EDITORIAL

Hacia un nuevo bipartidismo

Entre las muchas lecciones que nos dejaron las recientes elecciones departamentales, cabe destacar un hecho singular que se dio de manera palpable y pública en dos departamentos. Tanto en Salto como en Paysandú, blancos y colorados dejaron atrás su rivalidad histórica, confundieron sus votos y lograron arrebatar el gobierno departamental al Frente Amplio. En un caso, fue el electorado nacionalista el que votó casi masivamente al candidato colorado; en el otro, ocurrió a la inversa: los ciudadanos colorados prefirieron dar su voto al candidato nacionalista. De ese modo, el Frente Amplio quedó en segundo lugar y no pudo retener la Intendencia lograda cinco años atrás, al no estar prevista la segunda vuelta o balotaje para la elección de intendente.

El fenómeno revela la disposición del electorado conservador a renunciar a su tradición, dejar de lado su adhesión a una divisa y volcar sus votos al candidato del adversario histórico.

Desde que la reforma electoral del 96 obligó a cada lema a presentar un candidato único a la Presidencia, los partidos tradicionales dejaron de ofrecer alternativas políticas de izquierda o progresistas a sus partidarios, con lo cual pasaron a representar, tanto uno como otro (aunque con matices), una opción definidamente de derecha; ya no fue posible engañar al votante tradicional haciendo que su voto por las opciones progresistas de cada lema terminara dando el triunfo a la opción conservadora.

Esto llevó a que los ciudadanos blancos y colorados de ideas progresistas se volcaran mayoritariamente hacia la única opción de izquierda, esto es, al Frente Amplio, que vio así incrementado su caudal electoral ya en la elección del 99. Y fue precisamente en el balotaje de noviembre de ese año que se produjo el primer hecho de unidad conservadora, cuando quienes habían votado al Partido Nacional en octubre votaron mayoritariamente al doctor Batlle.

Allí quedó consolidado, de hecho, el nuevo bipartidismo en Uruguay. Pero hasta entonces, o hasta el surgimiento del Frente Amplio, ¿podía hablarse de dos partidos bien diferenciados? El discurso de la izquierda, ya desde mediados del siglo pasado, hacía hincapié en demostrar que blancos y colorados no exhibían diferencias notorias, pues tanto unos como otros representaban los intereses de las clases conservadoras. Con la excepción del batllismo, que dotó al viejo partido de Rivera de contenidos socializantes, y del fenómeno del wilsonismo, que dio a la colectividad de Oribe un sesgo netamente progresista, los partidos tradicionales aparecían conducidos por dirigentes alineados con la derecha. De modo que la unidad conservadora que empezó a mediados de los noventa no fue sino la confirmación de lo que advertía la izquierda desde mucho tiempo atrás.

Sólo faltaba la oficialización de esa unidad, la cristalización formal del acuerdo de hecho. Una reunión de dirigentes colorados y blancos del departamento de San José parece haber dado el puntapié inicial para consolidar la unidad formal de blancos y colorados para la próxima elección. «Orientales de a pie» es el nombre del grupo pionero que se propone llevar a la práctica la consolidación de la unidad conservadora y buscará los mecanismos necesarios para permitir que blancos y colorados voten juntos.

Eso sería la formalización del nuevo bipartidismo que ya existe en los hechos. Por un lado, una opción progresista encarnada en el Frente Amplio, y por otro, la opción conservadora representada por blancos y colorados. Tal vez esa coalición de derecha signifique una amenaza a las aspiraciones electorales de la izquierda, como quedó demostrado en el resultado electoral en Salto y Paysandú, pero tiene de positivo el hecho que significa un cambio radical en la mentalidad del electorado uruguayo, que ya no se siente atado a tradiciones familiares ni a adhesiones irracionales a una divisa.

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