Una elección que incomoda
Néstor Kirchner acaba de ser elegido por unanimidad como primer secretario general de la Unasur. Cualquier analista objetivo aplaudiría el hecho como un auténtico éxito de la política exterior argentina. Lo mismo haría, en un sistema político maduro, cualquier dirigente opositor. Que la Argentina inaugure con el respaldo unánime de los estados sudamericanos este nuevo paso en la institucionalización del proceso integrador del subcontinente debería, en fin, alegrarnos a todos. Sin embargo, esto no ha sido así. El resentimiento, el sectarismo y la desinformación han vuelto a copar la parada. Días atrás uno de los periodistas más prestigiosos y creíbles de la radiofonía argentina me decía: «Entre los métodos que los medios usan para desinformar, está el ninguneo». El más importante columnista del más tradicional de los diarios argentinos escribió al día siguiente de la elección de Kirchner: «La mejor prueba de que la Unasur es un sueño más que un proyecto es la situación del Mercosur», para agregar que «nunca la unión de los cuatro países sudamericanos estuvo tan mal como ahora».
Empecemos por el final, el Mercosur estaba mucho peor cuando no existía. El «ninguneo» en este caso pasa por calificar de sueño al segundo intento en dos siglos de vida independiente, de concretar un proyecto de unidad al que sabotearon y lo siguen haciendo sin pudor, las oligarquías vernáculas tributarias de intereses extrarregionales. Por su parte, el sectarismo y el resentimiento brotaron de la boca de quien dijo y cito de memoria que «la elección de Kirchner es responsabilidad de Brasil y una desgracia para la Argentina». Los que exigen moderación y templanza en los discursos no se andan con chiquitas al tiempo de descalificar a sus adversarios. Los que acusan al ex presidente de carecer de experiencia en política internacional y de usar la política exterior como herramienta en las disputas internas no parecen lucirse en diplomacia, al hacer al principal socio de la Argentina responsable de nuestra supuesta tragedia e ignorar olímpicamente la voluntad unánime de los diez restantes miembros de la Unasur.
Vale la pena dejar atrás los «ninguneos» intencionados y las profecías apocalípticas, para valorar muy especialmente la actitud del Presidente de la República Oriental del Uruguay. Dijo y sigo recurriendo a la memoria que se sumaba al consenso y que lo hacía sin poner ni recibir condiciones. Lo hizo casi al comienzo de la ronda de apoyos, con lo cual aventó cualquier sospecha de oportunismo y anticipó que su decisión iba a tener un importante costo político hacia la interna de su país. Al día siguiente el derechista diario El País sentenció sin disimulo: «El nombramiento de Néstor Kirchner en la Unasur, con el apoyo del presidente Mujica, es una afrenta para el Uruguay». La actitud de Mujica es una demostración más de que no hay demagogia en su discurso de hermandad privilegiada con Argentina y que su apelación a la buena fe de nuestro pueblo es un gesto de confianza que exige reciprocidad.
Lo ocurrido en la Unasur abre la oportunidad para que Argentina pueda demostrar desde la Secretaría General que es capaz de interpretar la voluntad más genuina de los pueblos sudamericanos y contribuir a marchar sin titubeos por el camino que hace dos siglos comenzaron a transitar nuestros padres fundadores. Esta no es una opción con alternativas. Alberto Methol Ferré insistía antes de morir en señalar que vivíamos la hora de los estados continentales y que de nuestra capacidad de reconstruir lo que hicieron naufragar mezquindades, intereses y traiciones, dependía la dignidad y la felicidad de nuestros pueblos.
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