Ministerio de Deporte: ¿para qué sirve?

Leopoldo Amondarain

 

Hace aproximadamente nueve meses, nació el Ministerio de Deporte. Dijimos en ese entonces, que esta «cartera» era un «elefante» total y decididamente innecesario. En este nuestro bendito país, siempre nos habíamos manejado con la Comisión Nacional de Educación Física. Grandes dirigentes de otras horas, vocacionalmente organizaron con el apoyo gubernamental básico, una estructura eficiente que capeaba el temporal de las necesidades primarias y fundamentales del deporte nacional. Era la época de las «vacas gordas». Con el tiempo hubo un aflojamiento de esos impulsos y una politización en las designaciones. Particularmente desde el primer gobierno de Sanguinetti, en la terna directriz. Sus directores se dedicaron más a viajar que a dirigir el organismo. Se bajaban de un avión y se subían en otro. Se llegó a dirigir la Comisión dando órdenes, el anecdotario es tragicómico profuso, por teléfono desde Helsinki u otros remotos lugares del orbe. Y esto es cierto. Pero no obstante estos males, el problema era subsanable. Hubiese bastado cambiar los directores «viajeros» por gente idónea, honesta y responsable, que la hay, respaldando económica y técnicamente al organismo para que tuviese los medios para volver a su antigua eficacia. Hasta acá, el tema no era tan complejo. Somos un país chico, cuyas disciplinas deportivas, si bien todas son importantes, las fundamentales no pasan de cinco o seis. Fútbol, baloncesto, ciclismo, natación, atletismo y alguna otra más, son las de atención inmediata. Las demás, organizándolas prolija y ordenadamente en largo aliento, se contemplaban las necesidades deportivas de la Nación.

Pero al «Cuqui», en su afán de «creador de originalidades», se le ocurrió la idea del Ministerio del Deporte. Largó, insistió, y supongo que hasta por cansancio terminó convenciendo a don Jorge y se «montó» el elefante ministerial. Algo desproporcionado, burocráticamente costoso y que no agrega nada (más bien quita), así como lo plantearon, al viejo sistema de la Comisión Nacional de Educación Física. Este ministerio carece de políticas deportivas. En los nueve meses que lleva de gestación, aparte de nombrar a los «amigotes de la barra», ha sido inexistente.

No ha incidido en nada. Todas las disciplinas deportivas tienen como denominador común, la más paupérrima situación económica. Se carece incluso hasta de infraestructuras mínimas. Las diversas instituciones, tómese la que se quiera del deporte que se antoje, salvo muy honrosas excepciones, vegetan en la más absoluta pobreza. No hay apoyaturas estatales reales y eficaces como en cualquier país del mundo la tienen para el deporte, que es una de las más destacadas actividades que incluso sirve para ganar y mostrar prestigio internacional. Si a todo esto le agregamos un ministro, Jaime Mario, sobre quien en su momento dijimos no entiende de temas deportivos ni «jota», hace que el panorama sea lamentable. No existimos en ningún deporte y no porque no ganemos circunstancialmente, que puede ser aleatorio (y por supuesto ganar siempre es importante), sino porque simplemente se compite sistemáticamente peor y con más carencias. Al ministro Jaime Mario nadie le lleva el apunte. Lo ignoran porque no ofrece soluciones. Y no las ofrece porque no sabe y por ende no las tiene. Así de simple.

Se carece de organizaciones eficientes juveniles. De canchas e infraestructuras auxiliares para cualquiera de las diversas disciplinas.

De escasas apoyaturas técnicas y médicas deportivas indispensables para el normal desarrollo de los diversos deportes. La poca que hay no da a basto. La educación física que es fundamental para el desarrollo futuro del niño, del posterior adolescente y futura juventud de la Nación, en la mayor parte del interior es insuficiente y en algún lugar inexistente y en el propio Montevideo deja por cierto mucho que desear. Y no por culpa de los profesionales, sino por falta de interés del gobierno en dar los medios materiales y económicos. Nadie descubre la pólvora si se sostiene la vigencia y utilidad vital del deporte en el futuro de cualquier sociedad a nivel de juventud. El desarrollo físico, mental y sanitario es fundamental. En buen romance, la inversión en esta área es indispensable. La educación física no puede seguir siendo la cenicienta del presupuesto nacional. Invertir para obtener resultados no sólo en lo inmediato sino fundamentalmente en la juventud futura. Para ello hay que integrar gente capacitada y no «payadores» políticos. Gente que sepa e integre la familia del deporte. Si no tenemos más remedio que «fumarnos» un ministerio burocrático y caro, por lo menos despolitícenlo poniendo a su frente jerarcas responsables y con conocimientos reales de las temáticas de marras. Ignorantes, oportunistas y vulgares advenedizos que no saben ni las reglas del «ludo», no.

Esta es una verdad del doctor Perogrullo. Simplemente hay que animarse a decirlo y concientizarse de la misma.

No hay legislación que defienda a los deportistas profesionales. No hay medios materiales suficientemente aptos que satisfagan las necesidades de las distintas disciplinas. No hay actualización técnica a nivel internacional que nos haga competitivos. No hay medios económicos suficientes para financiar instituciones deportivas agonizantes. No hay organización general globalizada sobre el deporte en general. En ninguna área nos estamos destacando. En definitiva, no hay nada digno de mención más que un caos y desorganización general. Pero eso sí, tenemos un «pomposo» Ministerio deportivo y un «gordito» feliz al frente con ínfulas ministeriales del que todos nos preguntamos sin poder respondernos: ¿para qué sirve? ¡Así nos va!

* Convencional del Partido Nacional

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