EDITORIAL

Los terrores de nuevo milenio

Con el título no estamos aludiendo a las predicciones agoreras de Nostradamus ni a la idea (convertida por muchos en certeza) de un final apocalíptico del Universo al llegar el tercer milenio, todas cosas que obviamente no se cumplieron. Mucho menos, claro está, pensamos en la insanía ­de la que muchos participan, incluidos científicos­ de creer en la supuesta predicción de los mayas según la cual el mundo está condenado a desaparecer en diciembre de 2012.

Nos referimos a lo que John Carlin ha llamado «La edad del miedo», esto es, la enfermedad que padecen Europa y EEUU: el miedo a enfermar. Dice Carlin: «La llamada enfermedad de las vacas locas, la gripe aviar y la gripe porcina han generado un grado de histeria colectiva y de gasto económico en vasta desproporción a su peligro real. Vemos la misma patología de miedo, junto a su hermano gemelo, una obsesiva aversión al riesgo, en todos los terrenos de la vida contemporánea. El terrorismo global, los teléfonos móviles, los fumadores pasivos, el alcohol, los pedófilos, el cambio climático, el Islam, la comida transgénica, la contaminación ambiental, la velocidad en las carreteras, representan algunos de la infinidad de pretextos que nos buscamos para poder disfrutar del perverso placer que despierta el vivir nuestra breve estancia en la Tierra en un estado de casi permanente ansiedad».

Como vivimos en un mundo globalizado, también por estos lares la gente tiene tendencia a hacer suyas tales aprensiones. Las loables intenciones de quienes nos advierten de lo nocivo que es el tabaco, o de los peligros que acechan a la Humanidad si no cuidamos convenientemente el ambiente, terminan por generar esa histeria colectiva e indiscriminada como la que ha prendido en los pobladores de Gualeguaychú como consecuencia de la procesadora de celulosa instalada en Fray Bentos.

Claro está que se trata de advertencias atendibles y con fundamento, pero el problema es que las posturas militantes suelen desembocar en un fundamentalismo que puede resultar peor que el mal que se pretende evitar.

Prosigue Carlin más adelante: «John Adams, profesor emérito de University College London, ha dedicado su vida a estudiar el fenómeno del riesgo y a asesorar a gobiernos y empresas sobre el tema. Adams distingue entre riesgos concretos, visibles, palpables ­’¿cruzó la calle antes de que llegue ese autobús?’- y lo que él llama ‘riesgos virtuales’. Un riesgo virtual no es medible o visible, según la definición de Adams: ‘Los científicos no están de acuerdo. No existen pruebas demostrables'».

Sería muy saludable que todos, autoridades y opinión pública, tuviéramos el suficiente discernimiento como para distinguir los riesgos concretos de los virtuales. Pululan las advertencias agoreras sobre catástrofes futuras sin que exista una base científica sólida que las avale, lo que lleva muchas veces a que simples conjeturas adquieran el estatus de verdad revelada.

Para aventar terrores infundados o exagerados, hay una primera responsabilidad que corresponde a las autoridades. En ese sentido, la política del Ministerio de Salud Pública ha sido la correcta en lo que tiene que ver con la gripe A, por ejemplo, en la medida que, sin dejar de alertar a la población, hizo todo lo posible por no alarmarla innecesariamente.

Y en segundo término, hay una responsabilidad de los medios de comunicación, que deben ser muy cuidadosos a la hora de informar para no abonar el miedo.

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