. Ramos, «Historia de la Nación Latinoamericana»).
El movimiento de 1810 irrumpió en tres escenarios fundamentales: Caracas (19 de abril), Buenos Aires (25 de mayo) y México (16 de setiembre, el Grito de Dolores). Y en menor grado se da en Cartagena (14 de junio), Bogotá (20 de julio), Quito (10 de agosto) y Santiago de Chile (18 de setiembre). La revolución es impulsada contra España por la clase social que aspira a gobernar, una clase dominante singular, híbrido burgués-terrateniente-esclavista, que controla las principales fuentes de riqueza, mientras el poder político lo detenta la monarquía española. En el bicentenario del movimiento independentista a la luz de la revolución inconclusa se impone analizar lo sucedido y, muy especialmente, el rol de esa clase dirigente. No olvidemos que por la cuestión nacional pasa el camino de la sublevación de las naciones y pueblos dependientes. La burguesía trasnacionalizada opta por las patrias chicas, funcionales a la explotación imperialista, y denigra al nacionalismo liberador, que recorre la historia continental desde Tupac Amaru, Artigas o Bolívar, ninguno de los cuales quiso la estrechez particularista de naciones enfrentadas entre sí.
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