Crítica al pensamiento único en América Latina

Días pasados, en oportunidad de comentar las acciones de resistencia llevadas adelante en Buenos Aires contra las reuniones oficiales que analizan la propuesta del ALCA, M. Pasquín Durán, en un comentario político publicado en Página/12 enumeraba las condiciones en que se encuentra nuestra América Latina después de más de dos decenios de aplicación de las políticas neo-liberales.

Y después de analizar los indicadores económicos y sociales, el articulista anotaba un dato que vale la pena jerarquizar: la evolución del pensamiento de las clases dominantes en nuestra región, sus ideas, su visión del mundo, su concepción del progreso, del Estado y de la sociedad.

Esta aproximación a los aspectos centrales de la «ideología» de las clases dirigentes es sumamente importante, y no siempre aparece justipreciado en los análisis, a menudo demasiado «economicistas» que dejan en un segundo plano la cuestión del peso propio de las ideas.

Tomando como punto de partida un trabajo de Bernardo Kliksberg, del Instituto Interamericano para el Desarrollo Social, una agencia vinculada al BID, insospechable pues de izquierdista, la nota que comentamos refiere a lo que llama «las diez falacias sobre los problemas sociales de América Latina».

El breve decálogo resulta de interés para repasar algunos de los tópicos más corrientes del debate entre las concepciones neoliberales y las fuerzas progresistas.

¿Los rasgos mencionados por Kliksberg están presentes en la situación uruguaya o no?

¿Estamos como sostienen algunos analistas y políticos en un camino distinto o una suerte de «tercera vía»?

Creemos rotundamente que no. Las respuestas que desde la conducción económica del país se vienen dando a los principales problemas sociales se encuadran estrictamente en los cánones de la ortodoxia neoliberal, esto aunque aquí o allá, ante algún hecho específico, alguno de los bonzos más connotados del pensamiento único emita algunas señales de desaprobación ante decisiones económicas del gobierno. Analicemos el decálogo propuesto.

En primer lugar, señala Kliksberg, «negar la gravedad de la pobreza». Esto es así en Uruguay, sin lugar a dudas. De la pobreza se habló por parte de los integrantes del gobierno de coalición, antes de las elecciones. Se habló mucho de políticas sociales y planes de emergencia. La cuestión no ha reaparecido luego.

En segundo lugar, el autor apunta a «no considerar la irreversibilidad de los daños que causa (la pobreza)».

Un tercer aspecto consiste en «argumentar que sólo el crecimiento económico solucionará los problemas».

Un cuarto punto consiste en «desconocer la trascendencia del peso regresivo de la desigualdad».

En quinto lugar, la tendencia señalada apunta a «desvalorizar la función de las políticas sociales».

En sexto lugar, este punto de vista apunta a «descalificar totalmente a la acción del Estado». En séptimo lugar, el pensamiento único prevaleciente apunta a «desestimar el rol de la sociedad civil y del capital social». Como los anteriores, éste es un rasgo que el gobierno uruguayo, éste y los que lo antecedieron, comparte totalmente.

Como octavo punto el analista anota una cuestión que tiene serias implicancias políticas: «el bloqueamiento de la participación comunitaria». En el caso de nuestro país, con un desarrollo político e institucional importante desde comienzos de siglo, esta práctica conlleva también la subordinación del Parlamento y la anemia de los partidos políticos.

El noveno rasgo anotado es «la voluntad de eludir las cuestiones éticas» y el décimo, «presentar el modelo reduccionista que se propone, con sus falacias implícitas, como la única alternativa posible».

El itinerario de problemas propuesto por el funcionario del BID es interesante para constatar la «uniformidad» y hasta el rutinarismo y la falta de creatividad del neoliberalismo latinoamericano.

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