La laicidad: me equivoqué
Raúl Legnani
Me equivoqué y debo reconocerlo. Ayer dije en «Carta de los lectores» de LA REPUBLICA que se estaba preparando el asalto ideológico a la escuela pública y que la campaña contra la laicidad era parte de esa estrategia. Hoy debo decir que me quedé corto y que el tema es mucho más grave.
En este sentido hay que agradecerle al editorialista del diario «El País» que haya puesto las cosas en su lugar, cuando ayer afirmó en tono de interrogante lo que sigue: «¿La pérdida de valores y el ascenso electoral del Frente Amplio –luego de décadas de proselitismo en las aulas– no son una misma y una sola cosa?».
Con estas palabras se cae en pedazos las buenas intenciones de buenos cristianos que creyeron ver en el debate sobre la laicidad una reivindicación por demás polémica de la Iglesia Católica, dentro del necesario marco de la construcción de valores de una sociedad.
Hoy, luego de leer El País, queda claro que lo que se está preparando es el asalto político a la escuela pública, para afiliarla a las concepciones de ciertos sectores de la dirigencia de los partidos tradicionales, con el pretexto de que hay una dirigencia de izquierda encaramada en la enseñanza que adoctrina niños a su gusto y placer.
Es cierto que esta afirmación de El País no es nueva y que la hemos leído hace muy poco o hace «muy mucho», como dirían los mexicanos.
Hace muy poco leímos cosas como esa en un semanario partidario de los viernes: «En la actualidad nuestro sistema educativo público no educa, sino que adoctrina. Prácticamente monopolizado por sectores de una izquierda dogmática y maniquea, se ha transformado exactamente en lo contrario de lo que el laicismo pregona: en un conjunto de centros de adoctrinamiento político, en los que se les enseña a los jóvenes que éstos son los buenos y aquellos lo malos, y ya está».
Hace «muy mucho» decían cosas similares los coroneles Soto y Silva Ledesma, de los que ya nadie se acuerda pero que habría que recordarlos, cuando sentados en sus bayonetas y con el apoyo del diario El País destrozaron a nuestra escuela pública, laica gratuita y obligatoria.
Destrozo que significó la introducción de programas contrarios a la ciencia, destitución de maestros y profesores, cárcel, exilio y muerte para docentes de izquierda o con un vecino con parientes de izquierda, como decía Wilson; con criterios de disciplinas absurdos e insultantes como el corte del cabello y el establecimiento de la medida exacta de la altura de las polleras sobre las rodillas de las chicas. E inclusión de la enseñanza dentro de la doctrina política de la Seguridad Nacional, mediante los «Craviotextos» que denunciara con fina pluma Maneco Flores Mora desde el semanario Jaque.
El País, por suerte, dijo más cosas. Como, por ejemplo, responsabiliza a la revolución cubana (seguramente Florit no se deja la barba porque le gusta, sino porque admira a Fidel, faltó escribir) de ser «propagadora de otra escala de valores, no espiritual sino materialista, no tradicional sino marxista-leninista».
Terminología que nos recuerda a aquel jefe de Policía de Lavalleja, coronel Herman Strappolini, que un día (17/3/83) prohibió «El Zoo de Cristal» de Tenessee Williams, entre otras cosas porque «de la lectura del texto de la obra, se desprende claramente una marcada tendencia a la desunión de la familia, fomentando en el espectador una disposición mental que justifique los conflictos generacionales en el seno familiar…».
El País, con estas ideas, se ha desnudado solo y ha dejado muy mal parado a quienes comenzaron a tomarle el gustito a esa idea de que hay que ir a una nueva formulación de la laicidad, donde a lo mejor se pueda dar el catecismo en las escuelas públicas fuera del horario de clase, o a lo mejor se pueda establecer como en Bélgica escuelas pública para católicos, judíos y musulmanes o a lo mejor se pueda dictar con más profundidad la historia de las religiones en la enseñanza media.
Ahora, gracias a El País, el debate es otro. El asunto no es religión sí o religión no (lo que no quiere decir que no volvamos sobre el punto), sino entre escuela laica y democrática como hasta ahora –como desde siempre– versus quienes quieren introducir la política partidaria en las aulas para afiliar a los niños y a los adolescentes detrás de determinadas fórmulas electorales.
Decimos que la disyuntiva es entre la escuela de la democracia y la escuela para los partidos, porque quienes somos laicos desde hace varias generaciones no vamos a permitir que la política partidaria ingrese a la enseñanza, ya sea para favorecer a los partidos tradicionales o a las fuerzas de izquierda.
Esa escuela laica les duele y les molesta, no porque los maestros sean marxistas (una minoría sin presencia en las estructuras de poder del sistema educativo), sino porque ha sido el laicismo predominante en nuestra sociedad y no sólo en las aulas, lo que permitió que la izquierda en nuestro país sea distinta a la del resto de América Latina.
El País está buscando meter la cuña en la unidad de la izquierda, donde ateos y cristianos, marxistas y batllistas, nacionalistas y judíos, se encontraron en el Frente Amplio, la mayor obra laica que se ha construido –sin exagerar– dentro del campo progresista mundial. Pacto laico que no hizo más que recoger los mejor de las tradiciones democráticas nacionales y que ahora se quiere hacer saltar en pedazos, poniendo las bombas ideológicas en los aulas de nuestra escuela pública.
Es inaceptable que por razones político partidarias se utilice como escudos humanos a nuestros niños, que no tienen por qué estar sufriendo los avatares de los adultos.
Sería bueno que el Uruguay entero se expidiera sobre este editorial del diario El País. Que se expidan las autoridades de la Iglesia Católica que a mi modesto entender está siendo utilizadas por estrechos intereses políticos, que no tienen nada que ver con el voto que el alma pronuncia.
Y si para expedirse es necesario que ese editorial salga del estrecho círculo de los lectores de El País, que se reparta a los padres de los alumnos y que se libre un debate nacional –con la participación de todos y en igualdad de condiciones–, para que quede claro que aquí hay sectores poderosos y resentidos que están manipulando los sentimientos religiosos con fines de poca monta.
Estamos ante un debate que no es menor y que es ajeno a la realidad, que surge desde fuera de las demandas de la sociedad y de los sectores involucrados directamente con la enseñanza.
Fue el presidente Jorge Batlle, quien relanzó este debate que había promovido la Conferencia Episcopal en 1998 cuando cuestionó los principios laicos, responzabilizándolos por el debe en materia de derechos humanos.
El Presidente se limitó a reflexionar sobre la laicidad y a reinvindicar el papel de la educación de los valores, como pilares de la democracia. Y con esa extraordinaria habilidad para generar zonas polémicas –por lo general bienvenidas y saludables– generó una reacción en cadena de fuerzas contenidas de determinados sectores, que cada tanto actúan mediante golpes de comando y que no expresan las inquietudes de las mayorías. Porque nadie puede afirmar que la sociedad uruguaya o parte de ella –fuera atea o religiosa–, se estuviera planteando algún tipo de cuestionamiento a la laicidad.
Ese globo filosófico que lanzó el Presidente, fue aprovechado por los sectores más conservadores, quienes pusieron por delante la cruz de Cristo y por ello actuaron como los antiguos conquistadores españoles que les interesaba mucho más el desarrollo del colonialismo y las riquezas de estas tierras que la pureza de las almas de los hombres.
En pocos días aparecieron las más insólitas y diversas explicaciones de por qué se debía encarar el cambio de contenido en el concepto de laicidad, tratando de poner esa idea que está en el ADN de nuestra escuela como una filosofía en guerra contra todo tipo de religiosidad.
Con pocas pinceladas «marearon» la escena haciendo creer, entre algunos desprevenidos, que la escuela pública es la responsable de las rapiñas, de los asesinatos, de los malos modales, de la violencia que crece, cuando son los maestros con sueldos de miseria que se debaten a diario contra esas malformaciones que sufre nuestra sociedad y que no hay que ir a buscarlas al banco de la escuela, sino en la fractura social, en la falta de perspectivas, y en el descrédito de un sistema político que no le pone rumbo a eso tan terrenal como es la economía del país y el bienestar de la gente. De lo que no culparon a la escuela pública, estos nuevos pedagogos del nuevo siglo, fue de los grandes actos de corrupción que carcome la moral uruguaya, seguramente porque los inculpados nunca pasaron ni por la puerta de una escuela laica.
Por último y fieles a nuestros principios tolerantes aprendidos en la escuela pública laica, es justo reconocer que El País tiene razón cuando afirma, en ese editorial: «¿Son mejores que nosotros los pueblos que han adoptado como oficial alguna religión? Obviamente nosotros no padecemos del grado de corrupción de muchos de ellos, de su violencia escolar, de su drogadicción, de su intolerancia, de su desequilibrio social y aún de su política discriminatoria, de su agresividad nacionalista o de su falta de libertad».
Ejemplos que no hacen más que confirmar el tremendo valor de nuestra escuela pública, laica, científica, democrática, gratuita y obligatoria. Esa concepción de nuestra enseñanza que hizo posible la más absoluta libertad religiosa, donde la gente no solo puede optar por una u otra religión, sino también optar entre tener o no tener una religión.
Despejada la escena por la confesión de El País, que siga el diálogo entre progresistas, piensen lo que piensen sobre el momento después de la muerte. Es hoy, aquí, en vida donde tenemos la responsabilidad de encontrarle otra alternativa al infierno de los hombres.
* Maestro y periodista.
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