Proyecto nuclear iraní (II)
Comienzo por donde concluía un artículo de mi autoría que sobre el tema del título fue publicado hace más de hace un año: «Si usted les cree, no tiene motivos para preocuparse. Yo no les creo. Por eso estoy preocupado.» Desde entonces, mi preocupación creció.
Desde hace 31 años, con la llegada de Jomeini al poder, Irán recorre con altibajos un camino de «acumulación radical» que tiene su fuerza motriz en una visión religiosa propia del islamismo, en virtud de la cual el mundo debe someterse al islam (o convertirse a la religión musulmana). Si bien creen tener a Dios de su lado, tan ambicioso objetivo requiere un poderío bélico acorde, que sólo puede proporcionar un arsenal nuclear. Durante tres siglos el islamismo estuvo marginado de la corriente central de la historia, pero en las últimas décadas del siglo XX, los islamistas llegaron a la conclusión de que llegó su hora, lo cual, tratándose de una ideología totalitaria, puede tener efectos devastadores. Por ello, no van a cejar fácilmente en su empeño por hacerse de armas atómicas.
Occidente es consciente del peligro que esto significaría y, como es sabido, pretende que el proyecto nuclear iraní esté sujeto a un monitoreo internacional, para asegurarse de que el mismo tenga fines exclusivamente pacíficos, como alega el gobierno iraní, y no encubra el desarrollo de armas nucleares, como teme el mundo libre. Si Irán no aceptara dicho control, como es el caso hasta ahora, la comunidad internacional tiene el propósito de imponerle sanciones que tengan efecto disuasorio y convenzan al gobierno de Irán de modificar su postura.
El transcurso del tiempo agravó la situación, porque mientras las gestiones diplomáticas van y vienen, el proyecto iraní, alimentado por una patología antioccidental, xenófoba y antisemita propia del islamismo, avanzó inexorablemente. No comenzó con el actual gobierno de Irán, pero Ahmadinejad le dio un nuevo impulso que, si no se consigue atajar, puede ser el camino al infierno. La misma noche que ganó las elecciones (año 2005), proclamó que su victoria significaría «una nueva revolución islámica, cuya ola alcanzará al mundo entero» y, en efecto, al año siguiente reanudó el programa de enriquecimiento de uranio construyendo plantas dispersas a lo largo del país.
Incorporó un estilo nacionalista y populista, que no está reñido con su vocación universal. Cuestionó el Holocausto y propuso el exterminio de Israel. Hago mención de ello, porque no lo mueve sólo el odio, sino que se trata, a mi juicio, de un complejo cálculo político del cual el programa nuclear es parte. Porque si lograra trivializar el Holocausto y, de paso, convertir al régimen nazi (aliado natural del islamismo desde su primera hora) en un régimen violento, tal como ha habido otros a lo largo de la historia, lograría el objetivo de debilitar, como ya sostuvo Clifford Chaniff, el impacto moral de los crímenes nazis en las relaciones internacionales y en el surgimiento del Estado judío (Una vez le escribió a Merkel que ya es tiempo de «hacer que desaparezca la sombra de la segunda guerra mundial»). Esta estrategia intenta neutralizar, o al menos amortiguar, la preocupación de que un proyecto nuclear islamista desemboque en un segundo holocausto, dado que el primero, cuyos trágicos destinatarios fueron los judíos, no habría sido tal y, por ende, actualmente no puede haber ningún cordón umbilical que vincule algo que nunca existió con el actual programa nuclear iraní. Mientras, prosigue con su prédica de escarnio contra Israel (que tantos dividendos reditúa) y disimula el objetivo final del islamismo, que apunta mucho más allá.
La semana pasada Ahmadinejad dio un paso más. Fue el único jefe de Estado que concurrió a la conferencia del Tratado de No Proliferación Nuclear en las NU, que tuvo lugar en Nueva York. Antes de su partida calificó la gestión de la AIEN como un fracaso y entendió que su viaje «resulta imperativo» para exponer «las propuestas del pueblo iraní». En su discurso exigió la suspensión de Estados Unidos de la AIEN, por haber lanzado en 1945 la bomba atómica, y arremetió contra los países con armas nucleares, a los que acusó de amenazar a los Estados que no la tienen. El acusado elevó su apuesta y pasó a ser acusador.
Con total desparpajo, en el marco de las NU lanzó acusaciones a diestra y siniestra (ni siquiera escapó a la pedrea el secretario general). Quizá, como expresara Hillary Clinton, con la intención de desviar la atención del verdadero problema de fondo que amenaza la paz mundial: la posibilidad de una bomba atómica iraní que, aunque dicho país no la utilice en forma directa, ni siquiera a través de las organizaciones terroristas que apoya, tendría un efecto desestabilizador regional y mundial tal, que la recíproca disuasión nuclear de la guerra fría que enfrentó a Estados Unidos y la Unión Soviética parecería, en comparación, un juego de niños.
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