Estado y violencia simbólica

Asistimos a un debate y a una visualización y puesta en práctica en el escenario nacional sobre qué Estado necesitamos los trabajadores en dialéctica con el gobierno; donde debemos conjugar intereses comunes que permitan quitar el velo al Estado heredado de los años 90′ (años de privatizaciones y desregulaciones) que es la síntesis de encubrimientos sucesivos del autoritarismo neoliberal globalizado de una clase que oprimió y exprimió hasta el mango a la otra, generando el 2002 de un millón de pobres.

Por ello hay que destacar la concepción de Estado como el sistema de libertades y oportunidades que posee y genera una sociedad.

El centro de este ha sido hasta ahora el manejo exclusivo tanto de la violencia física como de la violencia simbólica de nuestras vidas en común, que dejó en manifiesto y desnudó sus intenciones y fines.

Hoy lo que debe importar y destacar es activar todos y todas las máximas capacidades, para sintetizarnos dentro del conjunto de valores y prácticas organizativas que poseemos todas las colectividades del país conscientes que cuando esto no pasó, el Estado quedó representando solo una «parte», (la rica), excluyendo a la mayoría.

Una postergó, desplazó y violó a la otra, una violentó a la otra; y la respuesta ha sido la violencia ciudadana cotidiana producto de la desesperación, marginación y no representación de la otra «parte».

Por ello las manifestaciones de una parte de la sociedad desgarran el escenario político ­ social actual y desbordan la institucionalidad estatal prevalente.

Este tsunami neoliberal se ha traducido y travestido en norma general envolvente al sistema político, a la situación política, al Estado y del cual hay que sacudirse y quitarlo.

Diseñar medios, rutas, mecanismos y procedimientos que nos permitan como sociedad acordar, dirimir y buscar soluciones al tema de fondo es una tarea de esta etapa.

El francés Pierre Bourdieu (sociólogo) en la década del 70′ creó el concepto de violencia simbólica, término que utilizó para describir las formas de violencia no ejercidas mediante la fuerza física, sino a través de la imposición por parte de los sujetos dominantes a los sujetos dominados de una visión del mundo, de los roles sociales, de los niveles de conocimientos y de estructuras mentales; y dice: «constituye por tanto una violencia dulce, invisible, que viene ejerciendo con el consenso y el desconocimiento de quien la padece, y que esconde las relaciones de fuerza que están debajo de la relación en la que se configura…».

«La violencia simbólica no sólo está socialmente construida, sino que también nos determina los límites de los cuales es posible percibir y pensar».

La reforma de «este» Estado deberá acuñar las garantías que instalen mecanismos eficientes para atender la «mayor parte» dependiente y siempre desplazada y no las necesidades actuales del gran capital que, ante su crisis estructural mundial, condiciona a todos los países con su eterna lógica.

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