Herencia maldita
Hace pocos días la sociedad uruguaya se vio conmovida por un nuevo crimen perpetrado contra un taxista. Los compañeros del obrero asesinado respondieron con un paro de actividades, y la indignación y la congoja se apoderaron de la comunidad toda.
El incremento de la violencia delictiva no es un hecho reciente, si bien en los últimos años parece haberse acelerado; en ello ha habido una incidencia innegable del consumo de drogas duras, especialmente la pasta base, cuyo uso se ha generalizado con características de pandemia entre los sectores sociales más desfavorecidos y en las franjas etáreas más jóvenes.
En ese aumento del consumo de sustancias adictivas, es difícil determinar cuánto hay de emulación de modelos foráneos y cuánto de respuesta inconsciente a la anomia, de reflejo ante una vida sin horizonte, a un futuro incierto y sin perspectivas. Pero lo verdaderamente trágico del asunto es que la tristemente célebre pasta base reúne la doble condición de sustancia psico activa de muy marcada adicción y, por ser de baja calidad, de sustancia causante de potenciales daños orgánicos irreparables. Por otra parte, el relativamente bajo costo la hace accesible a las clases menos pudientes, pero sus efectos euforizantes son de menor duración que los que proporcionan otras drogas, con lo cual el adicto necesita volver a incorporar la sustancia con una frecuencia mayor. «La droga me llama», ha confesado el joven indagado por el crimen del taxista y que finalmente fue dejado en libertad por falta de pruebas. En esa patética expresión se resume todo el drama de la impotencia para liberarse de la feroz dependencia de la droga. Aquel que se ha vuelto esclavo de la pasta base no mira en medios para obtener una nueva dosis; y por si esto fuera poco, los efectos psíquicos de la sustancia operan en el sentido de potenciar su agresividad.
Ahora bien, ¿es la pasta base la responsable del incremento de la delincuencia? Sí y no. Sí en cuanto genera una adicción irrefrenable, pero en el origen de las conductas infractoras hay un cúmulo de factores ajenos a la droga. Detrás del flagelo de las rapiñas hay años y años de políticas económicas neoliberales que destruyeron el país productivo y causaron los daños sociales que hoy padecemos.
El joven que ha sido noticia últimamente es un ejemplo pedagógico de una realidad que muestra la ruptura del entramado social. Integrante de un hogar monoparental con madre desbordada y superada; desertor del sistema educativo (no concluyó la escuela primaria), no ha incorporado valores, no trabaja ni estudia; a los 17 años ya cuenta con entradas en la Colonia Berro del INAU por rapiñas, y es padre de una niña. Hijo, probablemente nieto y tal vez bisnieto de víctimas del modelo impuesto, tiende naturalmente a reproducir la situación sin perspectivas reales de poder romper el círculo vicioso de la miseria. A esa hija, producto de un amor adolescente por lo tanto, irresponsable e inconsciente, ¿qué futuro le espera?
En todo este drama social, la pasta base no es sino un accidente. Los verdaderos responsables son los gobiernos anteriores a 2005, caracterizados por una mezcla explosiva de frivolidad, incapacidad y negligencia. Pero también por haber privilegiado un modelo impuesto desde los centros de poder económico que se sabía de antemano cuáles serían sus consecuencias.
Esa es la herencia maldita recibida por la izquierda contra la cual habrá que seguir luchando en un combate desigual.
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