Marcha del Silencio, quince años

Esta forma de lucha pacífica por la verdad y la justicia en relación a los crímenes contra los derechos humanos de los asesinados y desaparecidos en dictadura en nuestro país y la región cumplió quince años. Caminamos con la firmeza de las convicciones una vez más juntos sin olvidar, con la memoria lúcida y con las miras en un futuro limpio de dudas y con certezas de ir hacia la libertad sin sombras de autoritarismo ni opresión.

Evolucionando hacia la recuperación de los valores pisoteados por el terrorismo de Estado y perdidos por la degradación que nos obligaron a vivir los autores y cómplices del régimen de facto contemporáneo que sembró la ignominia en un país que hoy debe avergonzarse ante el mundo de tener una legislación contraria a los Derechos Humanos como es la Ley de Caducidad.

Las generaciones venideras no merecen nacer con tales sombras.

Somos una sociedad lastimada irreversiblemente por estos asesinatos y violaciones perpetuas a la moral y al físico de nuestra patria, transitamos democracias cada vez más consolidadas que inexorablemente se abrirán camino hacia la dilucidación de este gran debe a la pacificación que para germinar necesita ser abonada con el respeto al dolor de tantas y tantos cuyas vidas fueron arruinadas y no encontraron ni encontrarán restitución equiparable.

«Sin la verdad y la justicia no hay reconciliación» es el lema de la marcha este año y tal vez sea demasiado ambicioso aspirar a reconciliamientos.

Hacen mal las fracturas aunque no las hayamos buscado y tampoco es sano achacar a un grupo lo que hicieron algunos. Y si no queremos corporativismos no debemos tolerarlos en ningún ámbito. Hoy lo único que se pide es que haya verdad y que actúe la Justicia sobre los responsables y sobre quienes los cubren y se transforman en cómplices.

El que la debe que la tema, los otros no.

Pero para que haya perdón alguien debe pedirlo.

Y no hubo guerra contra el pueblo porque el pueblo no estaba armado más que con sus ideas de justicia social. Y hubo un valerse de las instituciones del Estado para masacrar y matar, y hubo un uso abusivo y retorcido del poder estatal para violar personas y derechos. Nada importaban edades, ni sexos.

El día que tenga que pensar a las fuerzas armadas como en un perro peligroso del que aún el dueño debe cuidarse, será cuando tenga la certeza de que debemos prescindir de ellas.

El punto 6 de la declaración final de la VI Cumbre de la Unión Europea, América Latina y el Caribe (UE-ALC) 2010 celebrada en Madrid con la participación de jefes de Estado de más de 60 países, entre ellos Uruguay, dice así: «Reafirmamos nuestro compromiso de combatir la impunidad, en particular respecto de los delitos más graves del Derecho Internacional, y en concreto los que se contemplan en el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional (CPI). Se deberán adoptar medidas de ámbito nacional u otro ámbito adecuado e intensificar la cooperación internacional, a fin de asegurar que dichos delitos sean sometidos a la acción de la justicia. Invitamos a aquellos países que no son partes a que contemplen la posibilidad de ratificar o de adherirse, según lo que proceda, al Estatuto de Roma. Nos congratulamos ante la próxima Conferencia de Revisión de la Corte Penal Internacional, que se celebrará en Kampala, Uganda, del 31 de mayo al 11 de junio de 2010″.

No es venganza sino ansias de equilibrio. No quiero resignarme a callar en la búsqueda de la verdad por el poder del poder armado que no da pruebas de arrepentirse colaborando seriamente.

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