La maestra sigue enseñando
Cuando nuestros genes no pudieron almacenar la información necesaria para nuestra supervivencia, inventamos lentamente el Cerebro. Pero llegó el momento, hace tal vez decenas de miles de años en que necesitamos saber más de lo que podíamos almacenar en el cerebro. Así que aprendimos a almacenar grandes cantidades de información fuera de nuestros cuerpos. Somos la única especie del planeta, por lo que sabemos, que ha inventado una memoria común.
El almacén de esa memoria se llama: Biblioteca.
¿Qué cosa tan asombrosa es un libro? Es un objeto plano, hecho de un árbol, con partes flexibles sobre las que se imprimen oscuros y curiosos garabatos.
Pero con una ojeada estamos adentro de la mente de otra persona.
Tal vez alguien que murió hace miles de años y a través de los milenios un autor nos habla clara y silenciosamente, dentro de nuestra cabeza directamente a nosotros (…)
Los libros rompen los grilletes del tiempo.
Un libro es la prueba de que los humanos son capaces de hacer magia … y una biblioteca está llena de magia.
Las bibliotecas del Antiguo Egipto tenían estas palabras en sus muros: Alimento para el alma. Y aún son una valoración exacta de lo que proporcionan las bibliotecas.» (Carl Sagan)
El martes 29 de febrero a la hora 20 en el corazón de La Teja, la cooperativa de viviendas Covitea, junto a las murgas y varios artistas del canto popular abrirán las puertas de una biblioteca. Un lugar para que niños y adultos puedan aprender, discernir, conocer. Allí estará Tota y también María Esther Gatti a quien le han ofrecido ocuparse de su atención. Los cooperativistas decidieron nominarla Elena Quinteros. No sólo es un grito de protesta para seguir la lucha contra la impunidad. En este acto hay una continuidad de los que lucharon contra las injusticias, pero también para que el pueblo pudiese estudiar, combatir la ignorancia, aprender de otros hombres y mujeres. Elena, junto a Gustavo Inzaurralde (desaparecido en Paraguay) a Telba Juárez (asesinada en Buenos Aires), María Emilia Islas (desaparecida junto a su compañero Jorge Zaffaroni y su pequeña hija Mariana) a Sara Méndez hicieron en su calidad de estudiantes del magisterio una experiencia hermosa y fermental. Las misiones socio-pedagógicas que allá por los ’60 expresaban una nueva voluntad docente. Recorrer el país, ir a los lugares remotos, reconocerse junto a los nuestros, con su pobrezas y miserias. También con su bagaje de conocimiento. Fueron a enseñar, pero también a aprender.
Fue protagonista e impulsor el maestro Julio Castro. Desaparecido en Uruguay. Parecería que esta vocación docente se constituyó en un peligro para los poderosos. Acto «subversivo» que le daba a los pobres las herramientas fundamentales para su lucha: saber. El estudio y el conocimiento son tan importantes como la entrega y la voluntad. Si no estudiamos, si no leemos los pobres no vamos a zafar del yugo. Siempre fue así, desde la creación de los primeros sindicatos obreros, las bibliotecas y los cursos de toda índole constituyeron una base imprescindible para luchar contra la explotación. La saña terrorista barrió con buena parte de esta nuestra gente. Pero no ha podido borrar y desaparecer las ansias de saber y de aprender. La impunidad pretende algo más que no castigar a los culpables. Pretende que nuestros desaparecidos sean eso: chupados de su entorno social, de la militancia social y política que en sus distintas vertientes ellos expresaron. Borrarlos del corzón y el cariño del pueblo. No pueden. Se abrirán muchas bibliotecas para seguir el rumbo. También se abrirán las puertas de la justicia porque no olvidamos y porque además de bibliotecas luchamos en los estrados judiciales para que haya justicia. Han pasado 23 años de dolor y silencio. Ahora se acabó. Se abrirá la biblioteca y Elena tendrá justicia.
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