Contra la corriente o fuego amigo

Desde niño siempre me agradó el desafío. Innumerables anécdotas llenan las páginas de mi vida sobre la irreverencia ante imposiciones que eran formas y estilo de vida, más que un acto consciente de imponer; ello me hizo desobediente, inquieto, rebelde y a los 15 años busqué, por todos los medios que el ingenio te puede dar a esa edad, zafar hacia donde la luz, el sol, ¡Montevideo! Y así liberarme de consejos «sabios» de mi viejo, que me cascaba con el rebenque a cara de perro, y en las horas dulces te decía: «El vivo vive del sonso y el sonso de su trabajo». ¡Pero era por mi bien! El era justo, te observaba y decía «estás en capilla, una más y ¡zas!», de rodilla a recibir el rebencazo, porque el viejo era así, pegaba pero no se enceguecía, por el contrario, te aconsejaba… «No te dije» tal cosa… Hasta que medía tus fuerzas y ahí aflojaba. ¿Era malo mi padre? De ninguna manera, quería que trabajásemos, que estudiáramos, eso sí, que fuésemos modosos, obedientes. ¡Nada de eso! Mi espíritu no entraba en ese envase de hojalata cerrado con aire comprimido. Así rajé del lejano norte hacia el sur ­ sur: Montevideo. Cuna de la Patria, lugar soñado, ciudad encantada, de playas, mar, rambla y trabajo: fábricas, obreros, sindicatos, luchas.

1952: huelga dura, difícil, y luego la política. Fue al revés, la idea no me llevó a la lucha: la lucha me llevó a la idea. Cuando me descubrieron ya era tarde: estaba metido hasta el tuétano en el corazón de la izquierda, en aquel entonces (1955) el Partido Comunista. ¡Qué elección también ahí, contra la corriente! En aquel momento era más fácil decir «soy socialista», «soy tercerista»; ni Washington, ni Moscú, que ¡ojo! Eran posturas válidas, legítimas, pero yo no compartía. Tomé partido, me jugué hasta el alma, y pese a los horrores y errores de esa izquierda de la cual me honro en ser parte, siempre, siempre trabajé por la unidad en la clase obrera, en la izquierda y con la izquierda. Da ahí que soy fundador junto con otros de la unidad del gremio metalúrgico, de la Central de Trabajadores del Uruguay (CTU), del gremio ferroviario y del Frente Amplio en 1971. En su larga marcha, el pueblo uruguayo forjó lo que hoy tiene: gobierno de izquierda, no sólo progresista: de izquierda, con un programa de izquierda; en frente está la derecha con sus dos partidos. Y hay fracturas ideológicas; ellos son los que defienden el «Ancien Régime», cuya herencia aún estamos sufriendo, porque en 5 años lo que hemos hecho es tapar agujeros de un país endeudado en el 110% de su PBI. Los que miran al costado y se hacen las vírgenes violadas, han envilecido el rol del Estado, aunque ahora han reflotado los valores de «la frente alta y las manos limpias». Contra la corriente la izquierda está construyendo un nuevo Uruguay. Ahí están los índices de exportaciones, de inversiones, de trabajo, de baja mortalidad infantil, etcétera. Pero claro está, en la política no estamos solos, la oposición blanca y colorada actúa, sobrevive, lucha, ¡quién puede bancar que te desbanquen! Han dado, dan y darán batalla y es válido; lo ingenuo es creer que somos lo mismo. ¡No! Somos uruguayos, pero tenemos proyectos diferentes, o nos olvidamos que desde la derrota de la dictadura la filosofía de los próceres de la economía era: agrandemos la torta y luego la repartimos e ¿hicimos crecer la torta, sí o no? Nosotros repartimos primero, al mismo tiempo hicimos crecer la torta. Y eso les duele y mucho, por eso van a trabajar por la restauración de su proyecto. Eso quiere decir que no hagamos política, que no dialoguemos, que no soñemos, que ellos quieren lo mismo que nosotros, la felicidad del pueblo uruguayo. Nada nos impide disponer de buenas intenciones hacia ellos, pero ellos vienen por el cambio hacia atrás, la reversa, y después de nosotros, a no engañarnos, es la noche. De ahí que la elección última muestra cosas buenas y negativas. Pero a no ponerse nervioso, primero asumamos: si estás en la izquierda, bancate la izquierda, enfrentá cómo es; si querés cambiar asumí compromisos y metete adentro. Eso no quiere decir que estoy en contra de ignorar un 13% de votos en blanco, que son frenteamplistas que están enojados, de mal humor, porque la estructura no consulta y resuelve mal los candidatos; que la descentralización fue llevada a los ponchazos y no se maduró la discusión, ni qué hablar de las formas de elegir los alcaldes. Que hay disconformidad con aspectos de la gestión, patentes, basura, arbolado, alumbrado, burocratización de los centros comunales; las impertinencias de Adeom, patearle la puerta al intendente y no pasa nada, inundar de basura Montevideo antes de la elección, soberbia impunidad que los montevideanos ya no bancan. Y sumamos, y sumamos y dicha suma nos da un humor de una parte del FA que quiebra el alma. Excelentes compañeros han votado en blanco, dando una señal: estamos acá, no nos fuimos pero no los bancamos. Por supuesto no comparto esa cruzada, pero los entiendo. Pero lo hecho, hecho está; ahora primero a gobernar bien, en eso tengo confianza en Ana y su equipo.

Segundo, los partidos que integran el FA, asumir la responsabilidad de que el Frente es uno, no que uno es el Frente; crisis el Frente ha tenido muchas. No olvidemos la renuncia de Seregni, sus amargas palabras sobre los amigos; el presidente del FA, Tabaré Vázquez, renunció a la presidencia del mismo por la concesión del Hotel Casino Carrasco al no obtener los votos necesarios en la Junta Departamental. Hace años que no tenemos vicepresidente por falta de consenso; un congreso no pudo resolver eso. ¿Llegó la hora de los cuchillos largos? ¡No! Llegó la hora de repensar qué es lo más importante. Los proyectos personales, de chacras; el iluminismo o la refundación del Frente, y así tener en cuenta los cambios de la realidad, las nuevas inquietudes que no están en la orgánica y son tan importantes como el que más.

Sí, llegó la hora de desensillar con sencillez y grandeza, de luchar por erradicar los siempre presentes apetitos de «destino manifiesto», de «elegidos» y de ciertos iluminismos que van más adelante que lo que dispone la organización. La historia en eso es concluyente, no se pueden violentar los procesos naturales que tienen las organizaciones, ello lleva al voluntarismo y eso en política es el precipicio, el callejón sin salida, las esperanzas rotas de un pueblo que no se lo merece; sin embargo el pueblo demuestra saber lo que hace y además lo que quiere.

En síntesis, saludo a los casi 400.000 votantes que pese a la tormenta, a los augurios de fracaso y a la presión de los medios supieron estar al firme y colocaron su voto para elegir a la intendenta, 17 ediles y 8 alcaldes para gobernar Montevideo. El desafío tiene dos puntas: para afuera saber cumplir, para adentro: interpretar y orientar la dirección del viento.

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