Cultura de gobierno… popular

Eduardo Bonomi*

 

A la izquierda radical se le ha enrostrado, durante mucho tiempo, que no tenía cultura de gobierno y que le faltaba la capacidad de encarar los problemas de la gente a través de la posibilidad y la capacidad de gobernar. Se la ha acusado de exigirle al gobierno, real o potencial, lo que éste no puede dar y, por lo tanto, se afirma que ha caído en planteamientos fuera de la realidad y poco operativos.

Se podría decir, en cambio, que muchos de los que han tenido responsabilidades en el gobierno departamental tampoco tuvieron cultura de gobierno popular, y cayeron en creer que, para gobernar, basta con cambiar las orientaciones y los directores para alcanzar los objetivos planteados.

Sin embargo, el documento Nº 6 del Frente Amplio, vigente durante el gobierno de Tabaré Vázquez, planteaba que el gobierno municipal se debía sostener sobre tres pilares: la IMM, los trabajadores y los vecinos. Y Tabaré, no bien comenzó su gobierno, puso arriba del tapete político la necesidad de la participación de los trabajadores y planteó la creación de las CoMiPas, Comisiones Mixta de Participación, para concretar uno de los pilares necesarios para gobernar.

Por distintas razones, la experiencia planteada no se pudo desarrollar y no se avanzó demasiado en el camino de constituir organismos participativos del gobierno popular. Hubiera servido para avanzar en el desarrollo de la cultura de gobierno popular: ese concepto que no se agota en el cambio de orientaciones económicas y sociales ni en el cambio de las personas, ministros o directores, encargadas de llevarlas adelante, sino que se basa en la participación de los trabajadores y de los vecinos en la estructura de gobierno, e implica transformar la estructura que han usado los partidos tradicionales para gobernar en función de los intereses de los grandes ganaderos y los grandes industriales interrelacionados con los intereses de los banqueros y los sectores vinculados al comercio exterior.

La izquierda en el gobierno tiene que ir mucho más allá de eso: necesita apostar a la participación, en serio, de vecinos y trabajadores; necesita transferir responsabilidades a la gente; necesita de un intercambio fluido y continuo… Y necesita, sobre todo, institucionalizar esa apuesta a la gente, a la participación y al intercambio. Eso significa darle una estructura orgánica a la participación: significa gobernar con la gente, en lugar de gobernar para la gente.

Hasta ahora, se ha tratado de gobernar para la gente, pero no se ha avanzado en gobernar con la gente. Se ha hablado y se habla de descentralización y de participación, pero la participación real no existe si no se transfiere a la comunidad la capacidad de decisión real. No existe participación real cuando sólo se le informa a la gente lo qué se va a hacer o se la escucha, pero no se tiene en cuenta lo que opina, o sólo se tiene en cuenta lo accesorio y no lo sustancial de lo que opina y plantea.

Exactamente lo mismo sucede respecto a la participación de los trabajadores. Hay que transferirles, en algunos aspectos, la posibilidad de decisión: si no es así la participación no va más allá de lo que se hace con los círculos de calidad en la industria moderna y se puede transformar en el uso de los trabajadores, pero no en un elemento de participación real. No se trata de proporcionarle al gobierno de la izquierda una apariencia de participación de los trabajadores y de los vecinos: se trata de que esa participación sea real y efectiva, y de que se transforme en una parte esencial de la consolidación de la estructura del gobierno popular para decidir sobre los ejes que habrá que seguir y desarrollar, así como también avanzar en la instrumentación de políticas concretas o aspectos operativos para los cuales los trabajadores pueden estar en mejores condiciones que los nuevos técnicos cuando se trata de ponerlas en práctica.

Esto no quiere decir que se pueda resolver todos y cada uno de los actos de gobierno a través de la participación estructurada de esta forma. Siempre se pone como ejemplo de la participación popular la experiencia del presupuesto participativo, llevada adelante en el estado de Río Grande del Sur; sin embargo en Río Grande no se resuelven todas las cosas por intermedio de la participación directa de los vecinos: el 89 por ciento del presupuesto lo resuelve el equipo electo, de acuerdo al programa que se le propuso a la gente, y sólo el 11 por ciento del presupuesto se resuelve por intermedio del sistema participativo directo. Pero ese 11 por ciento se resuelve, efectivamente, por intermedio de la participación de la gente, se respeta su resolución y se la pone en práctica. Eso le da fuerza a la participación.

Acá no siempre se concibe la participación de esta forma: por un lado, se cree que alcanza con escuchar a la gente hablando sobre todas las cosas y luego se resuelve al leal saber y entender de las autoridades municipales; por otro lado, se cree que a través de la participación generalizada hay que resolver colectivamente todas las cosas. Ambas concepciones se transforman en una caricatura de la participación y conducen a desvirtuarla y debilitarla o a transformarla en algo inalcanzable.

Ahora hay que reconstruirla y darle su verdadero sentido: el que debe tener en el gobierno municipal y, sobre todo, el que deberá tener si la izquierda asume el gobierno nacional. En ello realmente hay que ir hasta el hueso, como planteaba Tabaré en la Mesa Política del FA, y asegurar la participación de los trabajadores y de los vecinos para construir la verdadera estructura del gobierno popular.

* Integrante del Comité Ejecutivo del MLN-T, de la Dirección Nacional del MPP, de la Mesa Política del Frente Amplio

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