El ALCA, ¿una integración a oscuras y al garrote?
La nueva administración norteamericana y probablemente, aunque de esto se sabe siempre menos, las necesidades de las grandes corporaciones transnacionales, están empujando sobre los países de América Latina en pos de concretar rápidos acuerdos de ampliación de las zonas de libre comercio. Dicho de otro modo, se intenta avanzar en la eliminación de todo tipo de obstáculos «nacionales» a la expansión del gran capital necesitado de mercados, de oportunidades de inversión y especulación.
Este nuevo empuje «integrador» –considerablemente más amplio, ambicioso y desigual que el consagrado por el Tratado de Asunción– se asemeja por un lado con el Tratado de Libre Comercio suscrito entre México, Canadá y los Estados Unidos, conocido por su sigla en inglés Nafta, y a la Unión Europea.
Las consecuencias sociales del proceso de integración desarrollado en América del Norte son sustancialmente distintas a las deparadas por el proceso de constitución de la Unión Europea.
En primer lugar, ha habido una cuestión de «ritmos». En Europa Occidental, a diferencia del proceso vertiginoso plasmado en el Nafta, se desarrolló con una extraordinaria lentitud, con absoluta parsimonia.
Ese ritmo mesurado y cuidadoso que caracterizó la concresión de los diferentes tratados europeos, iniciado con el Tratado de Roma a mediados de la década de los 50, conllevó más de cuarenta años.
Cada aspecto acordado en el campo diplomático del viejo continente era el resultado de arduas negociaciones sectoriales en las que –junto a los expertos de las oficinas de los gobiernos– participaban los delegados «del patronato», es decir de los empresarios, los representantes de los sindicatos, de los productores rurales, de las organizaciones para la defensa del medio ambiente, entre otros.
El tratamiento paso a paso de las normas «comunitarias» acordadas, la discusión pormenorizada tanto en sus aspectos técnicos como políticos en las instancias parlamentarias de cada país hizo del proceso de integración europea, con sus logros y sus carencias, con sus conquistas espectaculares y con escollos que a veces paracen insuperables, una instancia transparente, acordada entre sociedades democráticas respetuosas de las identidades de todos.
Por el contrario, tal como han denunciado en estos días los sindicalistas que participaron en las instancias de protesta llevadas a cabo en Buenos Aires durante la reunión de los vicecancilleres, todo el proceso de intercambios con vistas al ALCA se viene procesando en las tinieblas. No hay ningún borrador, ningún protocolo conocido. Ni siquiera una agenda detallada que permita a los agentes económicos, y sobre todo a las organizaciones sociales, conocer qué es lo que se está preparando en materias que finalmente resultan decisivas para los niveles de empleo, los salarios, el desarrollo productivo y la calidad de vida de los países contratantes.
En este contexto y con estas modalidades, no es demasiado osado pronosticar que, en la hipótesis de su materialización, el proceso de integración en el ALCA, lejos de estimular el desarrollo económico y social sumará dificultades a las debilitadas economías de nuestra «América-la-pobre», estancamiento productivo, endeudamiento externo, pobreza e injusticia social y calamidades ecológicas que redundarán, en definitiva, en la mayor gloria y esplendor del gran hermano del Norte.
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